Pobres son los que no pueden dejar de serlo

¿Por qué hay personas que son pobres? Puede parecer una pregunta sencilla de responder: hay pobres porque a la vez hay ricos. Pero una breve reflexión pronto revelaría que no es tan sencillo. La riqueza no es una cantidad fija que se reparte: se genera, se distribuye y también se destruye. ¿Qué determina que esa riqueza acabe en unas manos y no en otras? ¿Por qué unas pocas personas logran hacerse ricas y otras nunca dejan de ser pobres?

De manera simplificada, el debate sobre las causas de la pobreza suele abordarse desde dos perspectivas diferentes que, aunque no necesariamente excluyentes en su planteamiento, sí que suelen serlo en relación con la respuesta que exige cada una de ellas.

La primera se centra en las causas ‘subjetivas’ de las personas. Uno es pobre porque carece de las capacidades innatas que le permitan salir de la pobreza (aptitudes, motivación, etc.). Así, aunque la pobreza no sea una elección deliberada de la persona, en cierto modo sí que es su responsabilidad, sea por sus acciones presentes o por las decisiones que ha tomado en el pasado y que, consideradas en su conjunto, le han llevado a su actual situación.

La segunda, por el contrario, se centra en las causas ‘objetivas’ que afectan a las personas. En este caso, la pobreza no vendría determinada por ninguna condición innata: todos seríamos pobres si estuviésemos en la misma situación. Esto sucede porque determinados contextos provocan ‘trampas de pobreza’ que atrapan a quienes caen en ellas y de las que no pueden salir por mucho que quieran; es más, es tal su poder que es posible que las personas que las padecen ni siquiera sientan el deseo de salir de ellas simplemente porque no conciben que sea posible.

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¿Cuál de estos dos enfoques, el de las capacidades o el de las trampas, explica mejor por qué algunas personas son pobres? Un reciente trabajo titulado ‘Why People Stay Poor?’ (2020), de Clare Balboni, Oriana Bandiera, Robin Burgess, Maitreesh Ghatak y Anton Heil, analiza los resultados de un experimento con transferencias a favor de más de 6.000 hogares durante más de una década y sus conclusiones se inclinan por la segunda explicación.

Pero, ¿qué son exactamente estas trampas de pobreza? En su obra ‘Repensar la pobreza: un giro radical contra la desigualdad global’ (Ed. Taurus), los economistas Esther Duflo y Abhijit V. Banerjee, ganadores del premio Nobel en 2019, desarrollan de manera extensa este concepto, que se puede definir como la situación en la que se encuentra una persona que carece de los recursos mínimos necesarios como para poder atender sus necesidades básicas y, además, poder invertir en la mejora de sus propias condiciones pensando en el futuro. Dicho de otra forma, una persona es pobre cuando, dadas sus condiciones y circunstancias, haga lo que haga y por mucho que se esfuerce, ‘no puede dejar de serlo’.

La referencia al contexto es importante. Seguramente, esa misma persona podría salir de la pobreza si pudiera acceder a un trabajo mejor remunerado, pero no puede porque le exigen una formación o una experiencia previa de las que carece. Si mejorase su formación quizás podría tener una oportunidad, pero no tiene tiempo para retomar los estudios (que es probable que abandonase de forma temprana para trabajar) ni tampoco los ahorros o la red de seguridad familiar o social para permitirse abandonar su trabajo sin comprometer sus necesidades básicas o las de su familia.

Con todo, es posible que esta misma persona a veces pueda disponer de algún margen de maniobra, aunque sea pequeño, para mejorar su situación, pero simplemente no sepa qué hacer ni cómo hacerlo. Esto último puede parecer básico pero, como demuestran las ventas de libros de autoayuda de toda índole, lo cierto es que la mayoría de las personas ya no es que no sepan qué hacer para mejorar su vida, sino que incluso muchas ni tan siquiera saben identificar qué necesitan mejorar. No es tan raro que seamos tan inconscientes sobre nuestras propias circunstancias: la mayoría de las personas que no son pobres no lo son, sencillamente, porque tuvieron la suerte de nacer en una familia que tampoco lo era.

Siendo conscientes de estas circunstancias, el argumento de que las personas pobres son responsables de su situación porque no hacen lo suficiente no sólo carece de fundamento, sino que se compadece muy poco con la realidad que viven estas personas. Como señala Michael Sandel en ‘La tiranía del mérito’ (Ed. Debate), esta disociación entre un sistema de valoración social que enfatiza la contribución individual de cada persona en sus logros y fracasos vitales por encima de otras variables (hasta el punto de hacerles responsables de los mismos) y el valor real de esa contribución individual en el caso de las personas mejor posicionadas en la escala social estaría detrás de buena parte de la sensación de frustración y agravio que padecen cada vez más personas en nuestro mundo globalizado.

Las personas pobres no quieren serlo, pero no pueden ser otra cosa, y ése cúmulo de limitaciones es el que configura la realidad de la pobreza: vivir en un presente constante, sin capacidad de planificar y con la única preocupación de poder procurar cada día la propia subsistencia cuando los únicos medios a tu alcance son inciertos, irregulares y precarios. Ninguna persona puede escapar de esa situación por sí sola, a no ser que que un factor externo cambie casi por completo las circunstancias que le rodean o que exista algún tipo de apoyo, también externo, que le ayude a salir de ella.

Esto último es fundamental, y es precisamente lo que demuestran el trabajo reseñado al inicio de este artículo y la obra de Banerjee y Duflo, como ejemplos destacados dentro de la amplia evidencia disponible sobre la cuestión: que, pese a todo, realmente las personas sí que pueden escapar de esta trampa de pobreza siempre que cuenten con los apoyos y con los incentivos adecuados. Esta conclusión supone también una justificación determinante para el desarrollo de políticas públicas que combinen tanto una garantía de ingresos mínimos como acciones para la inserción social y laboral.

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0 Comentarios

  1. Rafael Granero Chulbi
    Rafael Granero Chulbi 03-03-2021

    Habría que ser valiente y extraer como conclusión de este artículo la necesidad de una Renta Básica Universal (RBU) como sistema para atacar los dos frentes:
    1) la realidad de que no nacemos iguales, ni social ni biológicamente.
    2) La existencia de imponderables y condicionantes externos (y ajenos a nuestra capacidad, como por ejemplo las trampas de la pobreza) que actuan como hechos contingentes.

    No es extraño que funcionara la experiencia de Balboni et altri: era una RBU, aunque fuera de carácter temporal.

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