Matrimonio infantil en Latinoamérica, el impacto invisible de la pandemia

A casi dos años de que la Organización Mundial de la Salud declarara la pandemia del coronavirus ya tenemos (relativo) conocimiento de sus enormes impactos en todos los ámbitos de nuestras vidas. Entre otros, aumentaron los niveles de desempleo, desigualdad y pobreza, la deserción escolar y la violencia de género en sus múltiples formas. Sin embargo, algunas prácticas muy nocivas para la vida de niñas y adolescentes continúan invisibilizadas, y el matrimonio infantil y las uniones tempranas es una de ellas.  Según datos de Unicef, una de cada cuatro niñas se une antes de los 18 años en América Latina y el Caribe.

El matrimonio infantil y las uniones tempranas presentan, en cuanto fenómeno social, algunos rasgos específicos que dificultan su abordaje. Por un lado, estamos ante un asunto complejo de medir. Existe mucho desconocimiento en torno a este tema y los registros (nacionales, sub-nacionales y regionales) suelen ser deficientes. Aun en aquellos países donde se han reformado las leyes (aumentando la edad para contraer matrimonio), se siguen practicando uniones no registradas que son invisibles a los ojos de las instituciones. Otra característica que dificulta elaborar respuestas e intervenciones para prevenirlo y combatirlo deriva de lo que ha llamado su circularidad, esto es, que los factores aducidos como causas pueden resultar, dependiendo de las circunstancias, que son sus consecuencias. Por ejemplo, una niña o adolescente puede abandonar los estudios y, por ello, ser más vulnerable a unión temprana, o bien hacerlo y, como consecuencia, abandonar la escuela. De esa forma, pensar en medidas para abordar este problema implica un importante desafío para los países.

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Permanecer en la escuela

La interrupción de los estudios aumenta en alrededor del 25% las probabilidades del matrimonio infantil y las uniones tempranas; de ahí la importancia de fomentar la permanencia de niñas y jóvenes en el sistema escolar. La Alianza Mundial para la Educación (GPE, por sus siglas en inglés) identifica que la permanencia en la escuela (sobre todo hasta el nivel secundario) constituye un factor clave para retrasar el matrimonio infantil y las uniones tempranas. Señala, además, que “la probabilidad de una niña o adolescente se una cuando todavía es menor de edad es seis puntos porcentuales menor por cada año que permanezca en la escuela secundaria”. Estamos en condiciones de afirmar que la deserción escolar es un factor de riesgo muy importante para que niñas y adolescentes acaben casadas o unidas demasiado pronto.

Durante la pandemia del coronavirus, en América Latina y el Caribe alrededor de tres millones de niños, niñas y adolescentes estarían en riesgo de abandonar la escuela, lo que puede tener importantes consecuencias sobre las uniones y también sobre la tasa de embarazo adolescente a nivel regional. Además, estamos hablando de la eventual vulneración de derechos humanos, al imposibilitar a estas niñas y adolescentes su pleno desarrollo y condenándolas a perpetuar la transmisión intergeneracional de la pobreza y la desigualdad de género. Permanecer en el sistema educativo formal o retomar los estudios quienes los hayan abandonado es de suma importancia para protegerlas y requiere de esfuerzos urgentes por parte de los países.

Socialmente invisible

Lo que no se conoce, no existe. Por ello, el primer paso es visibilizar este problema, ponerlo en palabras. En segundo lugar, requiere de un gran trabajo comunitario. No es factible pensar que sólo con políticas públicas se puede revertir un asunto culturalmente arraigado. Es necesario trabajar con las propias niñas, adolescentes y sus familias, con líderes comunitarios, docentes y personal sanitario para detectar de forma temprana la exposición a situaciones de vulnerabilidad. Por último, es fundamental alcanzar compromisos políticos regionales para diseñar e implementar estrategias colectivas, integrales e inter-sectoriales que actúen sobre su prevención, eliminación y mitigación de sus consecuencias. En definitiva, es una deuda pendiente con las niñas y adolescentes de nuestra región.

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