Se acorta la distancia entre la Eslovenia de Janša y la Hungría de Orbán

Un año después de asumir el puesto de primer ministro de Eslovenia, el Gobierno de Janez Janša (Partido Democrático Esloveno, Slovenska Demokratska Stranka , SDS) se encuentra inmerso en la doble tarea de luchar contra la crisis sanitaria y económica provocada por la Covid-19 y de intentar negociar las complicadas curvas de la política interna eslovena. Ambos objetivos se están mostrando difíciles de alcanzar, dados el fuerte impacto de la pandemia en el país y la inestabilidad del Gobierno, de coalición y en minoría (41 escaños de 90), conformado junto al socio-liberal Partido del Centro Moderno (Stranka Modernega Centra, SMC) y el conservador Nueva Eslovenia (Nova Slovenija, NSi), y apoyado desde fuera por la derecha radical, y que sobrevivió en febrero a una ajustada moción de censura.

Por si fuera poco, la Comisión Europea (CE) ha llamado a filas a Janša, con motivo de un tuit trumpiano publicado por el mandatario para mostrar su disgusto con un artículo sobre la salud del Estado de derecho y de la libertad de expresión y prensa en el país ex yugoslavo. La polémica, que seguramente en otra ocasión habría levantado menos revuelo, ha llegado poco antes de que Eslovenia asuma la Presidencia del Consejo de la UE (julio-diciembre 2021), y poco después de que la compra de medios de comunicación públicos eslovenos por empresas privadas húngaras, en la órbita de Viktor Orbán, haya sentado muy mal en Bruselas.

Y por último, Eslovenia ha sido foco del interés internacional durante los últimos días por un ya famoso documento, supuestamente elaborado por la oficina del primer ministro esloveno, en el que se ofrecen las líneas maestras para acabar con las tensiones internas que afectan a Bosnia, Albania, Macedonia del Norte, Serbia y Croacia, vía modificación de sus fronteras según divisiones étnicas. El asunto ha levantado una abundante polvareda diplomática y ha generado respuestas encendidas de algunos de los líderes de los países mencionados, así como de diputados y altos cargos de la UE. Tras Polonia y Hungría, ¿será Eslovenia el próximo Estado miembro en el punto de mira de la Comisión?

Ante este panorama, Janša ha optado por contraatacar, consciente de que se juega gran parte de su credibilidad internacional en el tablero UE, extendiendo una invitación a la CE para que ésta envíe una misión de expertos a Eslovenia que investigue los que, según defiende el Gobierno, son los problemas reales que aquejan a este Estado, que en ningún caso serían la falta de libertad de expresión o de prensa. La ofensiva diplomática de Janša no ha empezado con buen pie, enfrentado con Sophie in’t Veld, quien lidera el Comité de Libertades Civiles, Justicia y Asuntos interiores y dirige las sesiones que en estos días han examinado la situación en Eslovenia.

En el marco conceptual de la política eslovena, el Gobierno de Janša dice representar valores netamente democráticos y europeístas surgidos del proceso de independencia de la década de los 90. Sin embargo, prosigue el Ejecutivo, existe una anomalía eslovena, caracterizada por una democracia joven atacada desde dentro por sus propias estructuras (judiciales, legislativas, mediáticas y empresariales). Esto es lo que Janša ha denominado como “la transición inconclusa”, que no habría conseguido acabar con los vicios autoritarios arrastrados desde los tiempos de pertenencia a Yugoslavia y que ha permitido a la “extrema izquierda” mantener el control sobre los resortes del poder.

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Sin embargo, de una manera un poco contraintuitiva, el janšismo (término despectivo utilizado por los colectivos opositores al Gobierno, que ha hecho especial fortuna en el último ciclo de movilizaciones) ha optado por afrontar esta situación, real o percibida, abrazando poco a poco las formas y el mensaje autoritarios impulsados por su vecino del este, Hungría, precisamente convertido en el principal dolor de muelas de la UE. En el régimen de Orbán, Janša siente que tiene un aliado con el que compartir anti-comunismo y mentalidad de trinchera, de último bastión de defensa de los valores nacionales tradicionales, elevados ambos a máximos exponentes de esa forma de hacer política que florece en la tierra quemada.

Este enfoque agresivo se demuestra en varias actuaciones del Gobierno. Así, desde prácticamente el principio de su mandato las autoridades mantienen una batalla con el mundo de la cultura, decididamente a la izquierda del espectro político y que, por ejemplo, se ha cobrado como víctimas a los directores de los principales museos del país. Los nuevos administradores habrían asumido sus cargos con la tarea de promocionar visiones más tradicionales y conservadoras, a lo que sin duda ayudará el futuro Museo de la Independencia Eslovena, que ya ha sido criticado como una simple “institución propagandística”. La actitud del Gobierno hacia el ámbito de la cultura provocó que, en diciembre del año pasado, 150 académicos europeos y norteamericanos escribiesen una carta al primer ministro, criticando sus interferencias en el libre intercambio de ideas y en la libertad académica. Además, numerosas instituciones culturales y no gubernamentales han visto cómo sus presupuestos procedentes de fondos públicos se han congelado, reducido e incluso desaparecido.

Otro ejemplo que utilizan los críticos con el mandatario esloveno, para poner de relieve la supuesta deriva autoritaria del Gobierno, es su respuesta a la crisis sanitaria y económica generadas por la pandemia de Covid-19, trufada además de escándalos relacionados con las provisiones médicas y las vacunas. A pesar de haber impuesto uno de los confinamientos más severos de Europa, Eslovenia ha pasado por periodos en los que sus datos eran los peores, proporcionalmente, de todo el continente, y es el país UE con más con mayor exceso de fallecidos en la pandemia (24%). En este contexto, inciden los contrarios a Janša, el Gobierno habría aprovechado para limitar de manera excesiva el derecho de reunión, así como para robustecer los presupuestos dedicados a seguridad y defensa (ejército y fronteras, principalmente), evitar el control parlamentario a la actividad ejecutiva y redoblar sus ataques contra los medios de comunicación.

De esto último da fe el muy reciente 2021 World Press Freedom Index, de Reporteros Sin Fronteras, que señala que la situación en Eslovenia representa “un camino peligroso para la libertad de prensa”, mencionando los esfuerzos de Janša por equipararse a Orbán en sus campañas contra periodistas independientes y el enfrentamiento entre el Gobierno y la agencia pública de noticias STA, a la que el primero deniega la financiación necesaria para su funcionamiento y acusa de operar sin control y en contra del Ejecutivo. 

En definitiva, desde hace un año la distancia entre Liubliana y Budapest, capitales de dos países con una extensa historia común, parece haberse acortado en el peor de los sentidos. Janša ha asumido sin rubor la retórica populista de Orbán (mano dura, anti-inmigración, complots externos), aunque procura mantener su propio espacio de independencia. Por ejemplo, su partido, el SDS, se mantiene dentro de la familia del Partido Popular Europeo (PPE) y alejado de las posiciones euroescépticas de algunos países del entorno.

¿Qué esperar del futuro próximo? A pesar de todo lo anterior, el Gobierno de coalición y en minoría de Janša disfruta de una malísima salud de hierro, que parece que sólo podría deteriorarse vía crisis interna. No se debe olvidar que el actual primer ministro ha servido como máxima autoridad del país hasta en tres ocasiones, intercaladas con periodos en la oposición e incluso en la cárcel. Esto debería ser indicativo suficiente de su resiliencia y habilidad políticas. Por otro lado, el SDS, el partido de Janša, sigue siendo el que más apoyo recibe en las encuestas (19%, seis puntos más que los socialdemócratas), a pesar de que un 67% de la población no aprueba la gestión gubernamental de la crisis sanitaria. Y, además, se dan tres condiciones que apuntan a que la legislatura se agotará de manera natural: en primer lugar, deberían celebrarse elecciones en menos de un año, a principios de 2022. Tras la moción de censura fallida de febrero, que puso a prueba el apoyo parlamentario que mantiene el Gobierno, es de esperar que la oposición aguarde a los comicios como próxima oportunidad de arrebatar el poder a los conservadores; en segundo lugar, y aunque a estas alturas parezca increíble, juega en interés de la coalición gubernamental el evitar nuevas polémicas que pudiesen poner en tensión definitiva sus costuras internas, extremo que los últimos acontecimientos señalan como el punto de fractura con más probabilidades; y en tercer lugar, Eslovenia se encuentra a pocos meses de ostentar la Presidencia rotatoria del Consejo de la UE, aspecto que sin duda el Gobierno capitalizará en su provecho.

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