La victoria de Ayuso obliga a Sánchez y Casado a entenderse

Todo resulta muy previsible cuando se acumulan tantos indicios: tendencia irrefrenable en las encuestas desde hace meses, buena valoración del Ejecutivo y de su líder, oposición pillada a contrapié, con tumbos de estrategia en el último momento, retóricas desenfocadas en la izquierda comprando el relato del oponente… Todo apuntaba al desenlace ocurrido: victoria arrolladora de Isabel Díaz Ayuso, que podrá retener la Presidencia en minoría. 

Las coordenadas sobre las que se erige su victoria son clásicas. Su mayoría electoral liberal-conservadora no parece que se haya movilizado especialmente por las llamadas de carácter frentista que promovió una campaña ruda; simplemente han dado su apoyo a la gestión del Gobierno autonómico de los últimos dos años, como de hecho viene sucediendo desde hace más de 20 en Madrid. Y no lo han hecho a pesar de, sino en buena medida gracias a la alta valoración que otorgan a la presidenta Ayuso. Y aquellos que no estaban suficientemente convencidos por estas razones, el rechazo a Pedro Sánchez y, sobre todo, a Pablo Iglesias les ha acabado de persuadir. Ante ello, los partidos de izquierda recogieron casi tantos votos como en 2015 y 2019, pero movilizaron aún más votantes en su contra.

El dato novedoso es la participación: votó casi medio millón más de madrileños, la mayoría de los cuales no solía hacerlo hasta ahora; y en términos agregados (al margen de los flujos internos que ahora sólo podemos intuir), ese incremento porcentual se fue completamente para la derecha. Como se observa en el Gráfico 1, el PP obtiene su mejor resultado desde 1983 (mejorando incluso 2007); y, dato importante, sin menoscabo del apoyo a Vox, que gana algunos votantes, aunque es una mejora pírrica: su capacidad de chantaje parlamentario (en términos de Sartori) será minúscula. 

Gráfico 1.- Voto a partidos con representación (en millones) en la Asamblea de Madrid

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Resulta un escenario inédito para la derecha hasta ahora y para muchos sería el deseado: el PP obtiene una cuasi-mayoría de gobierno sin tener que integrar a los sectores más ultras a su derecha, que mantienen su presencia en el Parlamento para recordar que Ayuso está, en todo caso, más al centro.

Es el resultado del doble fracaso de Vox y Ciudadanos. Los de Santiago Abascal experimentan su primer estancamiento, evidenciando que de momento no poseen mucho atractivo para los votantes conservadores cuando el PP tiene expectativas de victoria. Se anula así el ‘efecto gamberro’ que tanto perjudicó a los populares en 2019. 

Ciudadanos, cuyo espacio queda drenado en Madrid, prosigue su canto del cisne iniciado en noviembre de 2019. En un contexto de alta polarización (ver Gráfico 2), no deja de ser llamativo el comportamiento de sus ex votantes: siendo quienes más perciben y rechazan la polarización ideológica y, por ello, muchos reafirmaran aun su voto en noviembre de 2019, no parece que haya sido argumento suficiente para mantener su lealtad a un candidato que representaba bien el tono que muchos votantes demandaban. El voto de centro ha resultado aún más endeble incluso de lo que apuntaban los estudios académicos. Todo ello regresa hoy al Partido Popular, pero no sin efectos colaterales: Ciudadanos puede haber operado como estación intermedia para conectar viejos ex votantes del PSOE con un nuevo PP. En Madrid, esto parece haber funcionado.

Gráfico 2.- Polarización ideológica percibida en las elecciones autonómicas de Madrid

Gracias a esa movilización de nuevos votantes y al hundimiento de Ciudadanos, Ayuso ha recuperado el cerca de millón de votantes que el PP venía perdiendo desde 2011, debido a la crisis de reputación provocada por los asuntos de corrupción, que estas elecciones dan por amortizados. 

Pero si bien esta victoria impresionante es mérito principal del PP y de Ayuso, eso no basta para ocultar los deméritos de la izquierda. En las elecciones de la Covid-19 y de sus terribles efectos sanitarios y económicos, los partidos que gobiernan en la Moncloa hablaron de fascismo y riesgo democrático. Con ello, quedaba claro que al PSOE le tocaría sufragar la indigesta factura que le iba a costar contribuir a que Podemos mantuviera grupo parlamentario en Madrid. A diferencia de 2015, la fragmentación de la izquierda no explica esta vez la debacle electoral; más bien expresa sus razones profundas: la desorientación y disparidad de argumentos para afrontar un centro-derecha reconstituido y, como se ha visto elección tras elección, con un apoyo social muy extendido. Quizá poco más podía hacer desde que, en aquella rueda de prensa de septiembre pasado, Pedro Sánchez encumbró a la díscola Ayuso y la situó a su misma altura, envolviéndola de banderas madrileñas y españolas (una imagen que poco molestó a quienes nunca habrían tolerado semejante kitsch identitario con líderes autonómicos periféricos…).

Con estas coordinadas, si bien el 4-M no puede considerarse estrictamente elecciones de continuidad, sí refleja mucha evolución coherente con los trazos políticos marcados en los últimos años. Y por ello, las consecuencias e implicaciones plausibles que se deriven lo son menos de estos comicios que del contexto en el que éstos se han producido.

Estas elecciones, por ejemplo, no abren realmente un nuevo ciclo. Lo que hemos visto en Madrid ya lo habíamos visto también en Cataluña dos meses antes. En realidad, fueron las elecciones catalanas del 14-F las que marcaron la frontera entre ciclos electorales: allí vimos que la pandemia no iba a tumbar gobiernos por sí misma ni conllevaría costes para los que la gestionaron; que Ciudadanos se hundía irremisiblemente en beneficio de los partidos sobre cuyos votantes se erigió (en Cataluña, PSC y derecha españolista); que Podemos no sacaba rendimiento de su presencia en el Gobierno nacional; y que, por todo ello, la mayoría gubernamental iba camino de complicarse por la desestabilización de sus socios potenciales: Podemos, Ciudadanos y el independentismo catalán. Con un dato equívoco que algunos quizá hayan interpretado mal: el auge de Vox (hoy cuarta fuerza en Cataluña) fue reflejo de su inercia en el ciclo que acababa, no el presagio de un sorpasso general del PP. 

Y, por todo ello, el 14-F anticipaba el 4-M, que a su vez anticipará (probablemente) unas elecciones anticipadas en Andalucía, pero no todavía una convocatoria anticipada de generales, como algunos especularon ociosamente hace algunas semanas. 

Por eso, la principal derivada de las elecciones madrileñas no será estrictamente electoral, sino organizativa e interna en los partidos relevantes.

Por un lado, la incontestable victoria de Ayuso fortalece su posición en el PP regional y obliga a algunos a adaptar sus planes internos para la organización en Madrid y, quizá, fuera de Madrid. Tengamos en cuenta que la campaña de la vencedora ha dejado escasa visibilidad a otros líderes del PP; y, por lo visto en algunas escenas de campaña, para bien. Los buenos resultados de Ayuso irrumpen en un debate inacabado dentro de un PP regional que lleva cerca de tres años de interinidad, desde la dimisión de Cristina Cifuentes, y no parecía estar en los planes de Pablo Casado o de José Luis Martínez-Almeida ceder el liderazgo regional a la recién ganadora. Hay que tener presente que Ayuso alcanzó la Presidencia madrileña en 2019 sin apenas apoyos propios, más allá de la agregación de afectos precipitada por su exitoso ascenso posterior. Estaba a un paso de caer en el PP de Madrid en 2018 cuando la victoria de Casado le dio una nueva oportunidad. Nunca estuvo claro cuál fue el origen de su designación como candidata por parte del líder popular: porque era la mejor para ganar, o porque era lo mejor para perder. Un paralelismo con Sánchez, desdeñado por el aparato del partido hasta que resultó incontrolable.

Ahora será difícil oponerse a que la presidenta del Gobierno regional lo sea también de la organización regional del partido. Y si así fuera, se rompería la práctica establecida por Aznar, que fijó una bicefalia entre Gobierno y partido. ¿Cuáles serían las implicaciones de una fusión del liderazgo organizativo e institucional en la capital para una dirección nacional, con Casado al frente, que sigue teniendo hoy exactamente los mismos escaños y problemas en el Congreso de los Diputados que antes del 4-M? Con un PP madrileño tan fortalecido, los tradicionales contrapesos periféricos lo son menos, especialmente mientras el valenciano siga tan debilitado. Esa variable organizativa es relevante, especialmente cuando se deban rendir cuentas y redefinir equilibrios internos en el próximo Congreso Nacional del PP; sobre todo si se celebrara poco después de un nuevo fracaso de Casado ante Sánchez.

Ésa no será la situación del PSOE, cuyo Congreso Federal está previsto para octubre y en el que Sánchez tiene muchos incentivos para introducir cambios importantes en la dirección. Los pésimos resultados de una operación política general dirigida desde Moncloa pueden debilitar a algunos de sus impulsores en las conversaciones para alcanzar acuerdos en esa reconfiguración congresual. Madrid es la enésima lección de que, allí donde los partidos tradicionales mantienen una organización y una base activista sólida, resisten mejor los embates de la fortuna; y donde no, quedan al albur de la meteorología política. Por alguna razón, la Federación Socialista Madrileña no ha sido nunca un puntal de las victorias generales del PSOE, y ni siquiera es capaz de detener el declive de su base electoral. 

Pero, sin duda, las consecuencias organizativas inmediatas se darán en Podemos, tras la renuncia de Iglesias a todos sus cargos. En una organización donde ha predominado el hiper-liderazgo, en el que la estructura basada en plataformas convierte la agregación de grupos internos en ejercicios inestables, y con una estructura de cargos en el territorio muy desigual, la sucesión estable en el liderazgo nacional no puede confiarse sólo a la designación decidida ya por Iglesias. De hecho, los partidos con los que suele compararse Podemos en el ámbito internacional tienen pendiente, entre sus papeletas más complicadas, encontrar una forma eficaz la sustitución de los líderes. 

¿Cómo afectará todo ello más allá de las fronteras de Madrid? Hace unos días argumentábamos por qué el éxito de Ayuso era bueno para Casado, pero no podía extrapolarse simétricamente a la arena estatal. Es probable que nos vayamos acercando al momento en que algunas encuestas sugieran escenarios plausibles: que la suma de PP y Vox supera a la de PSOE y Podemos, incluso con los populares por delante. Pero alcanzar La Moncloa exigirá más que mantener la plaza del Sol: desaparecido Ciudadanos, el PP necesita que la política española recupere cierto sosiego, al menos bajo la mesa, para que los conservadores puedan reconstituir el diálogo con los actores regionalistas y nacionalistas, especialmente en Cataluña. Es un escenario que produce mucha grima y lejanía entre políticos y columnistas de la mayoría que acaba de reeditarse en Madrid. Y ya se sabe que sus tratos con Vox son inhibidores de apoyos más amplios.

Por su parte, Sánchez se está quedando sin incentivos para no favorecer ese escenario. La política de confrontación con Vox puede ayudar a cubrir cierto nivel de desgaste por gobernar, pero es estéril si la acción de gobierno aliena al electorado más moderado, como se ha comprobado en Madrid. Seguramente, la lección más dura para el PSOE en estas elecciones es que puede estar cavándose una brecha de desafecto en el centro, demasiado a la izquierda para los cálculos que necesita Sánchez. Y demasiados ex votantes socialistas pueden estar cayendo del otro lado.

En ese sentido, los comicios de Madrid no deparan ningún mensaje nuevo ni auguran necesariamente nuevos realineamientos electorales a corto plazo. Sólo recuerdan lo de siempre, que los éxitos electorales puntuales pueden forjarse con votos del centro o de los extremos, pero las mayorías gubernamentales estables sólo admiten una fórmula: recibir el apoyo directo e indirecto de una coalición social constituida por muchos moderados: una coalición que en España es más heterogénea y exigente que en Madrid, y que además tienen lenguas, identidades y exigencias también diversas. La alienación de muchos de ellos es la historia de la última década política en España.

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