Por una política exterior europea verde

Un aumento de más de 1.5ºC sobre niveles preindustriales puede causar un impacto y un daño irreparable en los ecosistemas naturales y humanos. Desde veranos y fenómenos meteorológicos más extremos (en cuanto a su alcance, superficie y variabilidad), así como un aumento más rápido del nivel del mar, hasta mayores cambios en el ciclo del agua, sequías, inundaciones y olas de calor. Desde la pérdida de entre el 21% y el 52% de las especies de la Tierra para finales de siglo, hasta los efectos derivados del calentamiento global en las economías (especialmente las que están en desarrollo) y en los conflictos regionales y mundiales por la escasez de recursos. Todos estos impactos son ya muy presentes en España. Uno de los documentos más trascendentales sobre el cambio climático en la era moderna, el informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de 2018, atribuye a la actividad humana un aumento de 1ºC con respecto a los niveles preindustriales, con probabilidad de llegar a 1,5º en 10-32 años. Para no llegar a 1,5ºC, tenemos que alcanzar la neutralidad de carbono para 2050, y aunque 423 gigatoneladas es la cantidad máxima de CO2 que podemos emitir para alcanzar tales objetivos, hay 2.795 gigatoneladas preparadas, abiertas y listas para emitirse.

Hace unos meses, John Podesta y Todd Stern, ambos miembros de la Administración Obama, publicaban un artículo en Foreign Affairs presionando al presidente de los Estados Unidos a desarrollar una política exterior centrada en el clima, sosteniendo que el «liderazgo americano puede evitar la catástrofe». Por su parte, la Comisión Von der Leyen encarna en la Unión Europea dos de las facetas principales de la política comunitaria, ampliamente debatidas durante las últimas décadas pero que en el contexto actual adquieren nuevos simbolismos: una Comisión verde y geopolítica. Aunque muchos han argumentado que la UE es un tipo de potencia distinta al resto cuando actúa a nivel internacional, con un poder normativo o ético, la Unión no es diferente. Desde el hecho de que esté consagrada en un marco democrático liberal de política exterior que la hace más reticente a los medios militares y la predispone al libre comercio y al sistema multilateral, hasta el carácter coercitivo del poder de mercado como medio para externalizar sus normas, la disponibilidad de medios coercitivos e incluso militares y la ambigüedad entre normas e interés son elementos clave para entender la política exterior de la UE.

Por consiguiente, Europa se ha ido presentando cada vez más como una potencia normal que, a pesar de su carácter distintivo, no se diferencia de otras grandes potencias en lo que respecta a los intereses y las estrategias que usa para conseguir sus objetivos y, por lo tanto, comparte el rasgo esencial que define la normalidad: la voluntad de maximizar sus intereses ejerciendo influencia a través de una amplia variedad de medios.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

La Unión Europea tiene un papel fundamental en cuanto a la difusión de normas medioambientes a nivel internacional, y usa para conseguirlo un gran abanico de instrumentos. En vez de recalcar el rol normativo que tiene ella misma en cuanto a la verdificación de su política exterior, los principales actores políticos y académicos al frente de esta política europea deberían delinear de forma clara los objetivos e intereses medioambientales internacionales de la UE y poner todos los mecanismos institucionales e instrumentos a su servicio. Esto requiere un gran ejercicio de replanteamiento estratégico, pasando de esta exposición teórica (que reconoce que los impactos de un clima cambiante son dañinos tanto para la economía como para el bienestar y la seguridad de los europeos) a la acción, tendiendo puentes entre los instrumentos actuales de política exterior europea y sus principales intereses medioambientales. Un primer replanteamiento para desarrollar una política exterior europea centrada en el clima debe tener en cuenta, como mínimo, los siguientes puntos:

En primer lugar, el Servicio Europeo de Acción Exterior (EEAS por sus siglas en ingles) debería integrar los intereses climáticos en todas sus actividades, especialmente en su planteamiento de políticas estratégicas y coordinación inter-institucional. Esto requiere que la posición de Diplomacia Climática actual no dependa directamente del departamento de cuestiones de derechos humanos, globales y multilaterales, sino que esté en una posición jerárquica más alta para asegurar que los objetivos medioambientales sean priorizados en estrategias regionales, CSDP y respuesta a crisis e, incluso, en planteamientos presupuestarios y administrativos.

En relación a esto último, el EEAS debería seguir el ejemplo del Departamento de Estado de EE.UU. y establecer una oficina de asesoría en temas científicos y tecnológicos protagonizada principalmente por científicos que puedan proveer al planteamiento de políticas exteriores europeas consejos para afrontar la multitud de retos globales actuales que son eminentemente de base científica (esto no se limita al cambio climático, sino que ayudaría al replanteamiento de la política exterior en salud global o inteligencia artificial, por ejemplo).

En segundo lugar, la UE debería invertir enérgicamente en investigación en ciencias ambientales y en la recopilación de datos, en el marco del Servicio de Copérnico sobre el Cambio Climático, y poner esos datos a disposición de los encargados de la adopción de decisiones de los sectores públicos y privados cuando planifiquen los posibles efectos climáticos de sus políticas y proyectos.

En tercer lugar, una de las claves para alcanzar los objetivos de la UE es expandir sus políticas de cooperación y asistencia climática para países en desarrollo. Ello significa aumentar la financiación para los países en desarrollo en el marco de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC) y en proyectos de la Unión Europea específicos, como la iniciativa Alianza Mundial para el Cambio Climático Plus, así como incorporar más estratégicamente la mitigación del cambio climático en la cooperación para el desarrollo de la Unión.

En cuarto lugar, la UE debiera colaborar estrechamente con la Organización Mundial del Comercio para revitalizar las negociaciones sobre los bienes ambientales y pensar en la posibilidad y viabilidad de proponer un ‘climate waiver’. Si bien sigue incluyendo disposiciones ambientales en sus acuerdos de comercio preferencial, que han demostrado ser útiles para impulsar cambios legislativos en países terceros, debería avanzar rápidamente en el establecimiento de mecanismos de ajuste fronterizo, como los aranceles sobre el carbono.

Además, debería liderar y ayudar a alinear las instituciones financieras y de desarrollo internacionales (en particular, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional) con la inversión y la financiación sostenibles, fomentando prácticas de préstamo acordes con sus objetivos ambientales y dirigiendo rápidamente cantidades sustanciales de inversión hacia infraestructura y desarrollo sostenibles. La reciente cooperación entre la Unión Europea y el FMI, la Plataforma Internacional de Financiación Sostenible (IPSF) y el impulso a la financiación sostenible en el Banco Europeo de Inversiones son pasos en la dirección correcta.

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En quinto lugar, deberían adoptar un papel proactivo para garantizar que la futura degradación ambiental no socave los derechos humanos tanto en la UE como en el mundo. Una cuestión clave y un ejemplo de ello es el caso de la migración. Si bien se prevé que el cambio climático provocará un movimiento de personas a gran escala, con sus implicaciones políticas y de seguridad, la actual definición jurídica de refugiado no incluye la migración por causas ambientales. A medida que el cambio climático obligue a desplazarse a más personas, la comunidad internacional se verá obligada a cambiar esta categoría, o a crear una nueva forma de reglamentación para esos casos en su conjunto. Los representantes de la Unión Europea y de los estados miembros de la Unión Europea deberían llevar esta cuestión al Consejo de Seguridad, al tiempo que trabajan en estrecha colaboración con sus aliados y con Acnur para idear las mejores soluciones a este problema y siguen prestando apoyo y diseñando planes prácticos para los refugiados.

Esto está muy en línea con mi sexta recomendación, que se refiere a la innovación en la gobernanza global. La UE debe encontrar nuevas formas de gobernar el cambio climático en todo el mundo, sustituyendo el modelo actualmente imperfecto de cooperación internacional en cuestiones ambientales por otro que tenga una estructura de incentivos diferente. William Nordhaus propuso muy recientemente la creación de un climate club, que defiende que puede superar el parasitismo adoptando un modelo de club y penalizando a los no miembros. La UE merece ser valiente en la forma en que re-imagina la gobernanza del clima y la cooperación internacional, y tiene suficiente capital social y económico para poder establecer nuestras nuevas concepciones de normalidad.

Finalmente, el liderazgo en el extranjero proviene de un compromiso en Europa. Esto no sólo incluye las múltiples comunicaciones oficiales, o el último compromiso de ser neutral en cuanto al carbono para 2050, sino tomar las decisiones difíciles para transformar radicalmente nuestros sistemas energéticos y los patrones de producción y consumo para realmente lograr nuestros objetivos climáticos. Éste es un requisito para tener legitimidad para liderar en todo el mundo, así como para inspirar a otros a seguir nuestro ejemplo.

El cambio climático es un problema que requiere un esfuerzo agregado: no vamos a lograrlo solos. Cada país que no reduce su impacto medioambiental hace más difícil lograr evitar los del cambio climático. La Comisión von der Leyen está especialmente bien posicionada para tender puentes entre sus dos grandes objetivos (una unión verde y geopolítica), desarrollando una política exterior Europea verde que persiga sus intereses y objetivos medioambientales, y que nos proteja a los europeos (y a todos) de los futuros impactos del cambio climático. Debe ser una prioridad, y únicamente requiere liderazgo político.

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