México y EE.UU.: resolviendo el ‘dilema del puercoespín’

“Hedgehogs have to trust each other enough to sleep stomach to stomach in the cold.”

Emb. Earl Anthony Wayne, ex embajador de Estados Unidos en México

Ninguna relación es fácil. En casi todas se imponen como indispensables la empatía, el respeto y un cuidadoso manejo de las expectativas. Sobre este tema, el filósofo alemán Arthur Schopenhauer describió el dilema del puercoespín (una situación donde dos animales que, atrapados en una noche de invierno, afrontan una decisión: juntarse para generar calor pero soportar las espinas del otro, o separarse para evitar las incomodidades de la proximidad, aun resignándose a las bajas temperaturas) para hablar de las relaciones interpersonales y la vulnerabilidad de la condición humana. 

Según el autor, la solución (imperfecta) a este dilema está en encontrar un punto medio donde ambas criaturas estén lo suficientemente cerca para beneficiarse del calor de la otra, pero lo suficientemente lejos como para evitar las púas ajenas. Ambos puercoespines pueden encontrar esa distancia combinando cordialidad con comunicación abierta. Curiosamente, la metáfora de Schopenhauer también es de aplicación en las relaciones internacionales, donde el diálogo franco entre las partes es reemplazado por el respeto por las soberanías y la construcción conjunta de instituciones. 

Más apropiada que la parábola de un oso insensible (EE.UU.) y un erizo asustadizo (México) propuesta por el embajador estadounidense Jeffrey Davidow hace más de dos décadas, el ‘dilema del puercoespín’ describe mejor la nueva dinámica de igualdad en la relación bilateral entre México y Estados Unidos. Naturalmente, ésta sigue siendo asimétrica, pero ambos países afrontan los mismos desafíos, entre los que se encuentran la recuperación económica post-pandemia, el aumento de la violencia a nivel nacional, el surgimiento de autocracias alrededor del mundo, el desarrollo de cadenas de suministro resilientes, la lucha contra la amenaza de organizaciones criminales y contra el terrorismo. En una nueva dinámica, los problemas compartidos  también requieren soluciones colaborativas.

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Muchas cosas han cambiado en los últimos 20 años a medida que México se transformó en una joven democracia y en una economía relativamente estable. Con una población de casi 130 millones de personas, sólidos indicadores macroeconómicos y un mercado abierto con más de 12 tratados de libre comercio, México se ha convertido en el socio comercial más importante de Estados Unidos y en un aliado clave en la producción conjunta de bienes y servicios (desde televisiones hasta equipo médico especializado). De la misma forma, más de 25 años de integración económica desde la puesta en marcha del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (antes TLCAN, ahora T-MEC) han acercado a los dos países hasta el punto de que ambos sienten las espinas del otro (y también las suyas).

Contrario a la narrativa de los medios estadounidenses y a la parábola de Davidow, el nivel de interconexión entre ambos países hace imposible que el primero se mantenga en silencio sobre cómo el actual Gobierno mexicano maneja la migración en sus fronteras, cómo se incumplen los compromisos laborales y ambientales del nuevo T-MEC y la clara predilección por los militares del presidente Andrés Manuel López Obrador. Igualmente, para las autoridades mexicanas es cada vez más difícil permanecer calladas al ver cómo el sistema de inmigración de Estados Unidos impacta severamente las vidas de los migrantes de su país y centroamericanos, o cómo el consumo de drogas en su propio territorio deja un rastro de sangre y desesperación al sur del el Río Bravo. El camino a las soluciones comienza reconociendo la realidad; incluyendo nuestras responsabilidades compartidas más allá de las fronteras.

En este sentido, las visitas a México de la vicepresidenta Harris, el secretario Mayorkas (Seguridad Nacional) y la representante Tai (Oficina del Representante Comercial) en los últimos dos meses demuestran que la Administración Biden es consciente de que hay una oportunidad para reactivar el diálogo bilateral y superar el statu quo de espinas; de distanciamiento, desconfianza y frialdad. Después de ocho meses con Biden en la Presidencia, ambos países parecen haber superado la etapa incómoda para conocerse (getting to know each other phase) y entienden con precisión dónde se encuentran sus púas. Con el retorno de la decencia a la Casa Blanca y con una Presidencia imperial atemperada por un Congreso dividido en México, un enfoque diferente en la relación es tan urgente como bienvenido.

Aprovechando la lección de los puercoespines, ambos países deben abordar los problemas compartidos que los dividen e incomodan en un entorno internacional hostil. El diálogo entre gobiernos y la construcción cuidadosa de una relación basada en reglas compartidas serán esenciales para esta tarea. Sólo a través del intercambio y la creación de instituciones conjuntas, Estados Unidos y México lograrán calibrar su relación y encontrarán la distancia óptima donde ambos países pueden prosperar. El regreso del Diálogo Económico de Alto Nivel (Dean) es un buen punto de partida y un ejemplo que debe replicarse en otras áreas, incluidas la migración, la lucha contra la corrupción y la creación de cadenas de suministro resilientes (el llamado Ally-Shoring). 

Para que el relanzamiento de la relación bilateral tenga éxito, es necesario ampliar el espectro y alcance de la conversación. El diálogo entre gobernadores y legisladores de ambos lados de la frontera sobre el tráfico de armas, los flujos de dinero ilícito, el uso de drogas sintéticas y el manejo de riesgos en el sector de la salud también son fundamentales. 

La solución a este dilema del puercoespín requerirá tanto de una reflexión cuidadosa como de acciones inmediatas. A la Schopenhauer, los esfuerzos por formar vínculos profundos sin un plan estructurado terminarán por irritar a ambos lados y las separaciones artificiales como muros terminarán por exacerbar aún más nuestros desafíos comunes.

Es tiempo de actuar con propósito y un plan. Un día más sin un ambicioso plan institucional para el futuro respaldado por la comunidad empresarial y la sociedad civil de México y Estados Unidos tiene un coste de oportunidad demasiado alto. Los enemigos de la democracia en América del Norte seguramente aprovecharán los retrasos. 

Para evitar el frío del invierno, ambos países necesitan acciones concretas sobre un campo de acción más amplio, y las necesitan ahora. La nueva agenda de cooperación bilateral de la vicepresidenta Harris representa un buen primer paso, pero serán necesarias instituciones más fuertes para un proyecto renovado para América del Norte.

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