¿Quién lleva la gorra en Chile?

Desde el inicio de la explosión social del 18-O en Chile, la imagen que se observó en las acciones de protesta fue la de diversos espacios con ritualidades y motivaciones específicas. Se trataría de una manifestación descentralizada en lo estratégico, en lo simbólico y, quien sabe, quizás también en sus plataformas de reivindicaciones. ¿Quién conduce este movimiento en una sociedad donde la desconfianza predomina y la representación se encuentra bajo sospecha por encubrir (presuntamente) un mecanismo de usurpación oligárquico? En Chile hoy más que nunca, no es llegar y ponerse delante de la marcha y ser legitimado como portavoz e interlocutor. 

Quien lleva la Gorra” (2016), además del nombre de un libro interesante, es la expresión acuñada en barrios populares argentinos para denotar el gesto de liderar un grupo, ejerciendo representación y algún grado de control jerárquico, por tanto, el gesto tiene algo de un rito de investidura de un jefe que es legitimado por su colectivo al hablar por él. Se trata ni más ni menos que del viejo problema de la representación política. ¿Es el colectivo quien delega poder sobre un representante mediante una suerte de pacto que constituye la base del mandato representativo? ¿O se trata de un acto por el cual un portavoz habla en nombre de un colectivo y en ese mismo acto le da posibilidad de existir políticamente a ese grupo? Lo que resulta evidente es que la idea de representación política tiene muy mala fama en el Chile actual. Tiene fama de ocultar la usurpación de poder de representantes sobre representados

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Históricamente, el sistema político chileno se caracterizó por la alta penetración de los partidos en la organización social. Los partidos políticos más importantes durante el siglo veinte tuvieron una fuerte presencia en las organizaciones sociales, especialmente, los partidos de masa como el Partido Radical, el Partido Socialista y el Partido Comunista Chileno. Kenneth Roberts (2002) denomina al sistema político chileno como de “base clasista”, lo que significa que los partidos politizan el espacio político y desarrollan plataformas programáticas enfocadas de manera predominante a segmentos de clase específicos. La competencia partidaria en Chile tenía un carácter fuertemente estratificada, por tanto, la elite, clases medias y trabajadores tenían gran estabilidad en su conducta electoral. Después de 1989 con el retorno a la democracia y la llegada de la Concertación al poder esto cambia: en primer lugar, por la des-funcionalización de la protesta social después de Pinochet entre organizaciones constituidas para luchar contra la dictadura y porque los primeros gobiernos democráticos, restringidos por el poder que mantenía Pinochet y por las amenazas de sabotaje al proceso de transición, fortalecieron los acuerdos intra-élite y rechazaron la manifestación social. No solo eso. Los partidos de la Coalición gobernante se replegaron a tareas de gobierno, abandonando el espacio social que habían controlado y movilizado en el pasado.

Durante los años 90 y en democracia se produjo la bifurcación de la política partidaria y el espacio de las organizaciones sociales. Somma & Bargsted (2015) señalan que la autonomización de la protesta social se evidencia en una menor identificación y confianza en los partidos por parte de los ciudadanos. Considerando esto podríamos decir que el gesto de “ponerse la gorra” en Chile en diferentes espacios del sistema político, puede resultar hoy incluso contraproducente. Chile adolece de una profunda crisis de representación y liderazgos que afecta tanto a la clase política, como al mundo de las organizaciones sociales. A modo de ejemplo, el movimiento estudiantil que instaló entre 2011 y 2015 las demandas para una reforma a la educación chilena, terminó en cuatro años perdiendo centralidad por la fragmentación interna de la CONFECH (Confederación de Estudiantes de Chile),  que impide que quienes pusieron el tema en la agenda sean relevantes al momento de negociar las reformas. El resultado, a pesar de la fuerza de la movilización estudiantil, fue una brecha notable entre las demandas y los resultados a nivel de políticas públicas. Por tanto, la crisis de liderazgo y representación que caracteriza la política en Chile, traducida en una generación de liderazgos tradicionales declinantes sin reemplazo, también podría debilitar la posibilidad de transformar el malestar difuso del 18 O y del 25 O (con más de un millón doscientos mil personas reunidas en Plaza Italia en el Centro de Santiago de Chile), en una manifestación con resultados a nivel de políticas

Intuitivamente podemos señalar que existe un patrón espacial producido por la segregación territorial de Chile y en particular de la ciudad de Santiago, que determina la heterogeneidad de la manifestación. En esta perspectiva, lo territorial o espacial se convierte en índice de la fragmentación socioeconómica del fenómeno.  A primera vista en la Capital de Chile se identifican al menos tres espacios con características propias, lo que confiere a cada manifestación, cierto carácter de “masa cerrada” (La expresión es de Canetti), con demarcaciones bastante nítidas en el ethos de cada una

Primero, la periferia de Santiago, donde se localizan los barrios populares y de menores ingresos, en los que se observa las características de espacios similares de la región latinoamericana: disolución del lazo social entre vecinos que habitan un espacio político pre o post estatal y por tanto, se encuentran expulsados fuera del contrato social.  Ignacio Lewkowicz diría, existencias sometidas a la obligación de vivir y “pensar sin Estado”. Entre estos sectores se cuenta Puente Alto, Maipú y Renca, donde se concentraron las acciones de mayor violencia durante el viernes 18 y sábado 19 de octubre, como atentados incendiarios a estaciones del metro y saqueos a bancos y al comercio de grandes cadenas de comercialización masiva de productos. En imagen siguiente, se observa la tasa de denuncia de delitos por 100.000 habitantes (año 2018) distribuidos en el mapa de la Región Metropolitana de Santiago. Precisamente en los municipios de la medialuna de la parte inferior de la imagen (colores más oscuros) se ubican la mayoría de las comunas afectadas por la violencia estructural del modelo de desarrollo chileno, por el desamparo estatal, y una fuerte penetración de pautas aspiracionales y de consumo. En estas comunas también se concentró la mayor cantidad de muertos y heridos graves en los primeros días de esta explosión social.

Denuncia delitos (Tasa cada 100.000 habitantes)

Fuente: Centro de Estudios y Análisis Delictual (CEAD)

Luego, encontramos un segundo espacio de acción colectiva que constituye una expresión de grupos emergentes de clase media, universitarios de primera generación, para los cuales el malestar se basa en un alto nivel de endeudamiento, y una promesa incumplida de vida mejor en su condición de profesionales. También en este espacio se visualizan a personas mayores enfrentadas al riesgo del desamparo por las deficiencias del sistema previsional chileno que relega a situación de pobreza a adultos mayores que anteriormente formaron parte de la clase media. Este malestar tiene un importante componente de frustración y temor por los riesgos del modelo de desarrollo capitalista, caracterizado en Chile por la debilidad del Estado como ente regulador. Ejemplo de esta expresión de malestar es el Centro de Santiago y Plaza Italia, lugar donde tradicionalmente se concentran las grandes manifestaciones en la capital de Chile. En el gráfico siguiente se observa la tendencia al aumento en el endeudamiento de los hogares chilenos que llega a un 74,5%, como porcentaje del ingreso disponible, según datos del Banco Central.  Esta cifra constituye el record histórico de endeudamiento y se explica por un aumento importante de créditos hipotecarios.

El tercer espacio corresponde lugares donde habitan familias de clase media o media alta, que han experimentado un tránsito intergeneracional desde creencias políticas conservadoras a ideas liberales. Este desplazamiento ideológico ha estado acompañado de un prejuicio anti-estatal y una fuerte pérdida de identificación con la oferta política. Lugares típicos de activación de protestas han sido en esta coyuntura Plaza Ñuñoa y sectores de Las Condes, especialmente, las inmediaciones de la Escuela Militar. En este caso, se trata de reivindicaciones genéricas por una “menor desigualdad” y los “derechos sociales” de quienes son perjudicados por una injusta distribución de la riqueza. Las manifestaciones se caracterizan por un tono artístico y “no violento”, así como por una retórica moralista compasiva traducida en el gesto reiterado de “pedir perdón” frente al malestar social. Se observa en estos espacios, una tendencia a la reproducción social de sesgos antipolíticos y antiestatales, habituales en ciertos sectores de las elites chilenas. En el gráfico siguiente se observa una tendencia a la perdida de identificación con los partidos chilenos desde el año 2006, como una característica general en la sociedad chilena, proceso que afectó a los dos gobiernos de Bachelet y ha afectado a las dos administraciones de Piñera. Aunque es claro que el desprecio por la política y lo Estatal ha sido una característica en la historia larga de ciertos sectores de la elite que recientemente han adoptado grupos medios emergentes, quizás como una autoafirmación de su nueva membresía social.

Porcentaje de personas que se identifica con algún partido

Fuente: Encuesta CEP. Mayo 2019

No es posible aún saber los niveles de continuidad y articulación de intereses o demandas entre los diferentes espacios. Sólo es posible advertir que existen dos caminos para gestionar políticamente este conflicto, el de la agregación de preferencias de la opinión pública o construir un camino político que supone representación y conducción social capaces de priorizar demandas y construir estándares sociales robustos para la política pública en Chile. En los últimos días se ha hablado reiteradamente de un nuevo pacto social para Chile que implique reformas al modelo de desarrollo y reformas al régimen político. Este nuevo pacto es un acto político que no se concreta exclusivamente con agregación estadística de preferencias. Paradojalmente la desconfianza profunda en los liderazgos representativos que está en la base de esta explosión social, puede terminar limitando su impacto.  

Quienes no confían podrán parafrasear a un popular grupo de cumbia villera argentina diciendo: “Una sociedad sólo le teme a una cosa: al diluvio…”  Pero mirando la historia, sabemos que las maneras de reaccionar a este temor son muy diversas.

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