Los jóvenes y el cumplimiento de las medidas sanitarias

Los conocimientos científicos son la mejor base para elaborar leyes y regulaciones: así lo cree el 60% de la población española y el 62% de los jóvenes, según los datos de la Encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología de Fecyt (Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología). Los resultados de su última edición se presentarán la primera semana de junio. Es ésta una encuesta fascinante y no tan conocida como debiera. Cuando se mira específicamente a los jóvenes, se ve que tienen un interés espontáneo por la Ciencia más elevado que el resto de la población y, en general, muestran una confianza elevada en el consenso científico.

¿Sabemos cómo se comportan los jóvenes con respecto a las recomendaciones para evitar el contagio de la Covid-19? En otra serie de estudios se puede observar que, en su conjunto, son ligeramente menos cumplidores, pero hay otros factores importantes que condicionan ese cumplimiento. En concreto, podemos identificar cinco principales que hacen que las personas no cumplan de manera rigurosa con las medidas de prevención: la percepción de riesgo, los costes asociados a esas medidas, el comportamiento del entorno social inmediato, la confianza en las instituciones sanitarias y la mentalidad conspirativa. 

Estos factores tienen una intensidad diferente para cada grupo social y, por lo tanto, están influyendo en el cumplimiento de las recomendaciones entre los jóvenes (y también entre los mayores, como veremos).

Gráfico 1.- Predicción lineal (IC 95%) del cumplimiento medidas sanitarias frente a la Covid-19 (escala 1-7) con variables seleccionadas

Fuente: Lobera, J. y Cabrera, P. (2020). ‘Percepción social de aspectos científicos de la Covid-19. Primer informe’. Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología.

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Vayamos por partes. La percepción de riesgo de infección del coronavirus y la gravedad que su enfermedad asociada pueda comportar es distinta entre los grupos de edad. Sabemos, por los estudios epidemiológicos, que la edad es el factor de riesgo fundamental. Los jóvenes, por lo tanto, perciben en general que están expuestos individualmente a un menor riesgo que sus mayores. Por otro lado, el inicio de la vacunación ha supuesto una disminución de la percepción de riesgo en general: incluso las personas que no han sido vacunadas perciben que en el momento actual el riesgo de contagio es menor.

El segundo factor, quizá el menos comprendido, es el coste: no todos los grupos tienen el mismo para cumplir las medidas de prevención. Por ejemplo, el cumplimiento permanente de todas las recomendaciones conlleva unos costes de socialización muy elevados para algunos jóvenes, llegando a afectar muy negativamente a su salud mental. Ofrecer alternativas de socialización seguras, al aire libre, reducirá esos costes asociados a cumplir con las medidas y, por lo tanto, disminuirá la llamada fatiga pandémica. En cambio, medidas maximalistas que persiguen el riesgo cero podrán ser seguidas por algunos grupos, mientras que otros con mayores costes económicos, laborales, sociales, afectivos, etc., serán más proclives a desatender medidas fundamentales de protección. Cabe recordar, por ejemplo, que las campañas más efectivas contra el virus del sida no se orientaron a la abstinencia sexual de los jóvenes, sino a las alternativas seguras en sus prácticas sexuales.

Gráfico 2.- Principales factores asociados con el cumplimiento a las medidas sanitarias contra la Covid-19

El tercer factor es el comportamiento del entorno social inmediato. Los individuos están fuertemente influidos por el comportamiento que se desarrolla a su alrededor. La crisis del coronavirus ha generado cambios culturales (que incluyen las maneras de saludarse, la higiene, los hábitos de socialización) en numerosos segmentos de población. Los resultados muestran que es menos probable actuar preventivamente en contextos donde se percibe que esas precauciones se toman con menor frecuencia. Así, los datos señalan que el cambio de hábitos es más grupal que individual. Los individuos tienden a evitar la disonancia con su entorno social.

Por otro lado, hay también evidencia de que la confianza en las instituciones sanitarias y científicas desempeña un papel muy importante en los comportamientos preventivos. La politización de la pandemia, especialmente en los últimos meses, ha erosionado esa confianza de diferentes grupos sociales en los tomadores de decisiones y, como consecuencia de ello, en las recomendaciones sanitarias de prevención. Espero que no se me entienda mal: el contexto es de incertidumbre y las evidencias científicas llegan semanalmente y, en ocasiones, diariamente. Es necesario el debate social en función del nuevo consenso científico a medida que éste evoluciona, pero introducir un discurso de desconfianza general en los tomadores de decisiones (como han hecho algunos líderes y lideresas políticos, incluso criticando el consenso científico internacional) tiene un efecto negativo sobre la adhesión a los comportamientos de prevención. La diferencia de criterio entre administraciones afecta significativamente al seguimiento de las recomendaciones sanitarias, especialmente entre los grupos que asumen un mayor coste para cumplirlas.

Por último, en los últimos meses se observa cómo la mentalidad conspirativa está ganando en influencia a la hora de explicar el cumplimiento de las medidas de prevención, así como beneficiando el rechazo vacunal contra la Covid-19.

La situación vivida estos últimos meses no tiene precedentes. Imagínese que, en esta circunstancia excepcional, hay personas que sienten que no puede confiar en los líderes políticos, hasta el punto de llegar a creer que no buscan proteger su salud; y que su desconfianza alcanza a las farmacéuticas y a los médicos, porque creen que están al servicio de aquéllas. Es aquí donde entran en juego varias teorías de la conspiración en torno a la naturaleza del coronavirus y a su gestión, incluyendo las mascarillas y las medidas de distanciamiento. Para algunas personas, estas teorías cubren una necesidad urgente de comprender en un momento en que su vida está dando un vuelco. Porque si comprendo (o creo comprender), tengo la sensación de un mayor control sobre la situación y puedo justificar no cumplir con las recomendaciones sanitarias.

Con todos estos factores encima de la mesa cabe recordar que, a menudo, las personas operamos más como ‘abogados’ cognitivos que como ‘científicos’ cognitivos: en lugar de sopesar la información de una manera abierta, atendemos, criticamos y la recordamos de manera selectiva, de un modo que refuerce nuestras conclusiones previas. Los grupos más afectados por las medidas contra el coronavirus, que ven peligrar su forma de vida o valores, tenderán a activar en mayor medida mecanismos de razonamiento motivado.

Y, todavía más interesante. Un artículo publicado recientemente muestra que las personas con estudios superiores serían más proclives a activar este tipo de mecanismos respecto a su reticencia a la vacunación, ya que disponen de más recursos para proteger cognitivamente su visión del mundo. Esto ayudaría a explicar la mayor presencia (con respecto al total de la población) de personas con niveles avanzados de estudios o con profesiones más expuestas por las medidas contra el coronavirus (autónomos, sector cultural, etc.).

Este mecanismo de razonamiento motivado también ayudaría a explicar por qué algunas personas reticentes a las vacunas pasan un tiempo considerable buscando información en internet y, aun así, llegan a conclusiones alejadas del consenso científico; y también por qué algunas campañas basadas en presentar información científica o refutar mitos sobre las vacunas han logrado un éxito moderado, e incluso algunas en concreto han tenido efectos negativos (efecto boomerang).

Conclusiones

En esta fase de vacunación masiva, caerá la percepción del riesgo de la Covid-19, a la vez que aumentarán los entornos sociales en los que las normas se relajarán. Los costes se mantendrán altos o se incrementarán (quedarse fuera del grupo ahora será más costoso, especialmente entre los jóvenes). La confianza en las instituciones sanitarias ya está erosionada en diversos grupos sociales y las teorías de la conspiración (por ejemplo, que las mascarillas son perjudiciales para la salud) tendrán un papel más relevante en el incumplimiento de las medidas sanitarias.

Por lo tanto, es previsible que diversos grupos relajarán el cumplimiento de las medidas de prevención contra la Covid-19 en las próximas semanas y meses. No sólo algunos grupos de jóvenes; también, por ejemplo, personas mayores ya vacunadas que cargan con costes específicos, como no haber visto a sus hijos o nietos durante muchos meses, familiares otra comunidad autónoma, personas cuyo trabajo se ha visto gravemente afectado, etc. No serán únicamente algunos grupos de jóvenes, insisto; aunque probablemente serán las imágenes que más veremos en televisión y en las redes sociales.

Recomendaciones

Teniendo en cuenta lo anterior, las siguientes recomendaciones parecen obvias para mejorar el cumplimiento social de las normas de prevención. La mayor parte de ellas están destinadas a los más jóvenes, pero no solamente.

  • No generalizar: no son todos los jóvenes, ni sólo los jóvenes, los que están relajando el cumplimiento de las medidas sanitarias.
  • Ofrecer alternativas seguras para los grupos que sufren mayores costes por las medidas de prevención adicionales. Por ejemplo, actividades al aire libre con precauciones sanitarias para celebraciones; facilitar la instalación de terrazas a los bares para que cierren los interiores, etc. Evidentemente, el riesgo cero sería que toda la población se quedase en casa durante varios meses, pero esta medida no parece realista desde el punto de vista sociológico. A medio plazo, ofrecer alternativas seguras a esos grupos mejorará el nivel de cumplimiento de las medidas sanitarias y reducirá los contagios.
  • Visibilizar el riesgo para los grupos que creen que ya no existe o que es muy bajo, como hacen algunos artículos que muestran las secuelas entre los más jóvenes o las personas que se contagian a pesar de haber sido vacunadas (que también las hay).
  • Utilizar marcos comunicativos centrados en la solidaridad: Mi cumplimiento de la distancia social me protege a mí, pero también protege a mis mayores, a mis vecinos. En este sentido, deben evitarse marcos de culpabilización del que se salta las medidas. Estos marcos pueden mejorar la presión social a corto plazo entre los incumplidores leves, pero aleja a medio plazo a los que no cumplen y les inmuniza contra los mensajes positivos, teniendo en algunos casos un efecto rebote.
  • Evitar el deterioro de la confianza general en la Ciencia y, más específicamente, en el sistema sanitario y en las instituciones responsables de la gestión de la crisis sanitaria. Esta recomendación es la más amplia y abarca una gran cantidad de aspectos que pueden verse en más detalle aquí. Quizás la más importante es evitar la confrontación entre niveles institucionales en lo referido a la gestión de la pandemia. Los datos sugieren que el descrédito hacia una de esas instituciones afectaría al conjunto de esa confianza hacia las medidas de prevención y repercutiría negativamente en el cumplimiento entre los grupos reticentes con esas medidas.

Esta crisis pandémica todavía no ha terminado. Además, como apuntan diversos sociólogos (muy notablemente Ulrich Beck), cada vez serán más frecuentes situaciones de crisis imprevistas como la que hemos vivido. Además, las instituciones políticas y sanitarias no están preparadas debido a que no están diseñadas para la toma de decisiones en contextos de incertidumbre (sobre esto, es recomendable la lectura de la ‘Sociedad del riesgo global’ de Beck). Como hemos podido constatar con esta pandemia, es necesario incluir el conocimiento acumulado durante décadas en diferentes disciplinas que tratan no sólo con los agentes infecciosos y sus tratamientos, sino también con el comportamiento social en sus diferentes facetas. Si no se incluyen desde el inicio las Ciencias Sociales en su diseño, cualquier medida de gestión de la crisis tendrá serias dificultades a la hora de llevarse a cabo fuera de laboratorio, cuando se enfrente con la realidad social. Así, irremediablemente, la gestión de las crisis será marcadamente trans-disciplinar o no será.

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