Qué necesita aprender EE.UU después de Afganistán

Robert McNamara, secretario de Defensa de Estados Unidos durante las administraciones de John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, señalaba que la complejidad de la guerra muchas veces requiere entender la realidad con los ojos del enemigo. La apresurada retirada de las tropas de Kabul el domingo 15 de agosto reveló el fracaso militar, las falencias en los programas de apoyo y una repetida dificultad estadounidense y de la OTAN para entender la complejidad de enemigos ubicados en los extramuros de la cultura occidental.

Los costes económicos y humanitarios son gigantescos y los resultados geoestratégicos de estos 20 años, realmente desastrosos. Las estimaciones del Watson Institute de la Universidad de Brown cifran en 157.000 las muertes directas hasta el año 2019 y en 2,26 billones de dólares el coste económico de las operaciones en Afganistán. Éstos últimos serán actualizados, al menos hasta 2050, debido a las obligaciones contraídas con miles de veteranos en situación de invalidez o con daño grave de su salud mental. Preliminarmente, los gastos de la ‘guerra contra el terrorismo’ hasta 2020 en Irak, Pakistán, Siria y Afganistán ascienden aproximadamente a 6,4 billones de dólares.

Por su parte, estudios del Pew Research Center sobre confianza pública (Gráfico 1), muestran que el comienzo de esta guerra contra el terrorismo y de las operaciones en Afganistán se produjeron con altos niveles de apoyo. Después de los ataques de Al Qaeda el 11-S, la mayoría de los ciudadanos estadounidenses creyó que el Gobierno de G.W. Bush haría lo correcto (el 60% confió; octubre de 2001). Lo propio ocurrió con Lyndon Johnson después del asesinato de John F. Kennedy en 1963 el (77% confió en su Gobierno de entonces; octubre de 1964). Después de G.W. Bush, sin embargo, la confianza pública en el Ejecutivo se desplomó hasta llegar a mínimos históricos durante Barack Obama, Donald Trump y Joe Biden (20% aproximadamente).

Gráfico 1.- Confianza pública en el Gobierno (1958-2021)

Fuente: Pew Research Center.

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El aumento de la confianza en el Gobierno entre enero y octubre de 2001, que alcanzó el 30%, hace pensar que la intensidad de la conmoción social generada por el 11-S llevó a que una parte importante de la ciudadanía estadounidense se refugiara en una visión compartida del interés nacional y en apoyar a su Gobierno Federal. Pero, después de una década, no sólo se esfumó esa confianza, sino que también cambió la opinión de los estadounidenses sobre enviar tropas a Afganistán (Gráfico 2) y de los propios afganos sobre la dirección y resultados del proceso en su país (Gráfico 3).

Gráfico 2.- Opinión de los estadounidenses sobre el envío de militares a Afganistán

Fuente: Gallup (2021).

Gráfico 3.- Opinión de los afganos sobre la dirección del país (2006-2019)

Fuente: Asia Foundation (diciembre, 2019).

Precisamente para responder a la confianza pública y vigilar estrechamente la efectividad de las operaciones militares y de ayuda, el Congreso creó, en 2008, la Oficina del Inspector General Especial para la Reconstrucción de Afganistán (Sigar), bajo la dirección de John F. Sopko. Entre sus objetivos específicos. destacaban: realizar auditorías de los programas en ejecución relacionados con la reconstrucción, recomendar medidas para promover la eficiencia de las acciones y contribuir con iniciativas para detectar y sancionar el fraude y la corrupción. En el cumplimiento de estos objetivos, Sigar emitió 427 auditorías, 191 informes especiales referidos a proyectos, 52 informes trimestrales y 10 informes de Lecciones Aprendidas. Además, las investigaciones penales de esta oficina han dado como resultado 160 condenas judiciales por casos de corrupción.

Un primer aspecto notable en los informes de Lecciones Aprendidas consistió en la recomendación de elaborar estrategias coherentes con los propósitos de la política de guerra contra el terrorismo en Afganistán. Bob Crowley, coronel del Ejército y asesor de contra-insurgencia en Kabul desde 2013 a 2014, señalaba en agosto de 2016 en una entrevista para la oficina de Sopko: “La estrategia se volvió auto-validable. Cada dato se modificó para presentar la mejor imagen posible «. Desde el principio, Sigar recomendaba en sus informes la necesidad de elaborar escenarios basados en la evidencia disponible, incluidos aquéllos con resultados no deseados y procesos regresivos. Crowley había señalado en 2013: «Las encuestas, por ejemplo, eran totalmente poco fiables, pero reforzaban que todo lo que estábamos haciendo estaba bien y nos convertimos en un cono de helado que se chupaba a sí mismo».

En segundo término, Lecciones Aprendidas reforzó el criterio de que el desafío de la reconstrucción de Afganistán requiere resolver previamente su problema de inseguridad. Ya en los primeros años de la guerra, el secretario de Defensa Donald H. Rumsfeld (2001-2006), enfatizaba la comprensión limitada de Washington sobre el conflicto en ese país: «No tengo visibilidad sobre quiénes son los malos».

El mismo inspector general para Afganistán, John F. Sopko, en un informe de Sigar de 2018 señalaba sobre los esfuerzos para restablecer la estabilidad y la seguridad en los territorios ocupados por las fuerzas estadounidenses: «Descubrimos que la estrategia de estabilización y los programas utilizados para lograrla no se adaptaron adecuadamente al contexto afgano, y los éxitos en distritos de ese país rara vez duraron más que la presencia física de las tropas de la coalición y los civiles». En los informes de Sigar abundan los casos en que las grandes cantidades de recursos destinadas a las operaciones de Afganistán contribuyeron al aumento de la corrupción y el fraude. James Dobbins, representante especial para Afganistán y Pakistán (mayo de 2013 a julio de 2014), señaló en una entrevista con Sigar: “Nosotros no invadimos países pobres para hacerlos ricos; ni países autoritarios para hacerlos democráticos. Invadimos países violentos para hacerlos pacíficos, y claramente fallamos en Afganistán».

Posiblemente, uno de los problemas más difíciles de superar, también detectado en las Lecciones Aprendidas, fue la propensión de Washington a planificar con imágenes estereotipadas de las sociedades y sus culturas. En tal sentido, muchos de los entrevistados por Sigar advierten de que diversos programas (desde el entrenamiento militar a las fuerzas afganas, el control del comercio del opio que financia al talibán, la reconstrucción de instituciones, el fortalecimiento de los derechos de las mujeres) estaban condenados a fracasar por la incomprensión de la cultura de Afganistán por parte de las agencias del Gobierno de Estados Unidos y sus aliados. El teniente General Douglas Lute, destinado a ese país durante los mandatos de los presidentes Bush y Obama, sostuvo: «Estábamos desprovistos de una comprensión fundamental de Afganistán, no sabíamos lo que estábamos haciendo».

Recordando una vez más a McNamara, probablemente las guerras no acaben jamás, debido a que son el resultado y la causa de la imperfección de la racionalidad humana. Precisamente por esa razón, existe el riesgo de no entender asuntos cruciales como la complejidad del enemigo, la marcha real de las operaciones militares o las razones que se tuvieron en cuenta para iniciar la guerra. Las restricciones en el acceso a la información, las emociones, los intereses y los sesgos contribuyen a que las decisiones terminen alejándose de la evidencia y se multipliquen sus efectos no deseados. Estados Unidos ha sufrido los efectos de la niebla de guerra, perjudicando la visión precisa respecto de Afganistán, los resultados de sus operaciones de contra-insurgencia frente al talibán e incluso, su propio interés nacional involucrado en el conflicto. Evidentemente, es un ejemplo de acción irracional, esas decisiones donde predominan las emociones y los sesgos por encima de la evidencia. Pero, sobre todo, tras su derrota en Afganistán, el Gobierno de Estados Unidos necesita aprender que la mayor irracionalidad consiste en buscar resultados diferentes repitiendo una y otra vez, conductas similares.

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