Reino Unido: algo se mueve en las urnas post-Covid

La semana pasada Reino Unido (o más bien Gran Bretaña) celebró una de las mayores jornadas electorales de su historia, al menos por la cantidad de convocatorias. Debido a la pandemia, se habían pospuesto todas las previstas para el año pasado. Como resultado, en estas últimas han tenido lugar en todos los niveles del sistema político: unos comicios en la pequeña localidad inglesa de Hartlepool, ubicada en el noreste del país, para elegir a su diputado nacional; elecciones para los parlamentos nacionales de Escocia y Gales; 13 contiendas regionales en Inglaterra; y miles de asientos locales a lo largo y ancho de ésta.

Politícamente, fueron la primera prueba electoral desde que estallara la pandemia, Keir Starmer se convirtiera en el nuevo líder del Partido Laborista y, por supuesto, la salida de Reino Unido de la Unión Europea. En resumen, después del caos del Brexit, este cúmulo de elecciones constituía una oportunidad para si el panorama político ha cambiado definitivamente o no.

Como siempre, responder a eso en un país tan complejo como Reino Unido es complicado; pero se pueden sacar algunas conclusiones. En primer lugar, se puede decir que los efectos de Brexit siguen presentes. En Hartlepool, los conservadores se han beneficiado de una importante transferencia de votos procedentes del ‘Partido Brexit’, que ha perdido mucha fuerza, y han vuelto a vencer, de manera más decisiva, a los laboristas. Sigue funcionando la estrategia de Boris Johnson de atraer a votantes de clase obrera.

En segundo lugar, todos los partidos gubernamentales han recibido un impulso como resultado del programa de vacunación. Por ejemplo, el Partido Laborista ha logrado el mejor resultado de su historia en Gales, que continuará gobernando; y ello a pesar de perder muchos asientos en Inglaterra. En Escocia también, el Partido Nacional Escocés ha rozado la mayoría absoluta y se ha comprometido a centrarse en la batalla contra el virus desde el principio de la legislatura; pero rápidamente iniciará los trámites legislativos para convocar un nuevo referéndum de independencia. Esta otra batalla puede muy bien acabar en el Tribunal Supremo.

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Por último, el panorama político de Reino Unido resultante está más fragmentado geográficamente. Inglaterra, Escocia y Gales tienen cada uno sus características políticas propias, fenómeno que se repite dentro de cada país: las ciudades son laboristas y los pueblos, conservadores. Hay pocas certidumbres y los partidos tienen que adaptarse a una política donde la lealtad es baja porque los votantes son más transaccionales.

Quizás la dinámica más interesante en estas elecciones ha sido la del debilitamiento de los conservadores en algunas partes del sur de Inglaterra. En las generales en 2019, Johnson ganó nuevos votantes pro-Brexit en el norte de Inglaterra mientras, en el sur, mantenía el apoyo de conservadores anti-Brexit. Parecía que el primer ministro había dado con una nueva coalición electoral irrompible. Sin embargo, los comicios de esta semana pasada han destapado ciertas debilidades. En muchas zonas llamadas the Tory shires (los condados tories, regiones semi-rurales en el sureste de Inglaterra como Oxfordshire, Cambridgeshire and Kent), el partido perdió muchos asientos y algunos consejos. El impacto general fue esta vez relativamente pequeño, pero la próxima, cuando el Gobierno no pueda seguir beneficiándose de la gestión de la pandemia, podría producirse un mini-terremoto.

Una de las causas de esta reconfiguración ha sido el pacto progresista alcanzado entre los Verdes y los Demócratas Liberales, según el cual allá donde uno de los dos no presentara candidatura pediría a los suyos que votaran la del otro. Lo más llamativo de esta fórmula fue su éxito en Oxfordshire, una región históricamente conservadora. El acuerdo los ha desplazado del poder y ha transformado la composición del Consejo Regional, lo que sirve de indicio sobre el potencial que las coaliciones informales progresistas pueden tener en el regresivo sistema electoral de Reino Unido.

El otro partido progresista, el Laborista, tiene sus propios dilemas. Su derrota decisiva en Hartlepool ha terminado por confirmar la pérdida, quizá permanente, de votantes de la clase obrera. El carácter de estas elecciones hace difícil de entender su posición. En comparación con 2016 y 2017, cuando estos comicios tuvieron lugar por última vez, el partido ya retrocedía aunque repuntó después de 2019. No obstante, si se votara hoy en unas generales, la mayoría conservadora en los Comunes sería menor aunque aún enorme.

Además, el daño infligido al Partido Laborista no viene sólo de los resultados electorales; también de su respuesta ante la derrota. Su líder, Starmer, intentó reconfigurar su equipo inmediatamente, lo que suscitó la indignación del partido al pretender prescindir de su número dos. Tuvo que echar marcha atrás, dañando su autoridad. Tras haber relevado a su antecesor, el radical izquierdista Jeremy Corbyn, los laboristas parecen afrontar una crisis aún más profunda de lo que podía imaginarse.

Para concluir, el Brexit ha transformado irreversiblemente la política británica, y así lo confirman estas elecciones. Aparentemente, podría dar la impresión de nada ha cambiado desde los comicios de 2019; pero, en realidad, todo sigue moviéndose. El asunto de Escocia se ha intensificado, los problemas del Partido Laborista se han agudizado, se han profundizado las diferencias geográficas y ha asomado una nueva política progresista.

Salimos de lo peor del crisis de la Covid-19; entramos en una nueva época: post-Covid, post-Brexit y post-nuestras anticuadas asunciones.

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