Panamá, el país con más tiempo sin aulas del mundo

La República de Panamá generalmente no lidera ninguna lista global; pero hora ostenta la desafortunada distinción de ser el país del mundo que acumula mayor cantidad de días consecutivas sin educación presencial o semi-presencial, según informes recientes de los organismos internacionales. El año escolar panameño va de marzo a diciembre, con tres meses de vacaciones en diciembre, enero y febrero. Por eso, con el brote de la Covid-19 en marzo de 2020 y la subsiguiente clausura de las escuelas, los niños y jóvenes panameños que dependen del sistema público educativo han pasado casi 18 meses fuera del aula. Es difícil calcular el impacto total para estos estudiantes y sus familias como resultado de estas circunstancias. Por su parte, los estudiantes de muchas de las escuelas privadas han podido continuar su educación remotamente y casi sin interrupción.

Gráfico.- Número de días de clase, por estado de apertura en países seleccionados (2021)

Fuente: Banco Mundial, 2021.

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La situación

De los cuatro millones de habitantes de Panamá, alrededor de 900.000 son estudiantes. La gran mayoría de ellos, el 87%, asisten a escuelas públicas. Desde que se detectó el primer caso de Covid-19 en marzo de 2020, el Gobierno cerró las escuelas con el fin de proteger la salud pública. El país no contaba con una plataforma oficial para la educación remota previo a la pandemia, pero en julio de 2020 el Ministerio de Educación (Meduca) anunció la reapertura de clases a distancia a través de programación apoyada por internet, la televisión, la radio y la distribución física de paquetes didácticos. Oficiales trabajaron arduamente para establecer plataformas tecnológicas, crear guías y tareas digitales, capacitar a docentes e incorporar a familias al nuevo sistema remoto, pero aun así las soluciones han sido solamente parciales e inadecuadas.

Llueve sobre mojado en el sistema educativo público panameño. Durante décadas, su calidad y logros estudiantiles han marcado récords negativos. En las evaluaciones del Programa Internacional de Evaluación de los Alumnos (Pisa, por sus siglas en inglés) de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), los resultados del país aparecen casi al final de toda la lista de países participantes. Igualmente, en el Estudio Regional Comparativo y Explicativo (Erce), conducido por la Unesco, los promedios de Panamá están muy por debajo de los del resto de América Latina. Hasta en las recientes evaluaciones nacionales estandarizadas (Crecer), que miden el conocimiento de los estudiantes de tercer y sexto grados en Español, Matemáticas y Ciencias Naturales, se nota que casi la mitad de los estudiantes de tercer grado no cuentan con conocimientos básicos en las dos primeras asignaturas y la mitad de los de sexto no han logrado desarrollar sus competencias científicas.

Además, en todas estas evaluaciones hay una diferencia marcada entre los resultados de los estudiantes de las escuelas públicas y las privadas, con los promedios del los segundos normalmente muy por encima de los de los primeros. Algo parecido sucede con las poblaciones urbanas y rurales: las escuelas de las ciudades más grandes tienden a superar a las de las afueras.

La pandemia ha servido para resaltar muchas de las desigualdades inherentes en el sistema educativo existente. Hay muchos factores que contribuyen a este desequilibrio, pero entre los más importantes se encuentra el acceso a la conectividad y la tecnología.

Las desigualdades

Durante este periodo de escuelas cerradas, los estudiantes que han tenido más fácil continuar su educación son los que han tenido acceso desde sus casas a una conexión al internet y el uso de un dispositivo electrónico. En Panamá, gran parte de la población no goza de una conexión fija a la red, ni de una computadora o tableta. De hecho, todavía hay muchos que ni siquiera tienen electricidad en sus comunidades. Sólo alrededor del 40% de los estudiantes del sistema público tienen acceso a internet en sus hogares, únicamente un 30% tienen acceso a una computadora. Estas cifras bajan considerablemente (o desaparecen por completo) dentro de las comunidades indígenas de las comarcas. Más aún, se tendría que contemplar el coste de datos requerido para lograr la conectividad desde los teléfonos celulares. Frecuentemente, ésta es la única opción para muchos hogares en comunidades semi-remotas y de bajos recursos, lo que muchas veces fuerza a las familias a optar entre gastar en comida o en datos. En contraste, el 90% de los estudiantes de las escuelas privadas tienen acceso al internet en casa y el 75% a una computadora. Por eso, sus docentes tienden a ser también más capaces tecnológicamente.

Otra fuente más de desigualdad entre las escuelas públicas y las mejores de las privadas es la que se evidencia en la calidad de sus docentes y sus materiales didácticos. Los docentes del primer nivel de las privadas generalmente cuentan al menos con cierto grado de experiencia internacional. Además, algunas escuelas contratan directamente docentes internacionales junto con sus nacionales. Asimismo, los materiales utilizados, al igual que las pedagogías, tienden a beber de fuentes internacionales que se corresponden con estándares globales.

Las consecuencias

En circunstancias normales, las distintas condiciones entre las escuelas públicas y privadas, y de forma parecida entre las rurales y urbanas, tienen mucho que ver con los resultados educativos ya mencionados. Y en estos tiempos de pandemia, pueden ser la diferencia entre la continuación de los estudios y el abandono escolar.

La ausencia prolongada de la escuela y las grandes diferencias entre la clase de educación remota que reciben los estudiantes panameños en los distintos centros amenazan la capacidad de aprendizaje actual y futura de todo un grupo de estudiantes. Y a esto se suma el factor de la salud mental. Una encuesta reciente de Unicef reveló que más de 25% de los jóvenes en América Latina y el Caribe ha sufrido casos de ansiedad y un 15%, depresión. Se supone que estas cifras serán iguales o peores en Panamá, donde la Covid-19 ha provocado una cuarentena más estricta y larga que en muchos países vecinos. Con todo esto, los avances obtenidos durante las últimas décadas corren el riesgo de revertirse significativamente. Es probable que el impacto de esta crisis educativa se dejará sentir en la próxima década, tanto en términos económicos como de salud pública.

Las perspectivas de reapertura

Más de tres cuartos de los adolescentes y jóvenes panameños están a favor de regresar a la escuela de forma presencial, según Unicef, y en los últimos meses recientes Meduca ha intentado un retorno gradual a las aulas, con protocolos de bioseguridad para las escuelas y previa vacunación de los educadores. Sin embargo, la decisión ha sido controvertida. Los que se oponen, principalmente los líderes de los gremios docentes, han estipulado duras condiciones y siguen negociando con el Ministerio. El proceso está altamente politizado, como suele ocurrir con la educación panameña.

El problema con esta politización es que ahora todos salen perdiendo: los niños, las familias, la economía y el país. Reparar esta brecha educativa llevará años, y no bastará con volver a la situación pre-pandémica. Lo que ha destapado la crisis sanitaria ha sido el grado de la marginación de la mayoría de los estudiantes del sistema público.

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