Sigue la lenta recuperación del mercado laboral

Los datos de mercado laboral de enero continúan la línea de los últimos meses. Después de la terrible caída del segundo trimestre de 2020, producida por el confinamiento estricto, el fuerte rebote del tercer trimestre no consiguió recuperar toda la ocupación perdida; y mucho menos la estival, de la que tanto depende nuestra economía. La recuperación en V se frenó cuando faltaban cerca de 450.000 empleos respecto al año anterior (-2,3%). Y dentro del desastre que supone esta pérdida de empleo, la situación es mucho mejor de la que cabría esperar con la caída del 11% del PIB que se produjo en 2020, récord de la serie histórica reciente y sólo comparable a épocas de guerra. 

Los datos de afiliación a la Seguridad Social de enero son francamente malos. Enero deja 335.014 empleos menos que hace un año (-1,7%). Pero puestos en contexto, caída del PIB de 2020 y en plena tercera ola de la Covid-19, el hecho de que esta situación haya conseguido mejorar mínimamente respecto a diciembre (-360.105, – 1,9%) ya es una buena noticia, dentro de la gravedad.  

La evolución de la afiliación efectiva (descontando los trabajadores en Erte, que computan como afiliados a la Seguridad Social) también continúa con su lenta recuperación. La media de trabajadores en expediente de regulación temporal de empleo de enero bajó en 65.238 personas respecto a diciembre, hasta los 717.678. De todas formas, debiéramos poner en cuarentena los datos de enero, ya que las restricciones asociadas a la tercera ola han ido aumentando la necesidad de las empresas de afectar a trabajadores a lo largo del mes. Además, el acuerdo en la prórroga de los Ertes, a finales de enero, puede haber retrasado algunas notificaciones. De hecho, el número de trabajadores en esta situación en el primer día de enero (692.143) es bastante menor que el del último (738.969), lo que estaría indicando una tendencia al alza de éstos. 

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En definitiva, desde octubre a enero la recuperación de la ocupación ha continuado, pero de forma muy lenta. Y difícilmente podrá acelerar si continúa la necesidad de aplicar restricciones para detener la pandemia y sus sucesivas olas, ya que la mayor parte del empleo que falta por recuperar se encuentra en los sectores que necesitan de más interacción social (hotelería, restauración, comercio, etc). Por tanto, poca mejora de la ocupación podemos esperar durante los próximos meses. La evolución a medio plazo está en manos de las vacunas y el tan ansiado fin de las restricciones. En especial, donde más se juega la economía y el mercado laboral español en 2021 es en si la campaña turística de este verano estará más cerca de 2019 que de 2020. 

El paro registrado se sitúa en 3.964.353 personas, a niveles de 2016. La variación interanual (21,8%) presenta una ligera mejoría respecto al mes anterior (22,9%). Sin embargo, sería recomendable usar poco este indicador en estos momentos, ya que un cambio en la gestión del Servicio Público de Empleo Estatal (Sepe, antiguo Inem) ha hecho que los datos no sean comparables con periodos anteriores. Las personas inscritas en las oficinas del Sepe tenían la obligación de renovar su demanda (lo que se conoce como sellar el paro) cada tres meses. De lo contrario, su demanda se daba de baja automáticamente, saliendo de la contabilización estadística del paro registrado. Esta obligación se suprimió en marzo durante el confinamiento, con buen criterio, ya que no se podía asegurar la atención en las oficinas y se quería evitar que algunas personas perdiesen sus prestaciones por un trámite burocrático. Esto ha hecho que muchas personas que, con los criterios anteriores, habrían causado baja sigan dentro de la estadística del paro registrado, incrementando su número y haciendo que las comparaciones con otros años estén sobredimensionadas.

Por motivos diferentes, el paro medido en la Encuesta de Población Activa (EPA) también presenta algunos problemas, debido a las dificultades para buscar trabajo activamente (criterio necesario para que un desempleado sea considerado parado y no inactivo,según la metodología de la EPA) en un mercado laboral con muchas restricciones. 

A la vista de los problemas asociados a estos indicadores, sería recomendable monitorizar el desempleo con formas alternativas de cálculo del paro, usando definiciones menos restrictivas para llegar a una medida de la fuerza de trabajo infrautilizada, como la que puntualmente publica Florentino Felgueroso. Siempre sería importante tener estos indicadores en cuenta, pero ahora más que nunca. 

Según los cálculos de Felgueroso, durante el último año la tasa de paro con metodología EPA aumentó en 2,3 puntos porcentuales (del 13,8% al 16,1%), mientras que en la definición más amplia (incluyendo Ertes como infrautilización de la fuerza de trabajo), el aumento sería de 6,1 puntos porcentuales. 

Sin duda, es un aumento preocupante que deberá seguirse con atención. En especial, el grado de retorno de los Ertes al trabajo efectivo (del que no tenemos demasiados datos), si continúa el aumento de jornadas parciales no deseadas (como ya pasó en la salida de la crisis anterior) y el aumento del paro de larga duración (el principal causante del aumento de la pobreza durante la crisis de 2008). 

Pero caben algunos matices positivos. En primer lugar, el aumento de la tasa de paro durante el 2008 fue superior (8,1 puntos porcentuales), con una caída del PIB muy inferior a la sufrida en 2020. Además, siguió creciendo hasta 2013, mientras que en el último trimestre de 2020 ya se observa una ligera reducción en todos los cálculos de tasa de paro del Gráfico 2. En segundo lugar, hay que tener en cuenta que la protección de las rentas de las personas que no trabajan todas las horas que desearían es mucho mayor en 2020, precisamente por los Ertes. Éstos, también permiten un alivio para las empresas sin cortar el vínculo trabajador-empresa, muy importante para la velocidad de la recuperación.

Otro aspecto del mercado laboral que se analiza poco y que cobra especial importancia para seguir la recuperación es el del tejido empresarial. Cuanto más tejido empresarial se destruya durante la pandemia, más lenta será la recuperación. No en vano, las medidas económicas que se tomaron desde el pasado marzo estaban dirigidas a “proteger el empleo y las empresas”. 

Una aproximación al tejido empresarial la encontramos en el registro de cuentas de cotización de la Seguridad Social con al menos una persona trabajando por cuenta ajena. 

[Hay que matizar que una cuenta de cotización no es una empresa (cada una tiene como mínimo por provincia en la que tenga trabajadores) ni un establecimiento (la mayoría de empresas tienen una sola cuenta de cotización por provincia). Además, el hecho de que una cuenta de cotización desaparezca del registro no significa necesariamente un cierre definitivo; lo que comúnmente se conoce como bajar la persina. Por ejemplo, puede pasar que en un negocio pequeño con dos trabajadores (asalariados) y su dueño (autónomo), éste decidiese despedir a sus empleados y continuar él solo con el negocio. En este caso, la cuenta de cotización desaparecería de la estadística, al tener 0 asalariados, pero la empresa seguiría funcionando. Siguiendo el ejemplo, también puede ocurrir que, además de despedir a los dos trabajadores, el dueño decidiese cerrar el negocio hasta que se recuperase la actividad. En ese caso, la estadística de cuentas de cotización computaría una baja (por dejar de tener trabajadores) y un alta un tiempo después (si contrata trabajadores). Aun con estos matices, la estadística de cuentas de cotización sigue siendo una buena aproximación al tejido productivo y permite monitorizar su evolución mes a mes]

Como puede verse, la afectación de la pandemia sobre el tejido empresarial ha sido mucho más intensa que sobre los trabajadores. La caída llegó a ser del 10,5% interanual en abril y empezó a recuperarse con la relajación de las restricciones en mayo. En noviembre, con la segunda ola de la Covid-19 y la vuelta de las restricciones, volvió deteriorarse. Actualmente, se sitúa en el 6,9% y, al igual que con la ocupación, el hecho de que las restricciones de la tercera ola no hayan deteriorado aún más el tejido empresarial ya puede considerarse una buena noticia. 

Sin embargo, la pérdida de tejido empresarial no ha afectado a todas por igual. Cuanto más pequeña es la empresa, más probabilidades tiene de desaparecer de las estadísticas; lo cual es lógico, ya que su capacidad financiera para aguantar la falta de ingresos derivada de la caída de la actividad está muy relacionada con su tamaño. Por otro lado, el hecho de que las empresas grandes estén resistiendo mejor (incluso más que en 2008) es una buena noticia desde el punto de vista macroeconómico, ya que la recuperación de empresas pequeñas es mucho más complicada que el de las grandes. Lo cual, por supuesto, no quita el sufrimiento a empresarios y trabajadores de las pymes. 

Un reciente informe del Observatori de Treball i Model Productiu de la Generalitat de Cataluña arrojaba conclusiones en la misma línea. También se observaban otros aspectos a tener en cuenta, como que la caída se concentraba en empresas de los sectores más necesitados de interacción social (una vez más: restauración, hotelería, comercio…), o que la desaparición de una cuenta de cotización era la causa de tres de cada cuatro puestos de trabajo perdidos, mientras uno de cada cuatro se debía a una reducción de plantilla en una empresa que sobrevivía.

Estos datos, junto con la posibilidad de que las restricciones actuales se mantengan (o incluso se endurezcan) durante los próximos meses, hace temer por la supervivencia de algunas empresas. Sin duda los Ertes, créditos del Instituto de Crédito Oficial (ICO), ayudas a autónomos y todo el resto de medidas que se han tomado hasta ahora han evitado que el golpe sea aún más duro de lo que ha sido. Pero todo indica que, como vienen pidiendo el Banco de España y numerosos economistas, es el momento de dar un paso más en el apoyo al tejido empresarial, especialmente al más pequeño y de los sectores más afectados. Y parece que algo se mueve en el Gobierno. Estaremos atentos a cómo se concretan las medidas.

En resumen, la situación actual del mercado laboral es mala, pero bastante mejor de lo que podríamos esperar tras una caída del 11% del PIB. Las expectativas a corto plazo dependen de que las restricciones no empeoren la situación del empleo y el tejido empresarial, lo que permitirá seguir con la línea de lenta recuperación. Y, cómo no, del turismo. Sin la menor intención de alentar la imprudencia sanitaria, hay que hacer lo posible para que la temporada turística se parezca más a 2019 que a 2020. La diferencia entre conseguirlo o no para nuestra economía y mercado laboral es muy importante.    

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