‘Nosotros’ contra ‘ellos’, nueva y relevante división política en Europa occidental

En las últimas décadas, la fragmentación de los partidos mayoritarios y el éxito de los nuevos aspirantes de izquierda y derecha han caracterizado la política en todas las democracias de Europa occidental. A primera vista, el surgimiento perturbador de las llamadas guerras culturales da la impresión de una política desarraigada e inestable. Un reciente estudio de Simon Bornschier, Silja Häusermann, Delia Zollinger y Céline Colombo sobre las identidades de grupo de los votantes suizos (sobre sus nociones de nosotros frente a ellos) sugiere, en cambio, que una nueva e importante división puede estructurar la política hasta bien entrado el siglo XXI.

El voto como cuestión de identidad: las principales divisiones políticas del siglo XX

Históricamente, votar a la izquierda era una cuestión de identidad para mucha gente, de sentirse ‘trabajador’ o parte de la ‘clase obrera’. Del mismo modo, el apoyo a la democracia cristiana (y la oposición a la política secular) en toda Europa occidental se basaba en la identificación con la fe católica como elemento central de la visión del mundo y la auto-comprensión. Estas nociones de pertenencia a un grupo (alimentadas desde la cuna hasta la tumba a través de los lazos familiares, las redes comunitarias y las instituciones vinculadas a los partidos políticos como los clubes sociales, los sindicatos o las iglesias) dieron lugar a una política notablemente estable durante gran parte del siglo XX. Un número limitado de conflictos clave (incluidos los de clase y de religión) configuraron la vida política de la mayoría de los países de Europa occidental (según la reseña de Bornschier). Se originaron históricamente en los procesos de construcción de la nación y la revolución industrial, pero una vez que se reflejaron en las posiciones de los partidos, dominaron la política durante décadas. Las alternativas electorales estaban en gran medida dadas y eran estables (socialdemócratas, democristianos, liberales, etc.), y la posición de muchos votantes en su comunidad les proporcionaba una identidad social casi vitalicia (por ejemplo, como trabajador o cristiano) que venía acompañada de la conciencia de su lugar de pertenencia política.

Nueva era: ¿fragmentación o transformación de las estructuras de conflicto?

Esta imagen de estabilidad empezó a fragmentarse a partir de los años 70, y son numerosos los indicios de que hace tiempo que hemos entrado en una nueva era. Los profundos cambios de la economía y la sociedad, vinculados a la modernización económica y la globalización, han dado lugar a nuevas demandas y reivindicaciones políticas. En toda Europa occidental han surgido nuevos partidos que expresan esas demandas en detrimento de los partidos establecidos. En la izquierda, los partidos verdes se han convertido en los abanderados de una agenda socialmente progresista. Defendiendo una sociedad diversa e inclusiva (sobre todo, abogando por una política migratoria liberal, los derechos de los LGBTIQ o la igualdad de género), esta nueva izquierda ha triunfado entre una creciente clase media urbana con estudios. En el otro extremo del espectro político, los partidos de extrema derecha han ganado terreno entre las personas con un nivel educativo bajo o medio, las que viven fuera de los centros urbanos o los trabajadores manuales. Lo han hecho, sobre todo, adoptando posiciones socialmente conservadoras y contrarias a la inmigración o reclamando la protección de la soberanía nacional.

Esta fragmentación del panorama político europeo, combinada con la disposición de los votantes a cambiar de partido de unas elecciones a otras, puede ser una prueba de que la política se está volviendo cada vez más volátil (una perspectiva destacada, por ejemplo, por las politólogas De Vries y Hobolt). De hecho, en una sociedad más educada e individualizada cabría esperar que los votantes evaluaran críticamente la actuación de los partidos antes de cada votación, ajustando con flexibilidad su comportamiento electoral. Sin embargo, los datos recientes de Suiza sugieren que, en lugar de reflejar el desorden y la inestabilidad generales, la política electoral se está organizando según líneas nuevas, con fuertes identidades de grupo que desempeñan un papel de anclaje no menos importante que antes.

Identidades colectivas: el tercer ‘ingrediente’ de una gran división política duradera

Ocultos tras la fragmentación e inestabilidad políticas más aparentes, hace tiempo que se observan en toda Europa occidental dos ingredientes de un nuevo e importante conflicto político, basado en la llamada teoría de la escisión: la división cada vez más profunda sobre si la sociedad debe ser más abierta (cosmopolita, diversa, con igualdad de derechos para todos, etc.) o más bien cerrada (conservadora, definida a nivel nacional, con fronteras fuertes, etc.). Su expresión política se ha producido desde los partidos de extrema derecha frente a los de nueva izquierda, que no sólo incluye a los verdes. Y su fundamento está claro, y reside en la estructura de la sociedad; por ejemplo, oponiendo a los que tienen y no tienen un título universitario.

La cuestión sigue siendo si este conflicto emergente ha arraigado también en la forma en que los votantes se piensan social y políticamente, tal y como ocurrió en su día con el conflicto de clases; porque puede considerarse que un fuerte sentido de la identidad colectiva fue el tercer ingrediente de los grandes conflictos de la política de Europa occidental durante gran parte del siglo XX. ¿Puede la división abierto-cerrado estar evolucionando hacia algo comparable? Las sociedades han cambiado: las biografías son cada vez menos lineales y predecibles, la información es más abundante y la pertenencia a una comunidad está menos institucionalizada (pensemos en el declive de los sindicatos); pero hay razones sociológicas y socio-psicológicas que hacen plausible que la política en unas sociedades cada vez más globalizadas y basadas en el conocimiento pueda caracterizarse por identidades colectivas antagónicas, con una proporción significativa de votantes que sepan perfectamente a qué campo político pertenecen.

El conflicto identitario hoy: la fusión de la economía y la cultura

Un reciente estudio sobre los votantes suizos rastrea las identidades que vinculan el apoyo a la extrema derecha frente a la ‘nueva izquierda’ con características socio-estructurales como la educación y la ocupación. Suiza es un caso adecuado para estudiar las identidades emergentes de la división abierta-cerrada, ya que ejemplifica las transformaciones estructurales y políticas ya en marcha en la mayoría de los países de Europa occidental. En particular, la temprana expansión de la educación y el crecimiento de un sector de servicios altamente cualificado condujeron a la aparición de una gran clase media urbana y educada, mientras desaparecían los empleos industriales. Las demandas de esta nueva clase media no sólo dieron lugar al Partido Verde, sino que los socialdemócratas (mucho más que en otros lugares) adoptaron desde el principio una agenda de nueva izquierda decididamente progresista. Ambos se dirigen ahora a la clase media culta, además de a los desfavorecidos económicamente.

En oposición a este gran bloque de nueva izquierda, el Partido Popular Suizo es uno de los de extrema derecha más fuertes de Europa occidental, con una popularidad creciente entre los trabajadores y los propietarios de pequeñas empresas desde la década de 1990. Si se están formando nuevas identidades colectivas en algún lugar, debiéramos poder observarlas en este país.

De hecho, los análisis basados en una encuesta en línea con 1.000 participantes revelan que las nociones subjetivas de pertenencia a un grupo están claramente arraigadas en sus características socio-estructurales objetivas, lo que va en contra de la idea de una política cada vez más individualizada y desarraigada. Más allá de las identidades educativas y profesionales, por ejemplo, la cosmopolita, frente a la nacional, está claramente relacionada con la educación superior o la residencia urbana. Ello implica que las llamadas guerras culturales tienen una base inequívoca en la estructura económica.

En general, las preguntas cerradas sobre las identidades de grupo de los votantes suizos indican que las divisiones con raíces económicas se movilizan políticamente sobre todo en términos culturales: el cosmopolitismo, la nacionalidad y los estilos de vida culturales son, con mucho, las más distintivas entre los votantes de extrema derecha y los de la nueva izquierda. La única identidad politizada que refleja claramente la correspondiente división socio-demográfica es la residencia urbana-rural. Los grupos de educación y de clase ocupacional aparecen de forma más marginal. Estas observaciones sugieren que incluso las identidades sociales con connotaciones económicas necesitan ser politizadas culturalmente para desplegar su potencial estructurador. Por lo tanto, aunque la traducción de las divisiones estructurales en política no siempre es sencilla, el estudio suizo proporciona pruebas de que existe el tercer ingrediente para una nueva división política duradera.

El nuevo conflicto desde una perspectiva comparada: el papel de los actores políticos

El caso suizo indica que, en el gran esquema de las cosas y detrás de las tendencias a la fragmentación en los sistemas de partidos de Europa Occidental, la división abierta-cerrada (o la división universalismo-particularismo, como se denomina en este estudio) tiene el potencial de estructurar la política en el siglo XXI, tan duradera y generalizadamente como lo hizo el conflicto de clases. En Suiza, la división ‘abierto-cerrado’ determina la forma en que los votantes piensan en su lugar en la sociedad y en la política. Los votantes helvéticos con formación universitaria que se sienten cosmopolitas pueden cambiar del Partido Socialdemócrata Suizo de nueva izquierda a los Verdes de unas elecciones a otras (dando la apariencia de volatilidad), pero en la estructura más amplia del conflicto su identidad se opone a la identidad nacional nativista de los votantes de extrema derecha.

Más allá de Suiza, el hecho de que esta división dé lugar a nuevas identidades colectivas, y la forma en que lo haga, depende también de la actuación de los partidos: el éxito de las formaciones aspirantes o las reacciones estratégicas de los partidos establecidos de centro-derecha y centro-izquierda. En particular, mientras que los socialdemócratas suizos contribuyeron a forjar identidades a lo largo de la línea divisoria abierta-cerrada (asegurando así una nueva y creciente base electoral), los partidos socialdemócratas de otros países han descuidado las nuevas cuestiones socio-culturales emergentes, han tratado de desviar la atención de ellas o han coqueteado con posiciones socio-culturalmente conservadoras. En resumen, el momento y la forma en que las nuevas identidades se forjan y se vinculan a las opciones electorales dependen de la agencia política. Los análisis basados en los datos de las encuestas suizas sugieren, al menos, que el potencial de una nueva e importante división política con identidades antagónicas existe en todos los países que están experimentando transformaciones estructurales y políticas comparables.

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