Marruecos y España, la diplomacia de las emociones

La eclosión de la crisis migratoria sobre la Ciudad Autónoma de Ceuta con la entrada abrupta de más de 8.000 personas en apenas 48 horas, ha constituido un nuevo terremoto político y diplomático para las relaciones entre España y Marruecos. Una escalada de la tensión que ha cogido por sorpresa a una buena parte de las instituciones y de la sociedad españolas, que no alcanzan a comprender la virulenta forma de actuar de nuestro vecino del sur. El discurso oficial de los consecutivos gobiernos españoles de las últimas décadas ha sido, fundamentalmente, que España y Marruecos mantienen unas excelentes y fluidas relaciones. Y en buena parte es cierto, más allá de los prejuicios y comentarios recurrentes en ciertos medios de comunicación o de posturas beligerantes de partidos minoritarios tanto de la izquierda como de la derecha extrema. En las últimas dos décadas, ambos países han construido una relación amplia, global y estratégica, conscientes de su complementariedad e interdependencia. 

Marruecos es un aliado imprescindible para España y Europa. Su estrecha cooperación en materia de lucha contra el terrorismo y contra el crimen organizado, así como del control de la inmigración irregular, constituye un pilar fundamental de la estabilidad en el Mediterráneo Occidental. A nivel bilateral, las empresas españolas mantienen una actividad muy relevante y somos el segundo inversor extranjero, con el 14 % del total, sólo superado por Francia. Por su parte, España es el primer mercado de destino de las exportaciones marroquíes y somos un aliado estratégico en la defensa de los intereses marroquíes frente a los socios comunitarios. 

Sin embargo, a pesar de esas relaciones estratégicas, cada cierto tiempo hemos tenido que lidiar con crisis bilaterales de gran calado que han desestabilizado y erosionado esas ‘excelentes relaciones’ y generado importantes crisis diplomáticas haciendo ruido, mucho ruido; no sólo en nuestros respectivos países, sino igualmente a nivel internacional. Si la relación es globalmente tan buena, ¿por qué se producen estos graves desencuentros de forma recurrente? 

El colchón de intereses y la gestión de las emociones 

Marruecos y España tienen una larga lista de desencuentros a lo largo de la historia, pero se pusieron a la tarea de superarlos con la firma, el 4 de julio de 1991, del Tratado de amistad, buena vecindad y cooperación entre el Reino de Marruecos y el Reino de España. Desde entonces, se han producido numerosas reuniones ministeriales y de alto nivel, así como la firma de decenas de acuerdos y tratados intentando desplegar lo que se ha venido a denominar el colchón de intereses. Es una teoría basada en la creencia de que una profunda red de lazos económicos sería la mejor garantía para consolidar las relaciones entre ambos países y evitar nuevas crisis. Pero la realidad es tozuda y ha mostrado que la colaboración económica no ha sido suficiente para evitar los conflictos. 

La relación entre España y Marruecos tiene una componente emocional que, en cuanto se descuida, genera unas dinámicas muy particulares que pueden derivar en un círculo vicioso de desencuentros que nos abocan a nuevas crisis. La historia reciente demuestra que cada vez que hemos dejado de alimentar ese vínculo emocional, la complicidad y la calidad de las relaciones, emergen de nuevo los conflictos. “No es una crisis migratoria, es de otro tipo y hay que abordarla», ha proclamado el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la tribuna del Congreso de los Diputados para calificar esta nueva crisis. Y es verdad. Esta crisis migratoria y diplomática está, ante todo, producida por una deficiente comunicación entre ambos gobiernos. Pequeños detalles que pasaban inadvertidos, o a los que no se les prestó la suficiente atención, y que ha ido generando roces y conflictos de baja intensidad que se venía gestando desde hace ya algún tiempo, como analizamos aquí en enero pasado.

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Ya entonces identificamos algunas señales que indicaban que había nubarrones en el horizonte. Desde Marruecos se lanzaban señales de descontento por diversos motivos, tanto políticos como económicos, mientras el país magrebí se sentía reforzado en su posición diplomática por el apoyo de EE.UU. a la marroquinidad del Sáhara y a la formalización de las relaciones diplomáticas con Israel. Se trataba de nuevas dinámicas que venían a reconfigurar la geopolítica en la región; lo que, sumado a la percepción marroquí de la pérdida de centralidad o de especial relevancia para España, ha erosionado la relación. Finalmente, el incidente del acogimiento en España del secretario general del Frente Polisario, Brahim Ghali, por “razones humanitarias” para ser tratado de la Covid-19, sin comunicarlo al país vecino y destapado por sus servicios secretos, ha desencadenado una nueva crisis de dimensión desconocida. 

Muchos analistas y medios de comunicación atribuyen este nuevo choque entre los dos países a las diferencias en relación con el conflicto del Sáhara y al enfado de Marruecos por el acogimiento de Ghali. Sin embargo, algunos somos de la opinión de que ha sido una consecuencia, y no la causa, de la crisis. La causa ha estado en la pérdida progresiva de complicidades y de una mala gestión de la comunicación por ambas partes. Y es que si echamos la vista atrás, podemos sacar algunas lecciones de anteriores crisis en las que se repiten algunos patrones y comportamientos. 

Lecciones de la crisis del Perejil de 2001 

Hace casi 20 años, España y Marruecos fueron protagonistas de un conflicto que nos mostró la importancia de desplegar una inteligencia estratégica y una adecuada gestión emocional de la relación y la comunicación entre ambos. Entonces, el acelerador no fue el Sáhara, sino la renovación del Acuerdo de Pesca entre Marruecos y la UE que forzó el bloqueo de la flota pesquera española durante un largo tiempo. Ante la escalada declarativa y los desencuentros, el 26 de octubre del 2001 el Gobierno de Rabat llamaba a consultas a su embajador en España, Abdeslam Baraka, y, a través de su portavoz, hacía saber que «un cierto número de actitudes y de posiciones españolas que conciernen a Marruecos había justificado la llamada a consultas, de una duración indeterminada» para «recapitular» acerca de los acontecimientos que habían marcado las relaciones bilaterales en el periodo precedente (El País, 28.10.2001). El entonces Ejecutivo del PP no disimuló su sorpresa, afirmó desconocer sus razones y expresó su esperanza en un pronto retorno del embajador. Por su parte, el presidente del Gobierno, José María Aznar, manifestó su incredulidad, señalando que «si el Gobierno de Marruecos quería explicar los motivos, era su responsabilidad, porque el español no tiene nada que decir», insistiendo en que las relaciones entre los dos países eran fluidas y negando la existencia de una crisis diplomática. 

Comenzaba así la escalada de la tensión y la “Crónica de un desencuentro” (Anuario del Cidob, 2001) entre dos estados que mantenían unas «relaciones privilegiadas» y que acabaron con una intervención del Ejército español en el Perejil, a cuatro kilómetros de Ceuta, para recuperar la soberanía de un islote ocupado en julio de 2002 por un grupo de marinos marroquíes que habían plantado dos banderas marroquíes y unas tiendas de campaña. Fue un accidente lamentable alimentado por una serie de declaraciones desafortunadas por ambas partes, que actuaron de desencadenante de la crisis alimentados por los medios de comunicación de una y otra parte. La lección de entonces fue, como hoy, que no se atendieron las señales que alertaban de la pérdida de ese vínculo emocional y de complicidad entre ambos países; no tanto por el fondo de los asuntos en cuestión, sino por las formas y la gestión de la comunicación formal e informal. Finalmente, la mediación estadounidense logró encauzar las aguas para la normalización de las relaciones. 

Gestionar las palabras y los silencios 

Las relaciones entre España y Marruecos no se sustentan (o no deberían hacerlo) en una acción diplomática tradicional. Nuestro país vecino tiene una singularidad propia que requiere desplegar una inteligencia política, económica y social diferente a la de cualquier otro país. Nuestras relaciones tienen un componente emocional que desborda la acción de los gobiernos de ambos países y en las que los lazos y complicidades de personalidades y grupos son fundamentales para interpretar y gestionar de forma inteligente y eficiente las palabras y los silencios. La crisis actual es fruto de la relajación o debilitamiento de esa tupida red de complicidades, así como de una deficiente comunicación entre ambos gobiernos en la que ambos tienen responsabilidades.

Marruecos ha percibido frialdad o falta de respuesta por parte de España a sus postulados en relación con el Sáhara, pero igualmente en otras cuestiones que han pasado desapercibidas en España vinculados a las exportaciones de su sector agroalimentario o al apoyo europeo durante la pandemia de la Covid-19. En España y Europa hemos estado mirándonos a nosotros mismos en un sálvese quien pueda, y los socios comunitarios coordinábamos la respuesta a la crisis sanitaria y contamos con un paquete de ayudas importante. Marruecos se ha tenido que enfrentar solo, y con medios muy limitados, con la percepción de que no es un socio estratégico para la UE. 

Es por ello que necesitamos recomponer las relaciones bilaterales repensando las formas de dirigir y gestionar unas relaciones en un mundo fast and furious en el que las emociones son la nueva energía que lo mueve. Un mundo incierto y complejo que exige construir una relación bilateral mucho más resiliente ante los intereses geopolíticos, los conflictos comerciales o las crisis económicas o sanitarias. Y para eso se necesita aumentar la empatía entre los dos países. Esto es, la capacidad de pararse a escuchar e interpretar las señales, los estados emocionales, las palabras y los silencios de una y otra partes para comprender y desplegar con inteligencia estratégica las acciones que nos permitan seguir trabajando juntos. 

Empatizar con Marruecos no quiere decir estar de acuerdo con sus postulados, sino intentar comprender sus posiciones y gestionar de forma inteligente los disensos. El conflicto del Sáhara es un buen ejemplo de ello. Marruecos sabe perfectamente que España no puede sumarse a sus posiciones de la noche a la mañana, pero sí podemos colaborar en explorar y avanzar en fórmulas que permitan encarrilar una solución justa a medio plazo, evitando la percepción de falta de empatía. 

Hacia una cooperación reforzada 

Esta crisis muestra que las instituciones de ambos países han fracasado en su capacidad preventiva, anticipatoria y protectora de una relación bilateral rica, intensa, global y estratégica. Las crisis diplomáticas entre ambos siempre se cierran sin que ninguna de las partes gane nada a costa del otro; a pesar de las soflamas patrióticas o los discursos de defensa patrios que, siendo comprensibles en la cúspide de un conflicto diplomático, no aportan nada a la relación bilateral. En este tipo de conflictos pierden todos, y ésta no es una excepción. España ha mostrado una vulnerabilidad evidente en una frontera siempre compleja, desatendiendo las señales que llegaban del sur. La imagen de Marruecos, por su parte, ha quedado dañada no sólo en España, sino también a nivel europeo e incluso internamente. Las autoridades se han visto desbordadas por la avalancha de ciudadanos que entraban en desbandada a Ceuta a causa del efecto llamada de las primeras llegadas, espoleadas por la difícil situación socioeconómica a causa del cierre del comercio atípico de la frontera y del impacto de la crisis de la Covid-19. Las dramáticas imágenes de niños y bebés en el agua han indignado a una parte de la sociedad marroquí, reflejada en los miles de comentarios en redes sociales. 

Así, el futuro debe basarse en una cooperación reforzada para reconstruir esa relación estratégica e interdependiente. Para ello, España debiera innovar en la forma de gestionar sus relaciones con Marruecos con una figura de alto rango político, con experiencia y capacidad transversal para atender y entender los temas marroquíes y desplegar esa empatía estratégica necesaria para gestionar la relación bilateral. España y Marruecos tienen altos funcionarios de probada capacidad y experiencia para gestionar su relación. Pero necesitamos algo más, un plus de dedicación y atención específica y singular a tiempo completo, para una relación bilateral intensa y compleja que requiere de una gestión política, económica y diplomática con una alta carga emocional. 

La crisis pasará, y en pocos meses escucharemos que hemos superado las diferencias y que las relaciones vuelven a ser buenas. La cuestión radicará entonces en qué lecciones aprendemos de éstas u otras crisis anteriores, y qué medios y métodos establecemos para evitar que vuelvan a producirse.

El neurólogo de origen portugués António Damásio, autor de numerosos libros como El error de Descartes, escribió sobre el impacto de las emociones en el comportamiento humano y sobre cómo tomamos decisiones condicionados por ellas. Damásio acuñó el término de la huella somática, un mecanismo mediante el cual las emociones guían (o sesgan) el comportamiento y la toma de decisiones de las personas en los que la racionalidad requiere de una buena aportación emocional. Eso bien puede aplicarse a algunas de las decisiones que nos han llevado a esta crisis. Debemos aprender a gestionar una diplomacia emocional para reforzar la complicidad, la conexión y la colaboración entre dos vecinos que nos necesitamos.

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