Milei y los libertarios: una corriente (no tan) nueva en la política argentina

Cualquier argentino que frecuente el submundo de los programas políticos del prime time sabe quién es Javier Milei. Es común encender la televisión y ver su imagen que, por momentos, se parece a una caricatura: el cabello alborotado, los ojos desorbitados, la cara roja, el traje rayado. Aunque recientemente se lo ha podido observar notoriamente más calmado, a los periodistas les gusta llevarlo porque su presencia garantiza espectáculo. Luego, eso se replica en las redes, donde sus seguidores (y también detractores) recortan pedazos para reproducirlos ad infinitum, especialmente en Twitter. Suelen ser fragmentos virales donde despotrica, visiblemente fuera de sí, contra los «zurdos de mierda», al mismo tiempo que proclama la «superioridad estética, moral y ética de los liberales». Una de sus frases más repetidas es la necesidad de «dinamitar el Banco Central», ya que propone eliminar de raíz esa entidad, que él considera estatista y, por lo tanto, digna de destruir. Milei, que no oculta sus creencias religiosas, ha dicho que el Estado es «una invención del maligno», citando pasajes bíblicos para reforzar su punto.

Gente como Adam Smith, Friedrich Hayek o Milton Friedman son los pensadores de cabecera de los libertarios argentinos. Tanto es así que Milei fue recientemente denunciado por plagiar a los economistas de la escuela austríaca, cuyas ideas escribe en sus columnas y libros aunque omite citar a los autores. El mayor enemigo de Milei no es, como algún desprevenido podría pensar, Karl Marx, sino Lord Maynard Keynes. El libertario asegura que «la única vez que se aplicó liberalismo puro fue en 1860 y fuimos un país próspero». Por ello, se enfrentó al Gobierno de Mauricio Macri (2015-2019) y forzó al macrismo a correrse aún más a la derecha. La ex gobernadora de la provincia de Buenos Aires (2015-2019) y actual candidata de Macri en Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Caba), María Eugenia Vidal, le hizo un guiño a Milei al asegurar que «compartimos los mismos valores». El economista, fiel a su estilo, le respondió desmarcándose rápidamente: «Me quiere caranchear votos» [sic]. El libertario entiende que su mayor activo no se encuentra en acercarse a un Gobierno que considera fracasado sino, más bien, mantenerse en su senda como un outsider que viene a «romper todo».

Posturas políticas como las de los libertarios actuales en general, y Milei en particular, no son necesariamente nuevas en la historia argentina reciente. Ya durante los tiempos de la dictadura cívico-militar (1976-1983), el ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz implementó un programa ultraliberal que terminó con la destrucción de la hasta entonces robusta industria nacional. A comienzos de los años 80, cuando la dictadura daba sus últimos estertores y se preparaba el regreso de la democracia, el ingeniero Álvaro Alsogaray anunció la fundación del partido Unión del Centro Democrático (Ucedé). En un país de memoria corta, especialmente en lo que concierne a cuestiones políticas, a Alsogaray se lo recuerda más por su archiconocida frase de «hay que pasar el invierno» cuando fue ministro de Hacienda de Frondizi, en 1959. Los dichos hace tiempo son parte del acervo popular de un país que permanentemente parece necesitar pasar algún invierno, pero eso es otra historia. La Ucedé llegó a ser el único partido político argentino que se declaraba abiertamente liberal-conservador con un apoyo considerable en las urnas.

En las elecciones legislativas de 1987, cuando Argentina todavía era un país monolíticamente bipartidista, la Ucedé superó los 18 puntos, mientras que en las presidenciales de 1987 llegó a alcanzar el 6,87% de los votos, detrás de Carlos Menem (Partido Justicialista) y Eduardo Angeloz (Unión Cívica Radical). El repentino viraje ideológico del presidente electo hacia el neoliberalismo provocó que la Ucedé apoyara al Gobierno justicialista, aportando varios cargos al Ejecutivo.

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Hoy, lo que queda de la Ucedé es parte de la coalición liberal-conservadora Avanza Libertad, que impulsa la candidatura de Milei en la Caba. Milei continúa revindicando al menemismo y a su ministro de economía liberal Domingo Felipe Cavallo como el «mejor Gobierno económico de la historia argentina». Paradójicamente, cuadros políticos surgidos de la Ucedé integran hoy el Ejecutivo peronista del Frente de Todos. Un caso paradigmático es el de Sergio Massa, que llegó a ser presidente de la Juventud Liberal antes de pasarse efectivamente al justicialismo. Actualmente, es presidente de la Cámara de Diputados de la Nación y representa una de las tres patas de poder más importantes de la coalición gobernante, junto al presidente Alberto Fernández y a la vicepresidenta Cristina Kirchner.

Sin duda, algo novedoso de la irrupción de una figura como la de Milei es el rol de la juventud. En sus actos convoca especialmente a adolescentes, más ‘centennials’ que ‘millennials’, convencidos de que el futuro es el liberalismo a ultranza. La mayoría proviene de la clase media, asisten a instituciones educativas privadas y rondan entre los 16 y los 20 años. Uno podría decir que se trata de jóvenes desprevenidos que no conocen muy bien la historia económica y política argentina. Sin embargo, muchos de ellos cuentan con un bagaje importante de lecturas (caóticas, desordenadas) que Milei les recomienda permanentemente desde sus redes sociales, donde interactúa de manera directa con ellos. Suelen ser, al igual que su líder, sólo liberales en lo económico, ya que en materia de derechos se oponen de manera liberal a los movimientos feministas que tanta fuerza tienen en el debate público argentino desde 2016 por lo menos. Suelen referirse a ellos como «marxismo cultural», por lo que emparentan más con la tradicional derecha conservadora argentina que con el liberalismo clásico que dicen encarnar.

Los jóvenes que hoy acuden a los mítines de Milei crecieron al calor de los mejores años del kirchnerismo, tiempos de movilizaciones populares periódicas donde cientos de miles de jóvenes provenientes de sectores medios y bajos se encuadraban en la militancia política por primera vez desde los años 70. Esos jóvenes hoy ya rondan o superan la treintena y, para los libertarios, representan el statu quo de un país que no les gusta. En Argentina de los derechos humanos, para ellos uno de los más importantes es no pagar impuestos. Enemigos acérrimos del feminismo, hasta ahora se refugiaban en Twitter o en foros de internet; ahora, Milei pretende nuclearlos a todos. Dice ser «un economista matemático, un liberal en un país de zurdos, tengo todos los elementos para ser odiado»; y que «entre el Estado y la mafia, me quedo con la mafia». Para Milei, el jefe de Gobierno porteño y probable candidato de la coalición opositora, Horacio Rodríguez Larreta, es un «zurdo de m…» y un «pelado asqueroso», al igual que todo el Gobierno del macrismo, al que considera que fue «socialista». Milei cree sinceramente, en un país que nunca tuvo un Gobierno que se revindique realmente de izquierdas, que «Argentina es un país infestado de zurdos».

Durante la cuarentena impuesta para combatir el avance de los contagios, como sucedió en gran parte del mundo, Milei afirmaba que la pandemia «no existe» y que el problema era «la cuarentena cavernícola del Gobierno». Organizaba junto con sus seguidores marchas anti-restricciones en la Plaza de Mayo, y afirmaba que la «única salida es Ezeiza». Eso cambió recientemente, cuando decidió lanzarse a la política electoral, un ámbito que para él «está lleno de ladrones» y que dice detestar abiertamente.

El análisis político argentino todavía no sabe muy bien qué hacer con el fenómeno Milei. Algunos creen que el libertarismo puede convertirse en algo similar a los partidos trotskistas: inefables participantes en todas las elecciones sin nunca superar, con mucho viento a favor, el techo del 5%. No obstante, los libertarios muestran una gran volatilidad, lo que hace poco probable que se conviertan sin chistar en un partido más del orden político nacional. Cuesta imaginarse una personalidad como la de Milei pasando desapercibida en el Congreso tanto como ver una elección donde los libertarios se acerquen a los dos dígitos.

A nivel internacional, los referentes de los libertarios son variopintos. Oscilan entre la extrema derecha denominada populista, como Donald Trump, o los neoliberales clásicos de la década de los 80. Tanto Ronald Reagan como Margaret Thatcher son referentes políticos ineludibles para los jóvenes más ‘informados’ de este sector que asegura ser la nueva política. En un contexto global donde los extremismos de extrema derecha crecen en distintos países, no es casual que algo similar suceda en Argentina; por supuesto, a mucha menor escala. Milei no es la única figura libertaria con exposición (especialmente) en las redes sociales. Hombres como el millonario bitcoinero Carlos Maslatón, quien suele asegurar «el capitalismo soy yo», o el economista José Luis Espert (actualmente enfrentado a Avanza Libertad) han sabido atraer a las nuevas generaciones habidas de cualquier cosa que huela remotamente a antisistema. Milei no se queda en las redes ni escapa a las calles: recientemente, estuvo caminando en la populosa Villa 31 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Su amigo Maslatón subió un video de esto a Twitter, asegurando que el barrio marginal es «un bastión capitalista liberal».

Si bien, la irrupción (o, más bien, el regreso) de esta corriente es un fenómeno que no hay que subestimar, especialmente debido a su inserción en los sectores juveniles, ningún elemento de la lógica política indica que estas expresiones puedan perforar un techo extremadamente bajo de los votos. A diferencia de lo que puede suceder en otros países latinoamericanos como Brasil o Perú, la política argentina cuenta con mecanismos engrasados para detener el ingreso de los outsiders. El ‘clivaje’ peronismo-antiperonismo sigue siendo un elemento central de la discusión pública en el país. La versión aggiornada de esto es lo que se denomina la grieta, es decir, la dicotomía kirchnerismomacrismo que se traduce en la presencia de dos grandes coaliciones electorales.

Personajes como Milei y los libertarios apuestan a romper la polarización gracias al voto joven. Es probable que pueda lograr una elección relativamente buena para sus expectativas, un 5% en Caba, convirtiéndose en el partido de extrema derecha con mayor apoyo desde los tiempos de la Ucedé. Le quedaran dos alternativas de cara al futuro: diluirse como un gritón más en la Cámara de Diputados, o unirse a la coalición de centro-derecha liberal que pretende disputar el poder al oficialismo. Por ahora, todo parece indicar, que se inclina por la primera opción.

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