Para ‘descarbonizar’ hay que electrificar

El proceso de descarbonización es una realidad, no hay duda. Europa está cada vez reduciendo más el consumo de combustibles fósiles que contienen carbono en su estructura molecular y cuya combustión libera, además de energía, gases de efecto invernadero (GEI). Pero también es una realidad que queda mucho por hacer, sobre todo si hablamos de cumplir con los objetivos a los que nos hemos comprometido como nación y como continente.

No debemos perder de vista que, en 2030, la Unión Europea deberá haber reducido un 55% sus emisiones de gases de efecto invernadero respecto a 1990 y continuar por esa senda para alcanzar, 20 más tarde, la neutralidad climática, por lo que están claros los objetivos de descarbonización a los que nos hemos comprometido. Y para avanzar hacia ellos la electrificación es, hoy por hoy, una vía imprescindible; quizás la única solución que nos va a permitir avanzar al ritmo adecuado para poder alcanzarlos en el tiempo requerido.

La electricidad ha demostrado ser el motor de la ‘descarbonización’. El sector eléctrico es el que más ha reducido sus emisiones hasta la fecha y el que más lo hará a lo largo de la próxima década por su capacidad para integrar energías renovables. Concretamente, en 2030 el 80% de la producción eléctrica estará libre de emisiones, y este porcentaje será del 100% antes de 2050. Por ello, sin una mayor electrificación es evidente que no llegaremos a los objetivos de descarbonización.

Sin embargo, el consumo de electricidad en España supone, aproximadamente, sólo un 23% del total de energía consumida. Habría que triplicar esta cifra para alcanzar los objetivos de neutralidad climática a 2050, por lo que, si bien descarbonizar es más que electrificar, sin electrificación no hay descarbonización. Porque la electricidad ofrece muchas más oportunidades que todos podemos, y debemos, aprovechar.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

Un ejemplo claro: cuantos más usos eléctricos haya, se garantiza la transición hacia un precio de la electricidad más competitivo y asequible para ciudadanos y empresas. Esto la convierte en la opción más económica, además de la más eficiente y limpia, gracias a las energías renovables que se incorporan masivamente al mix de producción eléctrica.

Por tanto, la propia electrificación de la economía tiene un nítido efecto social. Por un lado, uno estructural y positivo en el precio de la electricidad para los consumidores, al generar un impacto depresor sobre el mismo porque las tecnologías renovables más maduras son ya más competitivas que la mayoría de las convencionales. Es decir, estamos integrando tecnologías limpias y baratas. Y, por otro lado, es una oportunidad para la generación de riqueza y empleo. Las inversiones que el Gobierno estima necesarias (241.000 millones de euros de aquí a 2030) permitirán generar un aumento del PIB del 1,8% y crear entre 253.000 y 348.000 empleos de aquí a 2030.

En este sentido, la reciente aprobación del Anteproyecto de Ley para la creación del Fondo Nacional para la Sostenibilidad del Sistema Eléctrico (FNSSE) avanza en la buena dirección. Es un paso adelante hacia la electrificación por lo que aporta: coherencia al proceso de descarbonización al involucrar a todas las energías para alcanzar los objetivos de la transición energética hacia una sociedad más sostenible y descarbonizada. Ello reducirá el coste de la electricidad, lo que sin duda es una buena noticia para los consumidores, que tendrán un acceso más fácil a ésta y podrán aportar su granito de arena al proceso.

Y todo ello sin dejar a nadie atrás. Los hogares con rentas más bajas y, por tanto, con mayor gasto proporcional destinado al consumo energético, se beneficiarán de la mejora de la eficiencia que aportan los equipos eléctricos y podrán adecuar su consumo, reduciendo así la desigualdad, porque hablamos de un suministro esencial. Apostar por la electrificación es un mecanismo de cohesión social, al hacer ganar competitividad a las familias en cualquier lugar del país.

Por su parte, aquellos territorios que verán mermada su actividad económica por la desaparición progresiva de las tecnologías convencionales que utilizan combustibles fósiles también se verán compensados a través de la implementación de un Plan de Transición Justa que mitigue tales impactos.

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Pero no son éstos los únicos beneficios. Electrificar también supone mejorar la calidad del aire de las ciudades; un problema originado, principalmente, por el tráfico rodado: los automóviles emiten a la atmósfera sustancias contaminantes que disminuirían hasta eliminarse por completo con un cambio progresivo hacia los vehículos eléctricos. A estos problemas causados por el transporte se suman los provocados por las calefacciones, otra fuente de contaminación que se puede reducir mediante la sustitución paulatina de los equipos actuales por otros no contaminantes y con una gran eficiencia energética, como la bomba de calor eléctrica.

Por todo esto, la descarbonización urge. Y para descarbonizar hay que electrificar. Porque cuanta más electricidad, más vida.

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