¿Quieren paz? Las mujeres deben estar sentadas en la mesa

“La igualdad de las mujeres debe ser un componente central en cualquier intento para resolver los problemas sociales, económicos y políticos”.

Kofi Annan

Si queremos que el mundo cambie, las mujeres deben estar sentadas en las mesas de toma de decisiones y en los procesos de negociación de la paz, no excluidas de ellos, como ha ocurrido históricamente.

En este sentido, la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de la ONU marca un hito clave. Es importante comprender el papel que las mujeres han desempeñado en los conflictos armados y la doble y triple vulnerabilidad que han vivido en ellos por el simple hecho de ser mujeres. Si a esto se le suma el contexto de guerra, la violencia de género (normalizada en muchos países) agudiza el problema y hace necesaria su participación para construir contextos de paz duraderos e incluyentes. Los últimos años dan cuenta de que cuando ellas participan, el resultado es distinto.

En 2020, se cumplieron 20 años desde que se aprobó la citada Resolución. ¿Qué dice y por qué es importante para hablar sobre los procesos de paz y la solución de conflictos? Estableció un marco jurídico y político histórico, al reconocer “la importancia de la participación de las mujeres, así como de la inclusión de la perspectiva de género en las negociaciones de paz, la planificación humanitaria, las operaciones de mantenimiento de la paz, la consolidación de la paz en las situaciones posteriores a un conflicto y la gobernanza”.

[Recibe los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

La resolución consta de 18 puntos que, en resumen, destacan la importancia de defender de manera precisa los derechos de las mujeres y las niñas en los conflictos armados y su participación en los procesos de negociación y mantenimiento de la paz. Se reconoce el compromiso de los estados parte para financiar, educar a las partes involucradas (policías, Fuerzas Armadas, así como las instancias civiles involucradas) y hacer valer los derechos humanos de mujeres y niñas.

Una visión general

Investigaciones recientes en materia de seguridad internacional arrojan datos relevantes que dan cuenta de que el género sí tiene un impacto directo en la dinámica de las relaciones internacionales, en la guerra y en la construcción de la paz, tanto como que la seguridad de las mujeres dentro de los países es un factor de la seguridad nacional.

Hasta el momento, el mainstream de los estudios y análisis sobre seguridad nacional y global y los tomadores de decisiones (sí, los hombres siguen siendo mayoría en este ámbito) no toman en consideración la perspectiva de género.

De acuerdo con las investigadoras Valerie Hudson, Bonnie Baliff-Spanvill, Mary Caprioli y Chad Emmet, en su libro ‘Sex & World Peace’ (2012), cuando en un país existen niveles altos de igualdad política, económica y social, si se enfrenta con otro país por algún tipo de disputa internacional su política de resolución de conflictos es diferente. Emplea menos amenazas, menos despliegues de fuerza militar, y las posibilidades de que declare la guerra son menores. El argumento de las autoras es que la política exterior que tiene como objetivo alcanzar y mantener la paz debe centrar sus esfuerzos en mejorar la calidad de vida y la seguridad de las mujeres dentro del país (página 101).

Ello pone en evidencia algo que se ha estudiado poco, aunque recientemente ha concitado mayor atención, y es el papel de las masculinidades en las relaciones internacionales. ¿Qué señalan? Que el orden internacional y las reglas de la política exterior han sido el resultado de la estructura de poder creada por ellos; y que en ella lo prioritario ha sido crear reglas que demuestren quién ejerce el poder y la manera de dirimir sus conflictos, declarar la guerra y someter los territorios enemigos.

En la guerra y la paz definidas desde la masculinidad heteropatriarcal, para los vencedores los cuerpos femeninos son parte del campo de batalla. Mediante la dominación y posesión de las mujeres, demuestran a los hombres vencidos y derrotados que quien ejerce el poder tiene la última palabra y que ellas engendrarán hijos producto de las violaciones. Serán hijos de los vencedores en el territorio de los vencidos, en los cuerpos de sus mujeres.

La Resolución 1325 reconoce la experiencia diferenciada que viven las mujeres en contextos de guerra.

A lo anterior hay que sumar la guerra no declarada que libra el 50% de la población del planeta para sobrevivir porque el mundo creado y definido por el otro 50% las devalúa por el simple hecho de ser mujeres y las ha considerado históricamente prescindibles. Es la normalización de la violencia de género.

Hudson et. al. elaboraron una comparativa del número de muertes de las mujeres asiáticas en el siglo XX frente a los fallecimientos en general durante las guerras y conflictos armados en el mismo siglo. Veamos las cifras (p. 97).

Las personas muertas entre la Primera Guerra Mundial y la Guerra entre Irak e Irán (1980-1988) fue de 140 millones de personas. Las mujeres asiáticas asesinadas en el mismo periodo es de casi 161 millones. Estamos hablando de que murieron más mujeres a causa de feminicidios, homicidios dolosos, abortos selectivos por sexo (se acomete cuando se sabe que será niña), desapariciones, mortalidad por falta de cuidados neonatales, muertes casuales en la cocina (una práctica común en países de la región), entre otras. En resumen, fallecen porque son mujeres y sus vidas valen menos que las de los hombres.

Murieron más mujeres, sólo en Asia, que personas en la I y II guerras mundiales, el Gran salto adelante de Mao, la Guerra de Vietnam, la Revolución Mexicana, el Tíbet, Colombia, Angola, el conflicto árabe-israelí, Sierra Leona… y varias decenas más de conflictos entre guerras internacionales y civiles.

Este estudio no incluye a las mujeres de otras regiones del mundo, entre ellas América Latina, donde se encuentran 16 de los 25 peores países del globo para ser mujer por el nivel de violencia de género.

Mujeres y niñas viven las guerras con una doble amenaza: por vivir en una zona de conflicto armado y por el mero hecho de serlo. La violencia cotidiana y las amenazas normalizadas se acentúan durante estos eventos.

Por ello, es central su participación en los procesos de negociación y de mantenimiento de la paz. Su perspectiva es diferente a la de los hombres, y tienen una mirada y experiencia que, sin duda, tiene mucho que aportar.

Sobre los procesos de pacificación

Las y los expertos señalan que los resultados de las negociaciones y acuerdos de paz históricamente han sido benéficos en el corto plazo, pero que en el largo se suele regresar al punto de conflictividad que desató la guerra y la violencia.

Por eso, desde hace un par de décadas se busca desarrollar procesos de paz inclusivos, que incorporen las voces y miradas de quienes han estado históricamente al margen de los mismos y han vivido la guerra sin poder hablar sobre ella: las mujeres.

De acuerdo con las cifras de ONUMujeres, entre 1992 y 2011 las mujeres representaron el 2% y el 9% de las mediadoras y negociadoras de los conflictos. Su participación aumentó ¡sólo siete puntos en 19 años!

De acuerdo con información del estudio de Marie O’Reilly ‘Why Women? Inclusive Security and Peaceful Societies’, basado en los procesos de paz de diferentes países (en otros, Irlanda del Norte, Sri Lanka, Sudáfrica, Somalia, Colombia, Guatemala, Kenia, Burundi), las mujeres promueven el diálogo, construyen confianza y puentes y movilizan coaliciones; aportan un enfoque no militar a la solución de conflictos, incorporan la perspectiva de los derechos humanos e incorporan al análisis y soluciones a grupos excluidos y vulnerables; y, sobre todo, priorizan la defensa de la igualdad de género y la defensa de los derechos femeninos.

De acuerdo con el Indice de Paz Mundial 2020, la brecha entre los países más y menos pacíficos sigue creciendo. Los menos son Afganistán, Siria, Irak, Sudán del sur, Yemen, Somalia, Libia, República del Congo, República Centroafricana y Rusia; los más, Islandia, Nueva Zelanda, Portugal, Austria, Dinamarca, Canadá, Singapur, República Checa, Japón y Suiza. Entre unos y otros hay muchas diferencias y conflictos locales que no se visualizan e impiden que se hable de paz.

Es hora de construir un mundo pacífico con una mirada inclusiva, y que deje de considerar la guerra simplemente como una situación de conflicto armado. Las mujeres viven una amenaza latente y cotidiana. En el marco de la pandemia, y si sumamos el crimen organizado, esta vulnerabilidad se agudiza.

No puede construirse la paz sin la voz de las mujeres que viven la guerra.

Contra la pandemia, información y análisis de calidad
Colabora con una aportación económica

Autoría

Deja un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.