Las estrategias de la extrema derecha en las redes sociales

Agotados los sueños ciber-utópicos de finales del siglo XX, con su cóctel californiano de pulsiones libertarias y neoliberales que veían en la llegada de Internet la posibilidad de una cultura horizontal y democratizante, pareciera que de las redes sociales sólo se señalan hoy como espacios que intensifican lo peor de nuestras sociedades. Lo que iba a servir como contrapeso e incluso emancipación de las esferas de poder parece hoy un escenario en el cual diversos actores políticos se dedican a manipular o a promover la confrontación. Uno de estos actores es la extrema derecha en sus múltiples facetas, de quien otros actores (políticos y mediáticos) vienen advirtiendo en los últimos años, especialmente a partir de la campaña del Brexit y la llegada al poder de Donald Trump en 2016 (y, en paralelo, el breve momento de fama de la alt-right); fenómenos ambos ligados, al menos en parte, al uso de las nuevas tecnologías.

La primera pregunta que debemos hacernos es si la extrema derecha emplea estrategias en las redes que le son específicas, de la cual se deriva la de si las formas de comunicación que se dan en YouTube o Twitter les benefician particularmente. A primera vista, líderes políticos como Marine Le Pen o Santiago Abascal dan a las redes un uso bastante convencional, similar al de otros políticos: mantienen un perfil impersonal (probablemente gestionado por ayudantes), comparten propaganda, retuitean a allegados y lanzan invectivas, orientando a sus seguidores-votantes (y, en ocasiones, a la Prensa) y provocando respuestas de sus adversarios. Las cuentas de sus partidos hacen cosas similares a sus competidores, difundiendo sus ideas y las intervenciones de sus integrantes y medios afines de forma simple y directa. Sus simpatizantes a veces difunden el ideario con formatos más distendidos, como memes o tiktoks; pero, una vez más, no se trata de algo que no hagan el resto de fuerzas (pese a la histeria que esto ha desatado en parte de la izquierda, como si las nuevas formas de comunicación pudiesen convertirse en un arma todopoderosa en sus manos).

Al contrario, el meme (cuya forma amateur, directa, humorística y genérica lo hacen de fácil difusión) es un formato extendido a un sinfín de grupos (activistas o no). Y, de hecho, no es sólo una forma de transmitir ideas, sino de cohesionar a dichos grupos: compartir un meme no únicamente significa estoy de acuerdo/me hace gracia, sino también yo entiendo (basta con ver la avidez con que se comparten memes con referencias más o menos cultas) y soy parte de (y otros no). Y, en todo caso, nada nos dice que su uso (al igual que el de vídeos cortos o mensajes sarcásticos) sea más efectivo para la extrema derecha que para los seguidores de, pongamos, Bernie Sanders. Dada la composición demográfica de las redes, más bien habría que pensar lo contrario.

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¿En qué se diferencia, entonces, por ejemplo, la acción de Vox de la del PSOE en redes? Como mínimo en dos elementos: el primero es el recurso constante a la provocación para generar atención. Esto funciona en parte porque las cuentas activas en redes como Twitter tienden a ser de personas progresistas y jóvenes, más dados a ser provocados por estos mensajes. Basta saber que Pablo Iglesias tiene más seguidores que Pablo Casado, Santiago Abascal, la cuenta oficial de Vox, Rocío Monasterio, Eduardo Inda e Isabel Díaz Ayuso juntos. La técnica tiene un nombre que se usa también para señalar estrategias mediáticas, ragebait, un neologismo que se traduciría como anzuelo de rabia y que consiste en indignar para generar interacción (lo que llamará la atención del algoritmo) y viralidad. Quién sabe si en una red social con predominancia de conservadores mayores de 60 años las tornas estarían cambiadas y los ragebait serían mensajes defendiendo la abolición del género y de la ganadería industrial.

Es ya vox populi que la difusión de estos mensajes se facilita por el uso de ‘bots’ (que, en todo caso, emplean otros partidos políticos), pero también por la voluntad de usuarios progresistas de señalarlos. Ésta es una tendencia contra la que se ha llamado la atención, pero que es difícil de combatir. En primer lugar, porque es complicado defender el argumento de que si uno presencia un mensaje xenófobo o autoritario de un activista de extrema derecha no debe reaccionar, como lo haría si se diese en el espacio público no-virtual. Y, en segundo lugar, porque la actitud que desplegamos en redes tiene mucho que ver con el envanecimiento (animo al lector a entrar en cuentas personales de Twitter y ver cuántos tuits no vienen a señalar la virtud del emisor de un modo u otro); en distintas formas, según la red priorice el contenido audiovisual o el textual. Por ello, siempre será atractivo cargar contra lo que nos indigna e indigna a nuestra audiencia, aunque beneficie indirectamente a la extrema derecha; la actitud aquí es irracional pero razonable, como diría Bourdieu.

Además de la provocación, el segundo elemento diferenciador es una relación de intimidad con los medios (casi dan ganas de decir de seducción) que facilita el formato de las redes. Éstas están vertebradas por lo que ha venido a llamarse ‘economía de la atención’, en la cual la atención de los usuarios es un recurso escaso (no podemos leer, ver o escucharlo todo, ni hacerlo de forma simultánea) por el cual hay que competir con innumerables agentes. Los medios de comunicación, en plena transición hacia nuevos modelos de rentabilidad a raíz de la crisis de la Prensa en papel, son los primeros interesados en participar en este mercado. Del mismo modo que los dueños de Facebook y YouTube necesitan que estés el mayor tiempo posible en sus webs (por eso son principalmente empresas de entretenimiento, no de comunicación o información), los medios necesitan visitas, y es difícil que causen la misma sensación unas declaraciones en defensa del pluralismo liberal que otras sobre la posibilidad de que los españoles porten armas. Así se crea una connivencia entre medios que necesitan generar atención en un ciclo mediático de 24 horas y políticos de extrema derecha que pueden difundir mensajes incendiarios de forma rápida ante una audiencia que incluye centenares de periodistas. La relación no está exenta de tensiones (los medios no son meras empresas en búsqueda de beneficios, sino también lugares en los que trabajan personas con sensibilidades políticas particulares), pero a fin de cuentas ambas partes consiguen sus objetivos con un coste casi nulo. Donald Trump y Matteo Salvini lo entendieron a la perfección, pero probablemente también lo hizo más de un jefe de redacción.

Con todo, sería reduccionista pretender que la única manera en que las ideas de extrema derecha se propagan por las redes es a través de la acción deliberada de ciertos actores políticos y medios de comunicación. En primer lugar, porque implica considerar que sólo es capaz de irradiar ideología una serie limitada de personas e instituciones; a saber, aquéllas habilitadas y legitimadas para hacerlo. Y, en segundo lugar, porque implica reducir la transmisión ideológica a sus formas más explícitas, relegando la eficacia política de formatos de entretenimiento o lugares de encuentro aparentemente apolíticos. No hay por qué considerar que el discurso sexista de un parlamentario polaco contiene menos ideología que un videoclip de Kidd Keo, por mucho que el segundo no participe (al menos por ahora) en ningún espacio institucional que le avale como transmisor de ideas acerca de un tema que está en la agenda pública, como es el de cuáles son y cuáles deberían ser los roles de género.

Es aquí donde debemos incluir a toda una serie de estratos medios a nivel ideológico, en el sentido de que se trata de agentes y espacios que no están abiertamente politizados, pero que tampoco son ajenos al debate público. En ellos se difunden y reproducen ideas de forma horizontal, ajenos a la dirección de partidos o grupos políticos. Sabemos que las ideas de extrema derecha proliferan en espacios en línea tan dispares como foros generalistas frecuentados por hombres jóvenes, videojuegos ‘online’, grupos de Facebook de madres en los que se comparten recetas y experiencias de vida y redes de creación propia. A menudo ayudados por el anonimato (y jaleados por la presión de grupo), quienes pululan por estos espacios semi-íntimos se sienten habilitados para mostrar ideas que les estigmatizarían en otros contextos. Como no podía ser de otra forma los alemanes tienen una palabra para ello: ‘Maskenfreiheit’, la sensación de libertad que otorga ir enmascarado.

Es en estos ecosistemas donde medran los trolls, personas que se dedican a insultar y a provocar, presuntamente burlándose de una sociedad que se ha vuelto demasiado moralista y, en general, sin ningún vínculo con organizaciones políticas; aunque a veces son usados incluso como arma por un país contra otro. Su presunto nihilismo destructor es paradójico pues, como dice Richard Seymour, acabar con dicha cultura políticamente correcta significaría acabar con el propio goce y existencia de los trolls. Pese a que se identifican con la figura del bufón que se mofa de todo el sentido común de su época, lo cierto es que sus prácticas parecen bastante reguladas y predecibles a nivel ideológico: suelen meterse con las feministas y las minorías, y de momento se han avistado a pocos de ellos riéndose del modelo tradicional de familia, organizando profanaciones de iglesias o filtrando fotos íntimas de grandes empresarios.

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