¿Nueva ola de golpes militares en América Latina?

El general Augusto Heleno, ministro del Gabinete de Seguridad Institucional de Brasil, ha suscitado inquietud. Al acusar de «chantaje» al Congreso para negociar el Presupuesto, dio pie a una crisis institucional. El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, apoyó esta declaración a través de WhatsApp y convocó a una manifestación para el 15 de marzo contra el Parlamento y el Supremo Tribunal Federal. El Poder Ejecutivo arremete contra los otros dos poderes republicanos. La convocatoria se llama 15 de marzo Capitán Bolsonaro/General Heleno. Brasil es nuestro y no de los políticos de siempre. Ante la reacción adversa de numerosos actores sociales y políticos, Bolsonaro ordenó a sus funcionarios públicos no concurrir a la protesta. Con la idea de ¿desdramatizar? las consecuencias, el hijo y diputado Eduardo Bolsonaro publicó un tuit provocador: “Si cayera una bomba H en el Congreso, ¿realmente alguien lloraría?”.

La convocatoria es una desafortunada agresión a los principios democráticos. ¿Es el preanuncio de un golpe de Estado? Algunos medios reflejan el temor de políticos y especialistas acerca de la posibilidad de cerrar el Congreso, un golpe a lo Fujimori, cuando el domingo 5 de abril de 1992, el entonces presidente peruano se dirigió a la nación en la cadena nacional para anunciar que desde ese momento quedaban disueltas las garantías constitucionales. El auto-golpe de Estado contó con el respaldo de las Fuerzas Armadas. Se disolvió el Congreso de la República, se intervino el Poder Judicial, el Consejo Nacional de la Magistratura, el Tribunal de Garantías Constitucionales, el Ministerio Público y la Contraloría General de la República. Además, políticos de la oposición y presidentes de las cámaras del Congreso de la República fueron detenidos y mantenidos bajo arresto.

Otros directamente opinan que la convocatoria en Brasil es la llamada a un golpe.

Todo es posible gracias al realismo latinoamericano, pero cuesta creer en un golpe militar en Brasil. Primero, ya no hay una aceptación internacional (y especialmente de Estados Unidos) sobre la conveniencia de que estos países inestables sean comandados por oficiales. Segundo, la sociedad civil ha aprendido a defender sus derechos y reclamar sin miedos por sus convicciones. Tercero, la verticalidad de las Fuerzas Armadas en tiempos de la Guerra Fría se descolocó y hoy las instituciones militares no son monolíticas. Cuarto, las expresiones de los mismos militares son contrarias a un golpe; además, ¿para qué?, si ya tienen poder suficiente por la vía democrática. La ciudadanía aceptó por medio del sufragio a candidatos de izquierda o derecha que promovieron la participación excesiva e injustificada de los oficiales.

Y quinto, Bolsonaro se desdijo indicando que no está alentando ninguna protesta, acusando a los medios de “envenenar” a la ciudadanía. Sin embargo, haber nombrado al general Walter Souza Braga Netto en la Casa Civil de la Presidencia, un cargo similar a la Jefatura de Gabinete, a cambio de un diputado; la intervención del Ejército en la provincia de Ceará; un gabinete ministerial que suena a blindaje de su Gobierno, me hacen dudar de mis propias palabras…

De esta particular situación en Brasil, y de lo que se ha visto desde octubre de 2019 en varios países de América Latina, se desprende una realidad irrefutable y muy peligrosa: la re-militarización de la región.

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Cuando nos referimos a militarización, conviene tener presente una diferencia: militarismo refiere a un sistema de creencias caracterizado por un entusiasmo acrítico hacia los militares, vinculado al nacionalismo y al deseo de usar la fuerza militar para asegurar los objetivos de la política exterior. En cambio, es un proceso. Se caracteriza por la difusión de la influencia de los valores militares en dominios que constituyen la esfera civil.

Generalmente, incluye a quienes piensan que la guerra y la preparación para ella son actividades sociales normales y deseables. Se expande la mentalidad marcial y se idealiza al poder militar como un elemento glorificador. La militarización influye en las relaciones sociales y en los valores que se diseminan en la sociedad. El temor que produce en América Latina está absolutamente relacionado con la fractura de la democracia, y es evidentemente un instrumento para la consecución de objetivos políticos.

Habitualmente, se recurre a los militares con la ilusión de neutralizar a elementos peligrosos e indeseables, y para reconstruir una sociedad civilizada. La militarización es un proceso que gradualmente va tiñendo el conjunto de la vida social y política de una comunidad, instalando métodos coercitivos, deslegitimando las expresiones de opositores y críticos y estigmatizando a quienes identifican como distintos.

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La militarización ya no proviene de los golpes tradicionales ejecutados por los dictadores en los años 50 a 80. Políticos, comúnmente sin partidos estructurados ni alianzas ordenadas, recurren a los oficiales para continuar en el poder. También, amplios sectores de la sociedad, aterrorizados por la inseguridad pública, demandan establecer el orden sin diferenciar los recursos legítimos y los excesos ilegales.

Existe una seguridad que no es militarizada. La división de poderes, la eficiencia de las políticas públicas, los mecanismos de educación y propaganda para la concienciación de la población acerca de determinados riesgos crean seguridad. Los acuerdos y tratados de carácter bilateral, regional, e incluso global, aportan seguridad. La alternancia en el poder y las elecciones transparentes generan estabilidad y, por lo tanto, dan seguridad. La profesionalización de los oficiales orientados a misiones definidas y legitimadas en el Congreso evita su accionar político y genera seguridad.

Pero para el presidente Bolsonaro, así como para otros mandatarios latinoamericanos, es más sencillo, más económico, más eficiente (y más confiable) destruir las instituciones republicanas y atrincherarse detrás de los uniformes. Se extiende el uso ilegítimo de una fuerza pública a otros estamentos de la vida política; asignando, además, un protagonismo excesivo a los oficiales. La sociedad debe reaccionar fuertemente, antes que la democracia sea arrasada, sin golpe de Estado, pero con los militares dominando el escenario.

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