Radiografía del abandono educativo temprano en España

España, en el marco de los Objetivos Europeos de Educación y Formación 2020, no ha completado sus deberes en un indicador esencial por sus implicaciones en el desarrollo personal y social: el abandono educativo temprano. El 16% de nuestros jóvenes entre 18 y 24 años abandona el sistema educativo y no sigue ningún curso de formación. La cifra, aunque ha experimentado una notable reducción desde su punto más alto (el 31,5% de 2008) está alejada del objetivo europeo y a la cola de los países de la UE. En el reciente Consejo Europeo de marzo, y en el marco de los nuevos objetivos 2030, se ha actualizado el referido al abandono educativo y no deberá superar el 9% en ese año.

Desde la Fundación Europea Sociedad y Educación, con la colaboración de Porticus, y un equipo cualificado de investigadores asociados al proyecto (Angel Soler, del Ivie y la Universidad de Valencia; José Ignacio Martínez Pastor, Uned; Rafael López Meseguerde Unir y Efse; Manuel Valdés, de la UCM y Efse y Miguel A. Sancho, Livia de Cendra y Beatriz Morillo, de Efse) nos planteamos abordar estos problemas con mayor profundidad. El ‘Mapa del abandono educativo en España’ presenta datos completos y actualizados sobre el abandono y el fracaso escolar, las características de la población en riesgo de dejar el sistema educativo y formativo, los factores que influyen en las tasas, sus consecuencias laborales y sociales, junto con lo que motiva las decisiones de retorno. Completamos el estudio con los programas e intervenciones destinados a disminuirlo, prestando especial atención a las que procuren el desarrollo integral de los niños y de los jóvenes.

En primer lugar, el análisis longitudinal del abandono, en perspectiva comparada y en función de diferentes variables, nos aporta los siguientes datos: pese a que entre 2005 y 2020 se ha producido una importante reducción en la tasa de AET en España (del 48,4%), el índice promedio en 2020 del 16%, es todavía alto en comparación con otros países con nuestro mismo nivel de desarrollo; además, las diferencias regionales son muy acusadas, oscilando desde el 6,5% en el País Vasco y el 25,5% en Ceuta. Las menores tasas las registra la cornisa cantábrica. El sur, el este y los archipiélagos concentran las mayores (gráfico 1). Detrás de esta diversidad regional se encuentra, sobre todo, la de sus factores socio-culturales y económicos, junto con la variedad de políticas y programas aplicados.

Gráfico 1.- Tasa de abandono educativo temprano por comunidades autónomas (2005 y 2020)

Fuente: Instituto Nacional de Estadística (INE) y elaboración propia.

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Es destacable cómo el fracaso escolar se encuentra en las raíces del abandono educativo temprano: cerca del 40% de los jóvenes que abandonan sus estudios no consiguió graduarse en ESO, siendo su tasa de AET del 72,5%, frente al 10,8% de aquéllos que sí se graduaron.

La tasa de fracaso escolar se sitúa en España por encima del 20%, con una diferencia de 13 puntos porcentuales entre el País Vasco (14,2%) y Castilla-La Mancha (27%). En el gráfico 2 puede apreciarse también la diferencia según sexo, que encuentra su correlato en las cifras de abandono escolar: los hombres abandonan más (20,2 %) que las mujeres (11,6%).

Gráfico 2.- Tasa de fracaso escolar* según sexo por comunidades autónomas (2018-19)

Fuente: Ministerio de Educación y Formación Profesional. (*) Complementaria a la tasa bruta de población que se gradúa en ESO. La tasa bruta de graduación en ESO se calcula dividiendo el número de graduados en un curso académico entre la edad teórica de finalización.

También es determinante el entorno socioeconómico de los jóvenes y sus hogares, ya que tanto la renta familiar disponible como el país de origen y el nivel educativo de los padres y madres influyen de manera decisiva en las cifras de abandono.

En el grafico 3, la variable relativa a la dificultad de llegar a fin de mes de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) muestra que los hogares que llegan a fin de mes con mucha facilidad tienen una tasa media de abandono del 4,9%, mientras que la correspondiente a los que lo hacen con mucha dificultad multiplica esa cifra casi por ocho y se sitúa en el 36,6%. Esta concentración del abandono en los colectivos con menor capacidad económica es un elemento a tener en cuenta al definir políticas para reducir la tasa de abandono en nuestro país.

Gráfico 3.- Tasa de abandono educativo temprano según capacidad del hogar de llegar a fin de mes (2018)

Fuente: INE y elaboración propia.

Se observan también claras diferencias según la nacionalidad de la persona residente en nuestro país. En 2020, mientras que la tasa de AET es del 13,6% para los españoles nativos, en el caso de los extranjeros se eleva hasta el 32,5%. Igualmente, hay que destacar la influencia que tiene el nivel de estudios de los padres: apenas el 7,2% de los abandonos totales corresponderían en la actualidad a jóvenes cuyas madres tienen estudios superiores, y el 79,3% al grupo cuyas madres poseen una formación de enseñanza obligatoria como máximo.

Abandono educativo temprano y mercado laboral

La relación entre abandono y ciclos económicos, la coyuntura del mercado laboral y las tasas de empleo de los jóvenes podemos observarla en el gráfico 4. La crisis económica iniciada en 2008 multiplicó por 3,1 la tasa de paro juvenil, llegando a suponer el 55% en 2013. Pese a la posterior recuperación, este indicador del mercado de trabajo se ha mantenido por encima del 30%, y una de sus consecuencias ha sido la reducción de la tasa de abandono educativo temprano de forma constante, aunque se haya ralentizado en 2018 y 2019. El efecto de la pandemia ha supuesto un cambio de tendencia en la evolución de este indicador y un rebote de más de cinco puntos porcentuales. Se deberá esperar a la finalización de la emergencia sanitaria para observar si la reducción de la tasa de paro juvenil se mantiene o si, por el contrario, se ha visto truncada.

Gráfico 4.- Tasa de paro juvenil y de abandono educativo temprano (España, 2005-2020)

Fuente: INE y elaboración propia.

El análisis de la situación laboral de los AET arroja los siguientes resultados:

  • La tasa de empleo de los que abandonan suele ser menor que la de los que continúan los estudios y obtienen niveles educativos superiores: del 47% en los que no han acabado la ESO frente al 64% de los que tienen la secundaria superior.
  • Los que abandonan sufren más el paro y tardan más en salir de él: el 42% sin la ESO, frente al 25% de los que han alcanzado la secundaria superior.
  • Tienen peores empleos: entre los primeros, un 28% trabaja en ocupaciones elementales, frente a un 11% de los que no abandonan.

Fomentar el estudio más allá de la primera etapa de la secundaria es uno de los objetivos de la Comisión Europea; pero muchos de los indicadores laborales analizados en este informe muestran que, al menos hasta los 35 años, la brecha fundamental se da entre los que no han obtenido la ESO y el resto de los niveles. Sería necesario, por tanto, centrarse prioritariamente en aquellos que están en riesgo de abandonar sin haber obtenido el título de la ESO, sin descuidar a su vez la continuación de los estudios más allá de la enseñanza obligatoria.

Por otra parte, el análisis cualitativo es clave. A lo largo del estudio se ha puesto de manifiesto que el abandono educativo temprano es un fenómeno complejo, multi-causal y en el que interactúan factores personales (falta de motivación, percepción negativa sobre la propia capacidad, malas decisiones), factores asociados a la institución escolar (transiciones educativas, repetición, relación negativa con el profesorado, orientación insuficiente, bullying) y factores asociados al contexto (desestructuración y problemas familiares, grupo de iguales, pertenencia a minorías).

Uno de los aspectos más llamativos es el escaso grado de conciencia de los alumnos en el momento en que se produce la decisión de abandono, un hecho que deja patente el alto porcentaje de arrepentimiento posterior respecto a dicha decisión. En ese sentido, parece lógico pensar en la necesidad de articular procesos de orientación educativa más eficaces que traten de mitigar los aspectos personales (atención personalizada), educativos (orientación académica y profesional) y sociales (consecuencias a largo plazo de la decisión) vinculados al abandono.

En los alumnos que abandonaron el sistema de enseñanza se ha detectado un intenso rechazo hacia la institución educativa; un rechazo consolidado a lo largo de sus reiteradas experiencias de fracaso que, en muchos casos, retrasa o incluso llega a impedir el posterior retorno escolar. Por ello, se deberían articular procesos de renovación pedagógica capaces de generar un vínculo mayor entre el alumno y la escuela.

¿Cuál es la respuesta del Estado, de las instituciones y de la sociedad civil a la hora de afrontar esta situación? No es tarea fácil recopilar los principales programas y políticas para reducir el abandono, tanto a nivel nacional como autonómico por parte de las administraciones públicas y de la iniciativa social. Este hecho pone de manifiesto de por sí la escasa coordinación en una cuestión tan relevante.

La mayoría de los programas de prevención son financiados y ejecutados por las administraciones educativas o por los propios centros escolares. La mayor parte de los programas de retorno, por su parte, los desarrollan entidades sociales con financiación mixta o privada, y su número es considerablemente menor. En ese sentido, sería recomendable la existencia de un mayor número de programas dirigidos a los jóvenes que han abandonado el sistema educativo desde un enfoque holístico, abarcando además del ámbito académico, el desarrollo personal, social y relacional.

Los programas y políticas no han sido objeto de evaluación y se ve necesaria una mayor coordinación de las administraciones ante problemas complejos en los que intervienen diversas variables explicativas, como es el caso del abandono escolar; no sólo de las consejerías de Educación y Empleo, sino también de administraciones locales, servicios sociales, institutos de la juventud y cultura. También es aconsejable una mayor colaboración público-privada para potenciar los programas de retorno.

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