Las consecuencias globales de la debacle de Afganistán

‘Kabul, agosto de 2021’, marcará el final de una época. Termina el momento liberal del hiperpoder americano, imponiéndose una nueva etapa de rivalidad entre grandes potencias. Durante este cambio de paradigma los Estados Unidos han dado la imagen de superpotencia menguante ante una China envalentonada. Las consecuencias de la caída de un país estratégicamente secundario como Afganistán reverberarán durante años en el plano internacional. Los retos principales tras la caída de Kabul son la estabilización del país para prevenir flujos migratorios y una nueva ola de terrorismo islamista. También hay lecciones para el sistema internacional entorno a la quimera del nation-building, en favor de un retorno al pragmatismo realista, así como en la necesidad de mayor autonomía en el área de defensa para los países europeos.

Tras el ataque a las torres gemelas, Estados Unidos lanzó la invasión de Afganistán en 2001 con la intención de descabezar a Al Quaeda y a sus aliados talibanes. La misión desmontó la infraestructura de Al Quaeda y apartó del poder a los talibanes que se refugiaron en las zonas montañosas del país y en Pakistán. El punto álgido de la guerra fue en 2011 con la muerte de Bin Laden. Sin embargo, EE.UU. nunca consiguió establecer en Afganistán unas instituciones democráticas legítimas que tuvieran el control efectivo de todo el país. Con la retirada de las tropas norteamericanas, tras casi 20 años en el país, estas instituciones han colapsado repentinamente. 

Con los talibanes controlando el país, la máxima prioridad de la comunidad internacional es evacuar a los residentes extranjeros, las legaciones diplomáticas, y al personal afgano que ha colaborado con las potencias extranjeras. El aeropuerto de Kabul se ha convertido ahora en una bomba de relojería esperando explotar. Del éxito de la evacuación dependerá la confianza y relación de trabajo que Estados Unidos, y por extensión Occidente, desarrolle con el régimen talibán. Una sola bala perdida puede desembocar en un incidente armado. Estados Unidos ha avisado que si sus tropas y ciudadanos no pueden salir del país habrá consecuencias.


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Estabilizar el país es el principal reto del nuevo gobierno talibán y resolverlo precisará ayuda exterior. Aunque llegaron a Kabul con un uso mínimo de la fuerza, los talibanes tienen que construir una paz duradera. Afganistán lleva 43 años sumido en una guerra civil, donde los bandos se han recompuesto múltiples veces y han intervenido dos superpotencias extranjeras. Ahora se puede abrir una nueva fase del conflicto. La Alianza del Norte que luchó contra los talibanes entre 1996 y 2001 ya se ha recompuesto. Además, las manifestaciones nacionalistas y feministas demuestran que el gobierno talibán encontrará resistencia a sus políticas más extremistas. A corto plazo el éxito del gobierno depende de si pueden asegurar la alimentación de la población afgana, donde 14 millones de personas necesitan asistencia nutricional. Después de 20 años escondiéndose en las montañas, los talibanes tienen una capacidad limitada para gestionar un estado moderno y requerirán de colaboración con los anteriores líderes y potencias extranjeras. A medio plazo, la estabilidad solo se puede conseguir sin sed de venganza y con un gobierno inclusivo, que la comunidad internacional alentará. Hasta el momento el pragmatismo político ha imperado dentro del grupo. Sin embargo, en Kabul hemos visto la mejor cara de los talibanes y está por ver, si mantendrán estas políticas cuando la mirada del mundo no esté centrada en ellos.

Europa tiene interés en la estabilidad de Afganistán, principalmente para prevenir otra ola de refugiados. Se estima que puedan dirigirse a Europa hasta 500.000 afganos, mientras Bruselas sigue sin resolver el problema migratorio. La mejor manera de evitar una avalancha migratoria es que la situación en Afganistán no desemboque en una crisis humanitaria y se respeten los derechos de las mujeres y grupos minoritarios. Para ello, Europa junto con los Estados Unidos adoptarán una política pragmática en la que utilizarán todos los instrumentos a su disposición para prevenirlo. Con el nuevo Afganistán, un estado sin reconocimiento internacional, ni acceso a sus reservas en el exterior, y un vacío en capacidades técnicas, Occidente tiene multitud de palancas para incentivar al régimen talibán. Pero utilizarlas requerirá coordinación con China y Rusia. 

Sin estabilidad interna es posible que grupos terroristas vuelvan a usar Afganistán como base de operaciones. El terrorismo fue la causa inicial de la actuación americana en el país. Anteriormente los talibanes daban cobijo a organizaciones terroristas como Al Queda, o al chino Partido Islámico del Turquestán. Aunque es un error igualar talibán con terrorista y ellos dicen no querer permitir actividades de grupos terroristas, está por ver que impedimentos pondrán a que grupos como Al Queda o Daesh se recompongan dentro del Emirato Islámico y actúen en el exterior.

China es el país más preocupado por la posible reemergencia de los movimientos terroristas. La región de Xinjiang, donde el Partido Comunista interna en campos de reeducación la minoría musulmana uigur, comparte una frontera de 76 kilómetros con Afganistán. Beijing tiene miedo de que los talibanes den cobijo a grupos extremistas uigures o a aquellos huyendo de la persecución del régimen comunista. China mantiene un diálogo con los talibanes y, sin voluntad de intervenir en el país, su estrategia será ofrecerles dinero para la reconstrucción del mismo, intentando ocupar parte del vacío económico y técnico que dejan las potencias occidentales, a cambio de que se mantengan al margen de asuntos chinos. 

Pakistán ha sido el principal apoyo internacional de los talibanes, intentando prevenir que Afganistán se acerque a la órbita de India. Pero, Pakistán es el país que más puede desestabilizarse si el conflicto en Afganistán se extiende o hay un gobierno ultrareligioso en el país vecino. Ambas situaciones pueden alentar a grupos extremistas dentro de Pakistán o generar flujos de refugiados en un país que ya acoge a más de tres millones de refugiados afganos. La desestabilización de una potencia nuclear, como Pakistán, puede tener consecuencias desastrosas. 

Finalmente, la situación en Afganistán debe ser vista dentro de la competición entre grandes potencias, expresión de moda en Washington. La salida de las tropas americanas de Afganistán debía liberar recursos para afrontar mejor el desafío chino. Aun así, una posible buena decisión a nivel estratégico ha resultado ser contraproducente por una mala ejecución a nivel operativo. La desastrosa salida norteamericana de Afganistán, tras el asedio al capitolio de principios de 2021, es visto desde Beijing como prueba irrefutable de la decadencia del poder de EE.UU.

En consecuencia, dada la debilidad norteamericana, China puede considerar que este es el momento para desafiar a la superpotencia y conseguir objetivos estratégicos como la reunificación con Taiwán. Beijing ha aprovechado el momento para sembrar dudas en Taipei sobre la fiabilidad del compromiso de ayuda norteamericana. Este símbolo de debilidad norteamericana y el consiguiente envalentonamiento chino puede acercarnos peligrosamente a una confrontación entre dos grandes potencias.

Además, China aspira a explotar los yacimientos minerales que hay en Afganistán y a organizar junto a Pakistán e Irán un bloque económico que se extienda hasta las fronteras occidentales. El mejor escenario posible sería que el islamismo extremo talibán no se alinease con ningún bando en la rivalidad sino-americana, como hizo el Ayatolá Jomeiní tras la revolución iraní durante la Guerra Fría. En aquel momento, el islamismo apareció como la única tercera opción viable a la contienda ideológica.

La primera víctima de la hecatombe de Afganistán será la visión naif de las relaciones internacionales. Esto implica repensar enfoques como “los enemigos de nuestros enemigos son nuestros amigos” sin conocimiento suficiente de los nuevos aliados. Este tipo de óptica llevó a la CIA a financiar a los muyahidines que luchaban contra la ocupación soviética de Afganistán y de los que surgirían los talibanes, o a dar soporte en 2001 a la Alianza del Norte, grupo que estaba perdiendo la guerra civil contra los talibanes y no ha sido capaz de cohesionar el país. Además, las experiencias del nation-building no han funcionado y serán abandonadas, a favor de un futuro mucho más pragmático basado en la realpolitik, en vez de intervenciones humanitarias.

Otra lección debería sacarla la Unión Europea. Angela Merkel en la conferencia de Seguridad de Munich de 2021, expresó la voluntad de quedarse en Afganistán más allá de la salida de las tropas americanas. Su intención era mantener un país estable para prevenir los flujos migratorios. No obstante, sin apoyo americano los aliados con voluntad de quedarse (Reino Unido, Italia o Turquía) no disponían de las capacidades para mantenerse en Afganistán. Los países de la UE tienen una oportunidad para mejorar su colaboración y coordinación en política de defensa y seguridad, generando la capacidad de intervenir en territorios lejanos sin la necesidad de apoyo americano.

Con la retirada de las últimas tropas norteamericanas de Afganistán terminan las guerras interminables y empieza una nueva etapa en la que Estados Unidos pivota del Mediano al Lejano Oriente. Pero durante el giro ha dado una imagen de poder decadente lo que puede dar alas a China, un gigante asiático en ascendencia. Más allá de la rivalidad entre potencias, las consecuencias de la caída de Afganistán a manos de los talibanes se sentirán en todos los continentes, principalmente en forma de flujos migratorios y quizás terrorismo. Aun así, occidente dispone de alicientes atractivos hacía los talibanes para minimizar el impacto de ambos problemas si los usa de forma pragmática. Europa no debería desaprovechar esta oportunidad para incrementar sus capacidades conjuntas en materia de seguridad.


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