¿Representar o ganar? Figuras populares para las elecciones mexicanas

En México, el próximo 6 de junio de 2021 tendrán lugar elecciones de medio término. Será, de acuerdo con el Instituto Nacional Electoral, la jornada electoral más importante en la historia democrática del país, al ponerse en juego poco más de 21.000 cargos de elección popular, entre comicios municipales, estatales y federales. Se renovará por completo la Cámara de Diputados (500 escaños), 15 estados elegirán nuevos gobernadores además de 30 congresos locales, 16 alcaldías en la Ciudad de México y 1.900 ayuntamientos y juntas municipales.

Esto significa, entre otras cosas, que los partidos políticos deberán seleccionar a las personas que serán sus candidatos para contender por alguna de las diferentes posiciones que estarán en juego. Personajes políticos experimentados, académicos destacados, ex funcionarios públicos de alto nivel, legisladores con licencia, han sido registrados como pre-candidatos o candidatos. Al mismo tiempo, son muchas las figuras públicas sin experiencia alguna en política que serán postulados como candidatos por los partidos: actores, actrices, luchadores, deportistas, cantantes y gente dedicada a la farándula figuran dentro de la baraja de personalidades que tendrán la oportunidad ser votados en la próxima contienda electoral. Sin contacto previo con la gestión de asuntos públicos o cargos de representación, pero con gran capacidad para conectar con el electorado desde el afecto, estos personajes son una carta fuerte para contender electoralmente, en todos los partidos del arco político. ¿Cuál es la lógica y el mensaje subyacente de dicho fenómeno?

La representación política desde la perspectiva ciudadana

La representación política es un proceso mediante el cual un conjunto de delegados (políticos) buscan representar (volver a presentar, en otro tiempo y espacio) los intereses, preferencias y necesidades de sus mandantes (ciudadanos). En democracia, el mecanismo institucional por medio del cual ocurre esta transferencia de responsabilidad o voto de confianza son las elecciones. El día de los comicios, la ciudadanía decide quiénes son los partidos y/o las candidaturas más idóneos para hablar y decidir en su nombre.

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De acuerdo con la teoría de la representación, la elección que hacen los ciudadanos parte de dos criterios fundamentales. De acuerdo con la tesis de la ‘representación descriptiva’, los ciudadanos tienden a elegir a candidatos cuyo perfil socio-demográfico y/o gremial es más parecido. En dos palabras, votamos a aquéllos que consideramos similares a nosotros, porque son (probablemente) quienes mejor interpreten nuestras necesidades y, de esa manera, puedan defender nuestros intereses. Quienes han tenido o tienen una vida u ocupación similar a la nuestra nos producen una sensación de cercanía y generan mayor confianza que aquéllos de cuyas experiencias o trayectorias de vida nada sabemos o son muy diferentes a las nuestras. La representación corporativa (o, más cerca en el tiempo, las cuotas de género), que existen en la mayor parte de los países occidentales, se basan en este supuesto.

Por otro lado, la tesis de la ‘representación sustantiva’ es aquélla basada intereses o preferencias comunes. En este caso, los ciudadanos votan a quienes consideran más capacitados, independientemente de quiénes son o cuál es su origen. Es más, de acuerdo con esta perspectiva, es probable que cuanto más diferente sea un representante en términos de su disponibilidad de información y acceso a espacios de toma de decisión, mejor aún, puesto que tendrá una mayor capacidad de identificar cuáles son las decisiones correctas para el país. ¿Tomando esto en consideración, cuál será la estrategia de los partidos a la hora de seleccionar a sus candidatos y candidatas?

¿’Tender puentes’ o ganar elecciones? La perspectiva de los partidos

En la actualidad, la crisis de representación es un diagnóstico que se ha vuelto viral. Los ciudadanos desconfían de las instituciones, y especialmente de las percibidas como opacas, deliberativas y sin capacidad de decisión, como el Congreso y los partidos políticos. Buena parte del descrédito de la política como actividad, y de los políticos profesionales en particular, es resultado de la distancia entre representantes y representados. De acuerdo con el Latin America Public Opinion Project (Lapop) y el Latinobarómetro, entre dos tercios y tres cuartos de los ciudadanos mexicanos considera de forma sistemática que los políticos buscan satisfacer sus intereses particulares sobre los de la ciudadanía.

Por ello, la selección de candidaturas a puestos de elección popular es una cuestión central en las sociedades democráticas. Desde la perspectiva de los ciudadanos, el mejor candidato es aquél con mayor capacidad de defender sus aspiraciones una vez en el cargo. Por su parte, para los partidos políticos la selección de candidaturas depende de expectativas diferentes, algo más cortoplacistas: ‘el mejor candidato es el que tiene mayores chances de ganar las elecciones‘. ¿Son compatibles ambos intereses? Si en democracia es esperable que los malos desempeños de los políticos sean castigados por los ciudadanos en las siguientes elecciones, ¿es racional (para los partidos) seleccionar candidatos electoralmente atractivos, pero sin conocimientos de los asuntos públicos?

Una primera estrategia partidista para superar la crisis podría ser ‘construir puentes’ con la ciudadanía, para acercar la realidad social a la actividad deliberativa y de formulación de políticas. Dicho de otra forma, disminuir la distancia entre los problemas cotidianos de los ciudadanos de a pie y el ámbito de toma de decisiones. Mejorar la representación fortaleciendo el vínculo, la interlocución, y la oportunidad de rendición de cuentas entre electores y representantes. Sería en términos de Rawls, la “opción razonable”, cuyo objetivo fuera mejorar los procesos de toma de decisiones y optimizar las soluciones a los problemas públicos.

Una segunda posible respuesta (que llamamos aquí la opción racional) es elegir como candidatos a figuras públicas y personajes de gran popularidad. Si los ciudadanos desconfían de los políticos y los partidos se presentan como entidades ajenas a los problemas de la gente, postular a estos personajes representa un intento (más bien simbólico) de acercarse a la ciudadanía desde la lógica descriptiva. Qué mejor manera de encarnar los intereses de la muchedumbre que ofrecer como representantes a personajes afectivamente cercanos, a quienes asocian con momentos emotivos de su experiencia de vida. De acuerdo con los postulados de la teoría de juegos, esta es la estrategia racional para los partidos, por ser la que maximiza su utilidad en un plazo más corto. Si para ellos el orden de preferencias está encabezado por ganar las elecciones antes que por mejorar los procesos de representación, postular a figuras populares aumentará la probabilidad de que ello suceda, dado el componente afectivo que suele vincularlos con una buena parte de la ciudadanía.

¿Son los partidos o es la ciudadanía?

Como pudimos ver, dadas las preferencias de ambos jugadores, es una elección racional (preferible a cualquier otra opción cuando esté disponible) para los partidos políticos seleccionar a candidatos famosos y personalidades reconocidas capaces de conectar afectivamente con el electorado. Esta decisión maximiza su utilidad, al aumentar la probabilidad de que su candidato o candidata resulte ganador/a en la jornada electoral, independientemente de cómo repercuta ello en los bienes y servicios públicos que ha de proveer y/o garantizar el Gobierno, una vez en el poder. Aunque es ineficiente (puesto que los ciudadanos no lograrán ver satisfechas sus necesidades), dicha situación representa, en el lenguaje de la teoría de juegos, una clara situación de equilibrio: ningún jugador (partidos o ciudadanos) está dispuesto a cambiar unilateralmente su comportamiento de forma independiente al de su contraparte.

En su análisis sobre veto players, Tsebelis propone que los actores políticos son elegidos sobre la base de las políticas que prometen, y éstos se exponen a ser reemplazados cuando los resultados de las políticas que proponen conducen a resultados indeseables. Dada la creciente complejidad de los problemas públicos, la necesidad de información, y de conocimiento detallado de las poblaciones en riesgo a ser atendidas, ¿cuál es, entonces, el beneficio de dejar en manos de Blue Demon (luchador), Paquita la del Barrio (cantante) o Jorge Campos (ex deportista), tal responsabilidad? Quizás para usted, lector/a, sea difícil a simple vista identificar algún beneficio de dicha elección. Sin embargo, para muchos otros, decepcionados una y otra vez por los políticos profesionales, haya poco que perder al votar por aquellas candidaturas a quienes se vinculan desde el afecto, por haber sido artífices de momentos felices en su vida cotidiana. Eso dice mucho, también, de nuestra forma de entender la representación y de ejercer la ciudadanía.

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