¿Se puede gobernar en Madrid y en España con la misma receta política?

Isabel Díaz Ayuso recuperará la primera posición en las próximas elecciones autonómicas en Madrid, y la mayoría de las encuestas le dan muchas probabilidades de mantener el poder de la mano de Vox.

Tan es así que el principal foco de la campaña ya no se centra en cuánto puede subir el PP, que ha movilizado tanto como puede a su electorado y ha drenado el espacio electoral de Ciudadanos, sino en la competición entre Vox, por mantener la representación actual, y la izquierda, menos movilizada y con problemas para recuperar votantes moderados. A diferencia de Ciudadanos, Vox aguantará el tirón de Ayuso y tiene muchos números para convertirse en el socio decisivo, a pesar de que éstas podrían ser las primeras elecciones en las que los de Santiago Abascal empiecen a retroceder ante la recuperación del PP. En el lado opuesto, habrá que estimar cuántos votantes moderados tendrá que dejar de ganar (o perderá) el PSOE para que Iglesias conserve su grupo parlamentario en la Asamblea. La competición electoral es un juego de fluidos inestable.

Esto puede llevar al PP y, en mayor medida, al PSOE a quedar presos de una campaña de lógica centrífuga, con retóricas estridentes (y a veces deplorables), aunque en realidad con poca sustancia política. No extraña que, a diferencia de 2019, se estén movilizando los votantes más extremos, pero no tanto los moderados. Se desdibuja así el relato inicial buscado por Ayuso (“socialismo o libertad”) para acabar en uno épicamente desenfocado (“comunismo o fascismo”), a pesar de la extravagancia con que suelen utilizarse ambos términos. Como diría Catón, parece que políticos, columnistas, influencers hayan renunciado a los vera vocabulum rerum, los “verdaderos nombres de las cosas”, como recordaba Mark Thompson en Sin palabras, un ensayo que (sospecho) podría estar inspirando la política española de estos años. En él se recuerda también la hipótesis de Tucídides, para quien la caída de Atenas comenzó cuando, con la proliferación de la demagogia, la gente empezó a definirlo todo como le venía en gana.

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Los resultados de esta retórica bipolar no son muy sorprendentes. Aumenta el porcentaje de electores que prefieren identificarse en posiciones extremas de la escala izquierda-derecha: uno de cada cinco electores se ubica ahora en los extremos, 12,7 puntos más que en abril de 2019 y 3,3 puntos más que hace solo un mes (Gráfico 1). Y aunque una parte de ese efecto puede estar relacionado con la mayor propensión de los encuestados a responder con posiciones socialmente menos aceptables cuando se les entrevista por teléfono (como hace el Centro de Investigaciones Sociológicas desde que empezó el estado de alarma), podemos intuir que en Madrid la actitud de confrontación del Gobierno autonómico y las retóricas empleadas por los partidos han producido una polarización ideológica que aún no se detecta de igual forma en el resto de comunidades (gráfico 2).

Y, sin embargo, es preciso alejarse de lo inmediato para no olvidar de qué van estas elecciones en realidad: ¿si vence, es la ‘fórmula Ayuso’ de hoy la receta con la que el PP puede sacar mañana a Pedro Sánchez de la Moncloa?

Me refiero a una receta que podría resumirse en una política de alta tensión con el Gobierno central (fácilmente aceptada y retroalimentada por ambas partes), más complaciente con el flanco derecho que con el de centro (porque está orientada a romper las escasas costuras que le restan a Ciudadanos, buscando fijar una brecha entre izquierda y derecha que separe ambos bloques), a la espera de que Vox se quede con el extremo derecho y le permita completar al PP una mayoría ajustada pero suficiente para gobernar sin contemplaciones con la oposición. Una estrategia, por cierto, muy catalana.

La pregunta sobre la exportabilidad de la fórmula Ayuso tiene que ver con uno de los interrogantes inherentes a la política democrática: ¿cómo deben comportarse los partidos tradicionales ante las nuevas formaciones que han llegado para sustituirlos? ¿Cómo logran estas últimas romper las barreras impuestas por el sistema para impedir su ascenso? Éste ha sido el eje de la política española en la última década.

Desde luego, no es fácil para PP o PSOE competir con partidos nuevos en contextos de incertidumbre, y no es menos difícil si cabe para Vox, Ciudadanos o Podemos entrar en el sistema y hacer sombra a los grandes elefantes del poder. Algunas autoras han tratado de aportar algunas fórmulas. Hace algunos años, Bonnie Meguid sostuvo que, ante la llegada de nuevos partidos, las fuerzas tradicionales podían limitar su crecimiento si asumían su agenda política o trataban de desdeñarlos. Más recientemente, Catherine de Vries y Sara Hobolt han identificado los diferentes tipos de estrategia con los que los partidos nuevos y viejos tratan de avanzar o defender sus posiciones respectivas, poniendo el énfasis en aquellos temas que mejor valoran sus electores.

En un artículo de reciente publicación, he tratado de analizar qué consecuencias tuvieron las estrategias de competición entre Ciudadanos, PP y Vox sobre el nivel de polarización y, con ello, sobre las decisiones de voto de muchos electores de centro y de derecha. En este ‘post’ de hace algunas semanas, ya comenté los pobres resultados que tuvo el intento de Albert Rivera de disputarle al PP el electorado de centro-derecha sobre un discurso centrado esencialmente en Cataluña y una nueva españolidad constitucional. Además, la moción de censura dio al traste el contexto en el que esa estrategia podía haber tenido algún resultado positivo.

Lo interesante para nuestro argumento de hoy es que esa competición con tonos centrífugos entre Ciudadanos y PP facilitó el camino para una transferencia masiva de votos de centro y derecha al partido verde. Pero, ¿cómo se fraguó concretamente esta transferencia? Aquí la polarización desempeñó un papel clave.

Por un lado, la disputa centrífuga entre PP y Ciudadanos sobre Cataluña y la cuestión nacional, en paralelo a la llegada del PSOE al poder de la mano de Podemos y de los independentistas catalanes, amplió la distancia entre los decepcionados votantes conservadores y sus partidos de referencia hasta entonces; esa polarización difuminó, a ojos de estos votantes, las diferencias entre PP, Ciudadanos y Vox. Al fin y al cabo, Abascal no decía cosas tan distintas de Rivera y Casado.

Por otro lado, el votante de orden decepcionado de la derecha tenía mayores incentivos para hacer un voto de penalización al sistema, políticamente incorrecto, lo que hemos denominado en otro artículo un voto de a tomar por culo (up yours vote): apoyo a quien me da la gana, y ya que no creo que mis preferidos alcancen el poder, votaré a quien dice cosas que yo pienso pero que los partidos establecidos no se atreven a afirmar con rotundidad porque sería políticamente incorrecto.

Ese razonamiento favoreció una transferencia masiva hacia Vox de votantes que no se habían radicalizado, que no se habían hecho aún más de derechas, sino que simplemente no consideraban a la formación de Abascal tan diferente de las otras preferencias como para no votarla; al contrario. Como muestra el Gráfico 3, los votantes de Vox de noviembre de 2019 se consideraban más cercanos ideológicamente al PP que al propio partido verde; ¡más cercanos incluso que los propios votantes populares!, y ubicaban a Ciudadanos a la misma distancia que a Vox. No son la caricatura que a veces se ofrece de ellos desde la izquierda. De hecho, perciben al PSOE y a Podemos más cerca de lo que los votantes socialistas y podemitas ven a Vox.

¿Qué implicaciones tiene esto para entender la eficacia de la estrategia de Ayuso en Madrid? Primero, que muchos votantes de Vox son todavía perfectamente reversibles, especialmente si dan por superada la crisis de reputación que les alejó del PP. Ni siquiera es necesario que Ayuso adopte la agenda política de Vox, algo que (según el estudio referido) podía haber sido menos necesario para Vox de lo postulado por las autoras anteriormente mencionadas.

Es cierto que los votantes de Ciudadanos (y en general los moderados, incluso del PP) podrían no sentirse cómodos en esa retórica polarizante. Pero la brecha cavada por Ayuso y sus adversarios no deja margen para matices: a votar con el morro fruncido para que la izquierda no se haga con Madrid.

Con esta orientación centrífuga, el PP se habría garantizado casi todas las opciones para mantener el poder, ya que (dato importante) eso es suficiente en Madrid. Como muestra el Gráfico 4, desde 1995 la coalición social que ha premiado la gestión gubernamental del PP se ha mantenido fiel y movilizada prácticamente sin altibajos. Solamente en un par de ocasiones esa mayoría peligró; y, en ambos casos, fue la división interna en la izquierda la que abortó la alternancia: los tránsfugas socialistas en 2003 y el desacuerdo entre Podemos e IU en 2015, que dejó fuera del Parlamento los 130.000 votos que le habrían dado a la izquierda la mayoría de Gobierno. (En cambio, el fracaso de la coordinación electoral entre Podemos y Más País en 2019 no perjudicó realmente a la izquierda, ya que la irrupción de Vox equilibró el importante ascenso del bloque de izquierdas.)

Por el contrario, la llegada de Ciudadanos (que en Madrid, a diferencia de Cataluña, proviene mayoritariamente del PP) y de Vox fragmentó el espacio electoral en la derecha, aunque no hizo peligrar la conservación del poder.

Ni siquiera la gestión pandémica es plausible que modifique ese escenario, a pesar de los intentos de la oposición. Como se observó en las elecciones catalanas de febrero, y en las encuestas del último año, los partidos que han gobernado este difícil periodo no se ven castigados por ello. Al contrario, como ya se ha podido ver en Cataluña, la valoración positiva de la gestión de los partidos cercanos o la crítica de la de los partidos lejanos puede ser un factor significativo que refuerza la movilización de los fieles.

Además, para alinear de nuevo a los votantes de la derecha en torno al PP, el perfil de Díaz Ayuso se ha demostrado muy propicio, tal como demuestra la excelente valoración que le otorgan los votantes de Vox y Ciudadanos (por encima de sus propios candidatos): una política menos de aparato de lo que se asume, con una retórica idiosincráticamente desenfadada (más propia de la nueva generación política de Gabriel Rufián que de adoctrinados viejos rockeros como José María Aznar) que suele ser recibida como ofensiva por parte de mucha izquierda, lo que simultáneamente genera simpatías y aplausos en el extremo opuesto. Poco hábil al defender sus políticas públicas, lo que en otras condiciones podría alienar el afecto del votante moderado exigente, conecta emocionalmente con los sectores más cabreados de la derecha, especialmente desde que le guía alguien experto en ello, Miguel Ángel Rodríguez. MAR fue el jefe de comunicación de los primeros años de Aznar que, pocos meses después de cesar en el cargo en 1998, publicó un thriller político en el que el candidato de la oposición fallecía en un atentado, promovido por el ministro del Interior con el trasfondo de una operación en el Magreb, tras el cual el Gobierno (encabezado por un tal presidente José Falso) atribuyó falsamente la responsabilidad a ETA, apuntalando la tesis del libro sobre la esencia de la política: todo vale para conservar el poder.

Con todo, por lo anteriormente explicado la pareja Ayuso & MAR ha tenido un papel más instrumental que causal en la recuperación del PP. La actuación del Ejecutivo de Sánchez y el escenario de crispación permanente (con el concurso de unos medios de comunicación que abruman el panorama informativo de la capital) ha hecho el resto.

Pero, ¿servirá esta receta para el resto de España? Ciertamente, el argumento para revertir el voto de Vox es similar: superar la crisis de reputación del PP y recuperar cierta expectativa de victoria para anular ese espíritu gamberro del votante de derechas decepcionado.

Pero todo lo demás es distinto: la coalición social que apoya al PP es sensiblemente más heterogénea en el resto España, donde a menudo la madrileñidad españolista tampoco es un recurso especialmente valioso para representar su pluralidad. Y, sobre todo, las coaliciones parlamentarias para gobernar el Congreso son más exigentes: excepto en caso de desmovilización general de la izquierda (algo que sólo sucedió en 2000 y en 2011), la derecha únicamente puede gobernar con la tolerancia del bloque central, de donde Ciudadanos casi ha desaparecido pero no las fuerzas políticas de la tercera España: el PNV, el nacionalismo catalán y la pléyade territorial ibérica. Una representación que, de momento, no encaja muy bien en la retórica de Ayuso ni en los esquemas políticos de Vox.

Por eso, no ha habido ningún partido político en España que haya alcanzado el Gobierno desde una estrategia política centrífuga y no centrípeta. Desde esta perspectiva, el argumento de aquellos que piensan que el PP puede iniciar en Madrid el camino de regreso a la Moncloa de la mano de Vox plantea muchas dudas. La ‘fórmula Ayuso’ no constituye un atajo alternativo a la ‘fórmula Casado’.

Quizá por todo ello, otorgar excesiva trascendencia española a los resultados del 4-M pueda ser un tremendo error de enfoque, también para las fuerzas perdedoras. No sólo porque sus resultados serán difícilmente extrapolables a unas hipotéticas elecciones generales, sino porque desviarán la atención de la cruda realidad: faltarán menos de dos años para encarar la próxima campaña electoral por Madrid, donde quizá Ayuso ya no sea la candidata… autonómica. La política madrileña amenaza con instalarse en una provisionalidad permanente. Una provisionalidad, también, muy ‘catalana’.

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