‘Pandemials’, una generación de cambios en Latinoamérica

Tres claves para analizar cómo el virus ha jugado con las democracias de la región 

El mundo ha quedado en jaque ante el juego de un peón con corona de rey, la Covid-19. Entre las reacciones políticas de mitigación por parte de los estados, para contener la fuerza de la emergencia sanitaria, y las dinámicas de reactivación económica nace un nuevo juego para una generación sin edad. Una nueva realidad que los libros de historia podrán titular como la lógica de los pandemials

1)      Estados de derecho no tan derechos 

El virus ha retado la estabilidad de las democracias latinoamericanas, fuertemente golpeadas en 2019, al tiempo que ha puesto a prueba la confianza de sus ciudadanos en ellas. Mientras se intentaba superar la ola de protestas por la militarización, la desigualdad y la corrupción, entre otros problemas, la Covid-19 abrió el 2020 con una radiografía de tres fracturas compartidas por la región: la capacidad institucional de respuesta ante la crisis, la articulación nacional en los territorios apartados, y los sistemas de contrapeso ante el poder extendido, en su mayoría vía constitucional, por los estados de excepción o emergencia que colorearon al continente. 

Pero ¿han sabido los estados jugar realmente? En el caso peruano, como en otros muchos países, la ausencia específica de un estado de calamidad sanitaria ha supuesto serias dificultades en fuerza normativa y cobertura presupuestaria y administrativa para atender la pandemia. Brasil, por su parte, ha vivido importantes ataques contra el Supremo Tribunal Federal en su ejercicio de control, aunque no haya decretado, oficialmente, un estado de excepción. Otros se han defendido con estados de emergencia, aunque algunos con vacíos jurídicos a la hora prorrogarlos. 

Sin embargo, entre las preguntas que deja la partida contra el virus, también entre los ciudadanos pandemials (las personas que afrontan esta pandemia y sus hijos) nacen oportunidades para pensar cómo reviven las democracias, evocando el libro de los politólogos norteamericanos Levitsky y Ziblatt. Al mostrar las consecuencias mortales de la ausencia de un Estado de derecho sólido, la crisis plantea la conciencia real de proteger la democracia, la importancia de recuperar la confianza en las instituciones y la necesidad de contrarrestar la llamada ‘desinfodemia’

Esta generación que día a día intenta ganarle al coronavirus parece tener una vieja exigencia, pero de una forma nueva. De manera autónoma y consciente, demanda más y mejores sistemas democráticos, donde las restricciones de las libertades individuales sean analizadas con estricta justificación jurídica; siempre bajo el orden constitucional y aceptadas sólo si hay protección y garantía real del derecho a la salud, un derecho ligeramente subestimado antes de la emergencia, al menos desde la perspectiva económica, pues ninguna nación en Latinoamérica cumple recomendaciones, como las de la Organización Mundial de la Salud (OMS), de presupuesto mínimo para este rubro. 

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El segundo cambio nace en la jugada de la Covid-19, que le ha recordado a América Latina la idea de Estado como un concepto amplio, que no sólo cobija a las instituciones públicas. Según esta definición, los ciudadanos forman parte y tienen derechos, pero también deberes. Después de todo, pensar en el colectivo y la corresponsabilidad han sido la mejor estrategia de prevención y, al mismo tiempo, una oportunidad épica para evidenciar la importancia del olvidado ‘bien común’

2)     Derechos humanos sin respirador   

Los primeros derrotados en la batalla contra la crisis han sido los derechos humanos. La pandemia ha supuesto un peligro inminente para la protección y garantía de derechos fundamentales, especialmente de las comunidades históricamente más vulneradas por el puño de la desigualdad. Cerca de 30 millones de personas en la región podrán caer en la pobreza, lo cual sólo agudiza la grave situación que respira, y con muchas dificultades, la región. 

El virus ha hecho que el Estado deje de significar sólo presencia militar o aparición política en campañas electorales, como tristemente se ha enseñado a cientos de comunidades latinoamericanas. Ahora se ve traducido en hospitales, respiradores, empleo o garantías de educación a distancia. ¿La agenda de derechos humanos regresa y esta vez para quedarse? Los pandemials incorporan a su resiliencia ante la crisis una apropiación de derechos no sólo a la luz de las constituciones, sino también con el respaldo de estándares internacionales como los señalados por la Corte Interamericana de Derechos Humanos desde su primera resolución para combatir contra el virus. 

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Pero la pandemia también ha sido aprovechada para criminalizar la protesta social, como en el caso de Chile; incluso para atacar la independencia judicial, como se vive en Guatemala, o como pretexto para la extensión del poder sin límites o controles. La pregunta será, entonces, si esta generación pandemial está dispuesta a tolerar la emergencia como normalidad, así como las instituciones a acostumbrarse a esta dinámica excepcional que cada vez más se torna como la regla. Será difícil, pues el control parlamentario y del Poder Judicial, e incluso el de la prensa independiente, cada día se restringe más, lo que significa a la postre menos caballos en el juego. 

3)Instituciones viejas, líderes jóvenes 

El discurso de algunos líderes y las medidas que los equipos de gobierno han adoptado, o la falta de ellas, han afectado rápidamente sus torres populistas. Hoy están lejos de oficios mesurados o equilibristas; al contrario, son fuente de rechazo. Entre el bloque negacionista que comparte las peores cifras a nivel mundial, por ejemplo, se evidenció el riesgo para la salud pública como en el caso de Brasil, con las intervenciones de Jair Bolsonaro. Las posiciones de Antonio Manuel López Obrador y su enfoque precario de protección de la salud también han empujado a México al top 10 de muertes y contagios, sin mencionar la cadena de impactos ocasionados por Donald Trump al norte del hemisferio.   

Por otro lado, al ritmo de alfiles ocupando militarmente sedes legislativas, hay mandatarios más jóvenes como el presidente Nayib Bukele, de El Salvador, que encienden alarmas internacionales ante discursos que gozan de contada popularidad, bajo medidas arbitrarias e inconstitucionales de prórrogas a la excepcionalidad. Entonces, la brecha intergeneracional del liderazgo en la región sin duda propone con la crisis un escenario desafiante que implica cambios y renovaciones, pero todas con responsabilidad ante las cartas magnas y el derecho internacional. El verdadero desafío está en compatibilizar la estructura antigua de las instituciones y la nueva voz de sus líderes.  

Otra deuda histórica en el ajedrez del poder latinoamericano ha sido con la figura de la reina. Las mujeres no sólo están al frente del combate de esta pandemia, al representar el 70% del total de la fuerza laboral en el sector de la salud, sino que han sido ejemplos claros de liderazgo y efectividad. Casos como el de Alemania, Taiwán o Nueva Zelanda exigen un debate que trasciende el tema igualdad de derechos para hablar más de mujeres y su toma de decisiones en roles de poder

El liderazgo latinoamericano después de la pandemia parece tener no sólo el desafío de resolver el deterioro de los partidos políticos, que ya agonizan ante los estragos de una cultura política cambiante, sino también el de incorporar en su seno la pluralidad de intereses y la diversidad de ciudadanos que representan. Tener y formar buenos políticos parece no ser suficiente. Nunca antes fue tan evidente el impacto positivo o negativo del ejercicio democrático del voto. Por eso, en las próximas contiendas electorales –sin saber cuándo tendrán lugar– serán los pandemials quienes mostrarán el coste político que ha dejado la crisis para los líderes y los partidos. Sólo entonces sabremos si la democracia, desde la lógica de los pandemials, gritó jaque mate o si definitivamente el virus nos ha vencido.  

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