Libertad o islamismo

(Reseña de 'Mon islam, ma liberté', de Kahina Bahl)

Kahina Bahloul alcanzó notoriedad pública a principios de 2019, tras fundar en París la mezquita Fátima junto a su colega Faker Korchane. Ambos se turnan para dirigir la oración, con lo que Bahloul pasó a ser conocida como la primera mujer imam de Francia. El objetivo de la nueva mezquita era doble: por una parte, proporcionar un espacio para musulmanes progresistas en el que se mezclasen hombres y mujeres (veladas o no) y los no-musulmanes se sintiesen bienvenidos. Por otra, promover un islam liberal y adaptado a los tiempos, pero anclado en la tradición musulmana: Korchane se define como neo-mutazilí, seguidor de la corriente racionalista que floreció durante la Época Dorada del califato abasí; por su parte, Bahloul está influenciada por el misticismo sufí.

Kahina Bahloul, Mon islam, ma liberté (Albin Michel, 2021)

Con un objetivo similar, Bahloul ha escrito Mon islam, ma liberté, un libro muy personal en el que mezcla elementos biográficos, históricos y exegéticos para presentarnos su islam. No obstante, la autora insiste en que no se trata de un ejercicio narcisista: con su reflexión, pretende invitar a otros musulmanes a hacer lo mismo para reapropiarse el islam, que considera usurpado por el movimiento islamista. La obra es, en gran medida, un alegato a favor del islam tradicional que vivió durante su infancia en la región argelina rural de Kabilia, a menudo criticado por los islamistas como ignorante o incluso herético por su veneración de los santos sufíes. Bahloul relata que se distanció de su religión cuando llegó a Francia con 24 años, por no identificarse con el islam formalista que se ha vuelto hegemónico. Regresaría tras la muerte de su padre de la mano del sufismo, en particular de los escritos del místico andalusí Ibn ‘Arabi, pero lo que la empujó a la acción fueron los atentados de Daesh en París en noviembre del 2015.

A la raíz del problema… y de la solución

En el primer capítulo de Mon islam, la liberté, El año 1979, Bahloul recuerda que el año de su nacimiento coincidió con la Revolución Islámica en Irán, la prohibición de una obra de Ibn ‘Arabi en Egipto y la toma de rehenes en la Gran Mezquita de La Meca. En su opinión, esos sucesos eran a la vez la expresión de una profunda transformación social en el mundo musulmán, donde el islamismo radical estaba en ascenso, y una reacción a un contexto poscolonial en el que emergía el paradigma neoliberal ejemplificado por Margaret Thatcher, quien ganó ese año sus primeras elecciones. En este contexto se extendió el movimiento islamista, que ha logrado imponerse gracias a los petrodólares y a la intimidación de los que se oponen o, simplemente, expresan desacuerdo con su versión del islam.

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Bahloul nos recuerda que dentro del islam existe una rica tradición reformista que se remonta a los ‘mutazilíes’ y continuó con filósofos como Al-Farabi y Averroes. Tras un largo periodo de decadencia intelectual, esa tradición fue revivida en la época moderna por figuras como Muhammad ‘Abduh, Muhammad Iqbal y, más recientemente, Nasr Abu Zayd y Mohammed Arkoun. Lamentablemente, hoy en día los reformistas se encuentran marginados en el ambiente social e intelectual creado por el islamismo. Así, Abu Zayd fue obligado a divorciarse de su mujer debido a su pretendida apostasía del islam y se vio abocado al exilio; al igual que Arkoun, rechazado por las instancias académicas y religiosas de su Argelia natal, tachado de “impío” por los islamistas y poco conocido por el público en los países musulmanes.

Para nuestra autora, los islamistas son herederos de la tradición hanbalí dentro del islam, que se remonta a Ibn Hanbal, fundador del madhhab (escuela de jurisprudencia) que lleva su nombre, pero cuyos principales exponentes son Ibn Taymiyya y su discípulo Ibn Qayyim al-Ŷawziyya, tan citados por salafistas y yihadistas para justificar sus posiciones y sus acciones. También a la tradición hanbalí pertenecía Muhammad Ibn ‘Abd al-Wahhab, creador del wahabismo saudí. La influencia del pensamiento hanbalí sobre Rashid Rida y, a través de él, sobre Hasan al-Banna y la organización que fundó, los Hermanos Musulmanes, explicaría la rigidez intelectual e intolerancia de los islamistas.

Esta explicación parece un poco simplista: las otras tres escuelas de jurisprudencia del islam que sobreviven no parecen mucho mejor adaptadas al mundo moderno que el madhhab hanbalí. De hecho, en otro punto Bahloul denuncia el Código de Familia argelino por condenar a la mujer al estado de minoría de edad de por vida; sin embargo, dicho Código es de inspiración malikí, y la situación legal de la mujer en Argelia es similar a la de otros países que siguen los madhhab-s hanafí y shafi‘í. Otros pensadores –como el propio Muhammad ‘Abduh– denunciaron a todas las escuelas de jurisprudencia por igual por “cerrar la puerta del iŷtihâd”: los ulemas abandonaron el uso del razonamiento independiente y el esfuerzo intelectual personal para derivar nuevas normas de los textos sagrados. El objetivo de tal medida era preservar el islam de la tergiversación, pero condujo a la parálisis.

El combate por la(s) identidad(es)

Bahloul también critica que el islamismo pretenda imponer una identidad unidimensional, basada en la religión, excluyendo todas las demás. Como el escritor francolibanés Amin Maalouf, al que cita, la autora reivindica una identidad rica y compleja. En su caso, ésta incluye ser fruto de un matrimonio mixto –padre argelino musulmán de familia ‘marabutí’ y madre francesa de origen católico y judío–; haber crecido hablando amazigh (bereber) en un país que se define como árabe; y, finalmente, haber nacido mujer en un ambiente patriarcal en el que pronto se dio cuenta de que la libertad y los derechos eran cosa de hombres. Su identidad le enseñó la tolerancia y el respeto hacia otras religiones; el orgullo hacia su herencia cultural –después de todo, lleva el nombre de una legendaria reina amazigh que resistió la conquista árabe–; y la convicción de que tenía que luchar más que los chicos para conseguir lo que quería.

No obstante, a Bahloul no le gusta la etiqueta de feminista. Arguye que el feminismo no es una causa en sí misma, sino parte integrante de los valores humanistas, y que aislarlo de dichos valores sirve para descalificarlo. Por otro lado, afirma que el carácter retrógrado del islam con respecto a la mujer se debe a interpretaciones que a menudo carecen de base sólida en los textos sagrados. Así, el Corán relata que Adán y Eva fueron creados de una sola esencia y otorga a hombres y mujeres la misma naturaleza espiritual. A partir de esta constatación, el maestro sufí Ibn ‘Arabi desarrolló la noción del femenino sagrado, llegando a utilizar el pronombre femenino para referirse a Dios. La islamóloga y feminista Amina Wadud, que ha adoptado esta práctica, ha desarrollado una hermenéutica del Corán desde lo que considera sus valores fundamentales de justicia e igualdad.

Inevitablemente, Bahloul dedica un capítulo a El velo y lo que vela. Ella misma no lo usa, y aplica sus conocimientos de hermenéutica de los textos sagrados para rebatir los argumentos de quienes aseveran que es una obligación para las mujeres musulmanas. Atribuye su aceptación incluso entre occidentales bienintencionados –como la primera ministra neozelandesa, Jacinda Ardern, que lo llevó como muestra de apoyo durante el funeral de las víctimas de la matanza de Christchurch– a “una manipulación de la opinión pública por parte del islam político, que ha hecho del cuerpo de la mujer una cuestión eminentemente política que debe gestionar la colectividad” (p. 98). En otro punto cita a la filósofa francesa Nadia Tazi, que ha escrito que el movimiento islamista “tiene más de resurgir del virilismo [sic] que de despertar de la fe” (p. 30), como se puede constatar en el desprecio que muestra hacia lo femenino y su obsesión por el control del cuerpo de la mujer.

Reflexiones relevantes

En sus entrevistas, Bahloul ha declarado que el islam liberal con el que se identifica es el de la mayoría silenciosa de los musulmanes franceses, que viven su religión en privado y se sienten plenamente integrados en la sociedad. Deplora, sin embargo, que esa mayoría silenciosa no se vea reflejada en la representación institucional del islam en Francia, controlada por grupos conservadores o incluso integristas, frecuentemente bajo la influencia de Argelia, Marruecos o Turquía. Lamentablemente, esa es también la situación en otros países europeos, incluida España, contribuyendo a perpetuar la idea de que el verdadero islam es el que ellos defienden y, por ende, dificultando la plena integración de los musulmanes en nuestras sociedades.

De hecho, la reforma del islam está sucediendo en la diáspora musulmana, que goza de libertad de expresión y se siente menos amenazada por las acciones de los islamistas. Recientemente, en la propia Argelia el islamólogo y especialista en el sufismo Said Djabelkhir ha sido condenado a tres años de prisión por “ofender al islam” a raíz de publicaciones en Facebook en las que afirmaba que el sacrificio del cordero es un rito pre-islámico y criticaba prácticas como el matrimonio con niñas pre-púberes. Estas voces de tolerancia y espiritualidad debieran visibilizarse como alternativa al mensaje dogmático e intransigente de los que insisten que el islam consiste en rituales, prohibiciones y el rechazo del otro. En las bellas palabras de Ibn ‘Arabi, que Bahloul reproduce (pp. 165-6):

Hubo un tiempo en el que rechazaba a mi prójimo
si su religión no era la mía.
Ahora mi corazón es capaz de adoptar todas las formas:
prado para gacelas y monasterio para monjes,
templo para ídolos y Kaaba para peregrinos,
tablas de la Torá y páginas del Corán.
Profeso la religión del amor adondequiera que se dirijan sus monturas.
El amor es mi religión y mi fe.

(Traducido del árabe al castellano por la autora de esta reseña)

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