Perfilando el odio en el espacio virtual

Nuestra realidad está cada vez más marcada por la tecnología digital, y una de las consecuencias de este hecho es que la expansión de los discursos de odio en el espacio virtual no ha hecho más que aumentar en los últimos años. El anonimato y la despersonalización, la sensación de pertenencia a una comunidad en línea o la difusión de noticias falsas son algunos de los elementos que hacen de Internet el caldo de cultivo perfecto para que se geste este tipo de discursos.

Recientemente se ha publicado la investigación No More Haters. Romper cadenas de odio, tejer redes de apoyo: los y las jóvenes ante los discursos de odio en la red, desarrollada por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de la Fad en colaboración con Maldita.es (Megías et al., 2020). Se trata de una investigación cualitativa orientada a captar y comprender la percepción, las actitudes y las experiencias personales de jóvenes en España ante el discurso de odio ‘online’. Para la mayoría, la exposición a un cierto nivel de odio de baja intensidad en Internet se ha convertido en un rasgo inevitable y normalizado del medio.

Los discursos analizados en la investigación también muestran una tendencia a sobrevalorar nuestra capacidad para identificar y definir el discurso de odio. Aunque en el imaginario colectivo de la juventud se muestra un alto grado de confianza, al profundizar en determinados elementos característicos del odio emergen posiciones ambivalentes y dilemas no resueltos. Es por eso crucial incidir justamente sobre estos elementos que más confusión y dudas generan entre la juventud y tratar de dibujar un mapa lo más claro posible a la hora de conceptualizar y abordar el discurso de odio en el espacio virtual.

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El primer punto de fuga tiene que ver con la identificación del odio. La confusión con respecto a lo que entendemos por discurso de estas características se observa claramente al contrastar las muestras de odio con los límites del derecho a la libertad de expresión. En apariencia, se trata de un límite muy sencillo: todo el mundo tiene derecho a expresarse libremente siempre y cuando sus expresiones no supongan un perjuicio para terceras personas o grupos. Siguiendo esta idea, la libertad puede verse restringida por parte de los aparatos jurídico-administrativos de los estados. No obstante, la falta de una definición consensuada a nivel internacional de lo que es el discurso de odio dificulta los intentos de regulación y permite dotar de maleabilidad y fluidez a ese límite (Bustos Martínez et al., 2019). Entre la juventud, esta fluidez se observa especialmente con la normalización de estereotipos y lenguaje discriminatorio en el ámbito humorístico, como expresa uno de los participantes en la investigación:

El problema que le veo es que cuando en un grupo de jóvenes empieza a bromear con esos discursos, poco a poco se le va quitando importancia al mensaje y ahí es cuando empieza a calar en mi opinión; esa parte es la que más afecta a los jóvenes”.

Algunos ejemplos recurrentes se encuentran en las críticas a la idea de la corrección política basadas en estereotipos y prejuicios racistas y homófobos, o en la construcción de un concepto de feminismo caricaturizado como movimiento incapaz de aplicar códigos de humor sobre sí mismo (Flores & Browne Sartori, 2017; Thomae & Pina, 2015). Para atajar este problema, es fundamental desarrollar la resiliencia en línea a través de una educación cívica y campañas de concienciación y sensibilización que formen a la ciudadanía en materia de igualdad, dignidad humana, pensamiento crítico y no discriminación. En el marco del proyecto de ‘No More Haters’, también se ha desarrollado una aplicación móvil junto con una guía docente con el fin de ayudar a identificar los discursos de odio.

Un segundo elemento que genera confusión es el modo en el que el comportamiento ‘on-line’ impacta en el ámbito ‘off-line‘. En los discursos de los y las jóvenes se asume que somos la misma persona tanto en el espacio virtual como en el físico. Sin embargo, al analizar sus propias interacciones en línea, se resaltan diferencias importantes que contrastan con sus interacciones cara a cara. Por un lado, existe la asunción de que las reglas de comportamiento en el escenario virtual son más laxas, incorporan el engaño y el anonimato como prácticas legítimas y se basan en la autogestión entre personas usuarias. Esto se traduce en la presuposición de que las personas se sienten más libres a la hora de interactuar virtualmente.

Por otro lado, se percibe una desconexión entre las acciones desarrolladas en el espacio virtual y las consecuencias que pueden llegar a tener fuera del mismo. Ésta es una de las brechas que más alimentan los discursos de odio, puesto que resta importancia al odio virtual cuanto no tiene continuación fuera de la red, des-responsabilizando a sus emisores. Se asume que lo importante es lo que se dice cara a cara (Gordo & Megías, 2006), a pesar de que las víctimas de las ofensas on-line sufren las consecuencias anímicas en su día a día.

Frente a ello, es fundamental resaltar que el odio se transmite y actúa de forma simultánea tanto dentro como fuera de las redes digitales. El odio por Internet y el miedo a ser víctima de él coarta la libertad de la persona usuaria, afectando al modo en que se comporta y expone en la red. Emergen emociones tales como la angustia, la ansiedad, el estrés, pero sobre todo domina el miedo; especialmente, el temor a que el odio traspase la pantalla y llegue al espacio físico. Una de las personas racializadas participantes en la investigación mostraba esta realidad:

Vas como con miedo, como con precaución, porque en tu día a día, si hablas más de la cuenta, sabes lo que va a pasar. Porque si han pasado X cosas en las redes, va a pasar en situaciones físicas reales también. Entonces ya vas como teniendo [esto] un poco en cuenta”.

Como vemos, el miedo no es únicamente una experiencia individual, sino que remite a una construcción social y política a través de la cual se organizan los sistemas estructurales de opresión que sitúan a colectivos como el LGTB+, las personas migrantes y las feministas en una posición de vulnerabilidad. También cabe resaltar que las mujeres sufren, sólo por el hecho de serlo, formas de odio interseccional. Las personas modulamos y planificamos nuestros comportamientos en línea en función de las reacciones que pensamos que podemos llegar a generar dadas experiencias del pasado. Nuestra auto-presentación en el entorno virtual se vuelve una dramatización meditada y ajustada a lo que esperamos conseguir, desplegando mecanismos de auto-cuidado basados en la autocensura para suavizar el impacto del odio.

Llegamos así al tercer y último punto: el modo en que nos podemos enfrentar al odio. En los discursos de la juventud queda claro que no siempre sabemos cómo deberíamos actuar y sobre quién reside la responsabilidad de enfrentarse a ese odio. La percepción más extendida es que resulta imposible contemplar y regular el vasto horizonte de interacciones producidas en el entorno virtual. En palabras de uno de los jóvenes participantes en la investigación:

Creo que sería imposible impedir que la gente se expresara libremente en Internet, es algo que no se puede prohibir. (…) Los límites son un poco difíciles de poner debido a que, al final (…), sigue siendo la opinión de la gente la que puedes o no limitar, y siempre va a haber alguien a quien no le gusten las decisiones que tomas”.

Para comenzar a esclarecer la forma en la que se regulan las expresiones de odio online es importante diferenciar entre las interacciones contempladas por el Derecho civil y penal, que implican una denuncia a la Policía, y las reguladas por la vía administrativa, cuando son las propias plataformas las que toman medidas y generan herramientas para atajar estos discursos. La gran mayoría de expresiones de odio del espacio virtual se regulan por la vía administrativa, por lo que nos centraremos en sus características.

En el discurso de los y las jóvenes se argumenta que el mejor camino para contrarrestar el odio es la denuncia masiva de contenidos y el apoyo público a las víctimas, lo que implica una responsabilidad individual de las personas usuarias. No obstante, también se percibe el peligro de retroalimentación y viralización de estas expresiones mediante su crítica, además de poner en riesgo a la persona denunciante en caso de exponerse públicamente, como expresaba otra de las participantes:

Subió un vídeo acerca del velo, de por qué la gente se mete con las chicas del velo y demás, y yo pues como musulmana me encargué de ir respondiendo a los mensajes, todos, o sea, sin excepción, tanto positivos como negativos, y en los negativos me han estado todo el rato respondiendo, retuiteando, todos contra mí, o sea, fue brutal. Increíble”.

Ante esto, es crucial fomentar técnicas específicas, como la de evitar la interacción en línea con determinado tipo de contenido de odio para no darle visibilidad bloqueando perfiles o, en caso de interactuar, asegurarse de especificar con claridad nuestra postura en la misma interacción y buscando el apoyo público de organismos vinculados a la lucha contra estos discursos. En cualquier caso, se demandan mecanismos institucionales más accesibles y un mayor grado de responsabilidad por parte de las plataformas a la hora de abordar el problema.

En un contexto en el que cada vez hay más prácticas sociales mediadas por la digitalización, es importante incorporar una reflexión profunda sobre la capacidad para mostrarnos en el entorno virtual sin las limitaciones derivadas del miedo al odio. Como observan Baldauf et al. (2019) y Bazzaco et al. (2017), la lucha contra el discurso de odio no puede basarse únicamente en la regulación y restricción de contenidos a través de denuncias, filtrados y regulaciones legales. Resulta imprescindible generar contra-narrativas que confronten directamente los discursos existentes y narrativas alternativas articuladas a largo plazo que puedan competir con el imaginario del que se alimenta el discurso de odio. En definitiva, Internet no puede ser únicamente una herramienta de reproducción y difusión de mensajes, sino que debe actuar también como espacio de reflexión y transformación.

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