Las repercusiones mentales de la Covid-19

Hace casi un año, al poco de iniciarse la pandemia, el neumólogo de la Universidad de Colorado Viktor Tseng resumió en un gráfico lo que denominó “las oleadas asistenciales de la pandemia por Covid-19” (reproducida más abajo). La primera oleada se produciría por la acción directa de la pandemia. Tendría un incremento rápido y el descenso sería más o menos lento según las circunstancias del contexto. Cuando se llegara a la cima, se pondría en marcha la asistencia incrementada de los procesos que se habían marginado ante la pujanza de la pandemia. Su subida sería más lenta, la cresta sería mucho menor y el descenso sería regular. Al iniciar el descenso acudirían los procesos crónicos o presentación de procesos graves, el ascenso sería intermedio, la altura de la cima sería mucho menor y el descenso se vería enlentecido. 

El profesor Tseng describió una cuarta oleada que aparecía por detrás de todas las precedentes: no tenía cima; la curva era de tipo exponencial; iba creciendo continua y constantemente hasta superar, con creces, la altura de todas las oleadas precedentes. Tal oleada se refiere a las repercusiones psicológicas, mentales y psico-sociales de la pandemia sobre la población en general, incluido el impacto de los factores económicos y sociales desencadenados durante la misma. Se subraya que esta oleada (la roja en el gráfico) no desciende, es una curva exponencial y sigue incrementándose.

Al área de los problemas mentales no se le ha prestado una atención prioritaria, a pesar de que tanto la población como los profesionales han explicitado de forma clara síntomas tales como cansancio, ansiedad, estrés, duelo, depresión, impotencia, malestar… No se ha escuchado o no se le ha dado la importancia necesaria. 

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El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) introdujo en el Barómetro de enero pasado algunas preguntas para detectar si la expresión mental era relevante o no. El resultado fue positivo y la dirección del CIS puso en marcha una encuesta específica sobre los aspectos psicológicos y de funcionamiento mental durante la pandemia. Estableció una dirección científica que integrara la vivencia en la población adulta, pero también en la infanto-juvenil. Este equipo científico diseñó preguntas que permitieran detectar los síntomas manifestados por los ciudadanos. Se testó la duración, la recepción por parte de la población y cómo se sentían los profesionales que realizaban las entrevistas. La duración no fue óbice para la colaboración ciudadana: al contrario, los entrevistados colaboraban de buena gana, sorprendidos por que se les preguntara por sus vivencias. 

En trabajo de campo se llevó a cabo durante la última semana de febrero. El tamaño muestral fue de 3.083 participantes, resultando una muestra amplia y representativa de población general mayor de 18 años a la que también se pregunta por los más jóvenes del hogar. Obteníamos la base de la pirámide que describieron Goldberg & Huxley (1982) para los estudios epidemiológicos sobre salud mental y que siempre es la más difícil de conseguir.

En el caso concreto de la infancia (< 12 años), la adolescencia (13-18 años) y el adulto joven (19-25 años), la intensidad de afectación mental ha sido leve-moderada, salvo que hubiera algún trastorno mental previo que entonces se ha agravado. Los síntomas se han manifiestado de forma persistente y con una duración superior a tres meses. La prevalencia de los trastornos comunicados en este rango de edades alcanza un 30%-35%, cuando en el periodo previo al inicio de la pandemia los estudios referían un 10%-15%.

En estas etapas de la vida, la forma prevalente de presentación son los síntomas de la serie ansiosa, predominando la sensación de miedo al contagio y a la muerte (en adulto joven); llanto varias veces al día, sobre todo en el adulto joven; presentaciones de tipo comportamental, tanto irritabilidad, nerviosismo, inquietud, oposicionismo, desobediencia, incremento de respuestas agresivas, como conductas de inhibición, retraimiento, hiporreactividad. La elevada presentación de síntomas corporales somáticos (dolores diversos, cefalea, abdominalgias, mialgias). Una constante ha sido el incremento del consumo de las tecnologías, sobre todo en la adolescencia y el adulto-joven, pasando del uso al abuso y de éste a presentar signos de adicción. También se refieren: alteración del ritmo y calidad del sueño (les cuesta dormir, duermen de forma más irregular, pesadillas, despertares nocturnos) y alteración del rendimiento escolar, sobre todo con una menor concentración ante los estudios.

Se ha detectado una mayor afectación en las clases sociales media-baja, baja proletariado y clase pobre. La forma de presentación también ha sido era diferente según la clase social: en las altas y medias predominaban síntomas más emocionales (llanto, dependencia de las figuras parentales, exigencias, tendencia al llanto, inhibición y retraimiento, incremento de consumo de TIC); en las clases sociales bajas predominaba la expresión comportamental (oposicionismo, irritabilidad, respuestas de tipo agresivo, incremento de la exigencia, desobediencia, malestar general).

En la etapa adulta, la síntomatología somática fue prevalente, pero muy variable, del 2,5% al 51,9%: cansancio, falta de energía, fatiga, problemas de sueño, dolores diversos (cefalea, espalda, extremidades/articulaciones); otros síntomas (palpitaciones, taquicardia, respiratorios, gastrointestinales, mareos). Las reacciones emocionales más prevalentes han sido el miedo a padecer una enfermedad grave (48,6%) y las preocupaciones por la salud en mayor medida que antes de la pandemia. Han destacado los miedos o preocupaciones relacionados con la Covid-19, tanto a padecerlo uno mismo como a contagiar a los seres queridos, a que lo padecieran seres queridos y sus consecuencias; sobre todo, a un resultado mortal, con un sentimiento especial por no poder visitarles.

La sintomatología emocional se completaba con desmotivación, desinterés, incluso anhedonia (incapacidad para sentir placer); sentimiento de desesperanza respecto al futuro, síntomas de estrés elevado, sintomatología depresiva aislada, ansiedad o nerviosismo con sentimiento de soledad o aislamiento, acompañado de emociones como ira, enfado, irritabilidad y agresividad. Los síntomas referidos a la presencia de estrés postraumático no fueron muy prevalentes, aunque se presentaron con pensamientos o recuerdos intrusivos sobre la Covid-19, sentimiento de angustia o agobio asociado a los pensamientos intrusivos y pesadillas o imágenes desagradables relacionadas con la enfermedad. En algunas situaciones aparecieron síntomas compatibles con ataques de pánico (ataques de ansiedad) y trastorno de pánico, pero no fue lo habitual.

Un dato fundamental es el incremento de la prescripción de psicofármacos (más del doble de los prescritos con anterioridad al inicio de la pandemia), sobre todo del tipo ansiolíticos, antidepresivos e inductores del sueño y con duración del tratamiento superior a tres meses.

Sin duda, lo más significativo es que estamos ante lo que Tseng denominó cuarta oleada, consistente en las alteraciones mentales ocasionadas por la pandemia Covid-19. Estos síntomas aislados denotan la presencia activa de un trastorno mental subyacente que debe recibir el tratamiento adecuado, más allá de la mera prescripción de psicofármacos.

Estos efectos también afectan a los trabajadores y profesionales sanitarios. Se precisa un abordaje adecuado de esta situación que influye, de forma directa, en la asistencia sanitaria que se presta.

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