Lo que simboliza el acuerdo de la UE con China

El pasado 30 de diciembre, Bruselas cerraba su primer acuerdo de inversiones con China, un país que se ha convertido, en este tumultuoso año 2020, en el mayor socio comercial de la Unión Europea. El principio de acuerdo sobre el ‘Comprehensive Agreement on Investment’ (CAI), se anunciaba tras siete años de negociaciones que se iniciaron con el objetivo de reequilibrar la desigual relación económica entre ambas partes, así como de armonizar más de una veintena de tratados bilaterales entre los estados miembros y Beijing. Aunque el CAI haya pasado relativamente inadvertido en los medios, sumidos en el Brexit, su impacto geoeconómico y geopolítico no podría ser mayor. 

El objetivo de la UE con el CAIha sido siempre el de alcanzar un ‘level playing field’, es decir, unas reglas del juego justas que permitan a las empresas europeas competir en igualdad de condiciones. En este sentido, uno de las principales novedades es que, una vez ratificado el acuerdo, nuestras multinacionales quedarán exentas de las transferencias de tecnologías forzadas al no estar ya sujetas a asociarse, en la mayoría de los casos, con empresas domésticas a través de joint ventures. Beijing también ha prometido una mayor transparencia del sistema de subsidios estatales, así como disciplinar a sus empresas públicas para que se comporten, exclusivamente, de acuerdo con principios de eficiencia económica. A mayores, el CAI supone una apertura sin precedentes del mercado chino a las empresas europeas, las cuales tendrán acceso a sectores previamente fuera del alcance del capital extranjero como servicios financieros y bancarios, de salud privada o telecomunicaciones y servicios en la nube. Además, destacan las mejores condiciones en sectores manufactureros, que aglutinan la mitad de las inversiones europeas en territorio chino.

Con todo, el acuerdo tampoco es la panacea. Las empresas chinas seguirán teniendo más oportunidades y protecciones en el mercado único que las que disfrutan las multinacionales europeas en territorio chino. Además, se ha puesto en duda la capacidad de China para cumplir con sus promesas, especialmente en materia de subsidios, compromisos medioambientales y la eliminación de trabajos forzados, siendo este último uno de los mayores escollos en las negociaciones. A pesar de esto, el CAI es el tratado más ambicioso acordado por China con un socio comercial. Con la toma de posesión de Biden a la vuelta de la esquina, Beijing hizo una oferta difícil de rechazar; y, consciente de que difícilmente se podían arrancar mejores condiciones, Bruselas formalizó el acuerdo con su nuevo socio a falta de un día para que acabase el plazo establecido durante el EU-China Summit de abril de 2019.

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En Estados Unidos, este acuerdo bilateral no ha sentado nada bien. Ha molestado, especialmente, el momento elegido para anunciarlo, en un año en el que Beijing se ha visto envuelto en polémica a raíz de los orígenes de la pandemia, así como por sus actuaciones en Xinjiang o Hong Kong, y apenas unas semanas antes de que Biden tome posesión. Lo cierto es que el demócrata lleva tiempo abogando por la creación de un frente democrático, asentado sobre el eje atlántico, que plante cara a Beijing a través de una ofensiva multilateralista. Biden aún no se ha pronunciado sobre el acuerdo, pero el que está llamado a ser su consejero de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, mostró su descontento en Twitter, invitando a Bruselas a consultar con sus socios atlánticos sobre su relación con China. 

El CAI ha suscitado atención no tanto por la pequeña victoria que supone para las multinacionales europeas, sino por lo que éste simboliza para las relaciones entre Bruselas y Beijing. Y es que el acuerdo se ha interpretado como un ejemplo de la creciente apuesta de la Unión por la autonomía estratégica, un concepto que ha saltado a la palestra en los últimos años a calor de la crisis que sufre el orden liberal internacional. Macron, que parece asentado ya en su rol de ideólogo de la Europa post-Brexit y post-Covid, no ha dejado de colar este término en numerosas entrevistas realizadas a medios internacionales. Poco a poco, la autonomía estratégica también se ha abierto paso en documentos y comunicados oficiales de la Unión. Sin embargo, ha sido Merkel, más conocida por su filia trasantlántica, la que ha traído finalmente este concepto a la práctica, aprovechando la Presidencia rotatoria de Alemania en el Consejo de la UE. 

De esta manera, la canciller ha dejado claro que la Unión Europea no supeditará su estrategia como actor global a Estados Unidos, independientemente de quien ocupe el Despacho Oval. La autonomía estratégica no sólo implica ser más autosuficientes en sectores claves, sino también aceptar la interdependencia como inevitable para poder coordinarla de tal manera que maximice los intereses propios. Para ello, en una economía globalizada y un orden mundial cada vez más multipolar, la Unión Europea ha de erigirse como un actor global independiente. 

Con el CAI, Bruselas quiere dejar claro que el espíritu europeo de diálogo y cooperación sigue vivo, pero al servicio de los intereses, valores y estilo diplomático europeos. Paradójicamente, es precisamente por este motivo por el que la UE y Estados Unidos se encontrarán, en la mayoría de las ocasiones, en el mismo bando ante China. Si Biden sigue tendiendo la mano a Bruselas, no cabe duda alguna de que la relación con Washington se reforzará después de tocar fondo durante la errática e impredecible Presidencia de Trump. Asuntos como el espionaje y el robo cibernético, la protección de la propiedad intelectual, la distorsión de los mercados a través de subsidios o una mayor regulación de las empresas estatales chinas se conformarán como la palanca del eje atlántico en su confrontación con Beijing y sus injustas prácticas económicas. Sin embargo, allá donde la Unión se pueda beneficiar de la cooperación con otras potencias, a Bruselas no le temblará el pulso a la hora de explorar espacios de diálogo.  

No sólo se trata de capitalizar el rol de Europa como equilibrado entre China y los Estados Unidos, sino también de diversificar las relaciones de la Unión a modo de ‘hedging’. Cuando Bruselas pone la mirada en Asia como nuevo centro de gravedad de la economía mundial, no sólo tiene ojos para Xi. Una dependencia excesiva de China tampoco es compatible con las aspiraciones de autonomía estratégica. Es por ello que la Unión Europea camina en la buena dirección al elevar su relación con la Asean (la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático) a la categoría de socio estratégico hace tan sólo unas semanas. Y es que poco a poco, como ha indicado Macron, cada vez hay más “signos de que Europa comienza a verse como una potencia geopolítica”.

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