La tensión norte-sur por la crisis climática y ecológica

El 9 de agosto pasado se dio a conocerel informe ‘Cambio climático 2021: bases físicas’ del Grupo 1 del Panel Intergubernamental de Científicos de Naciones Unidas (IPCC, por su sigla en inglés). Sus conclusiones: el cambio climático lo están causando las acciones de los seres humanos; es irreversible, y todas las regiones del mundo se verán afectadas por sus efectos, que se intensificarán a medida que aumenten las temperaturas. En el informe se subraya que si no se toman medidas drásticas e inmediatas, no se podrá limitar el alza de la temperatura en 1,5 grados, que es el mejor escenario para sufrir un cambio climático no tan peligroso para los ecosistemas y la humanidad.

El mundo hace décadas que tiene claro que el modelo de desarrollo basado en el uso intensivo de los bienes de la naturaleza tendría efectos nocivos en los ecosistemas y en los componentes del planeta. Y ello, por algo tan simple como complejo: el planeta es uno solo y no soporta la carga del estilo de vida basado en la acumulación creciente de capital y en el consumo desmedido.

Los primeros indicios de dicha preocupación por el modelo de desarrollo se concretaron en 1976, cuando se celebró la primera conferencia en Estocolmo que, reuniendo a la mayoría de los estados del mundo, puso el foco en lo ambiental. Y esto fue así porque los países del norte global veían con inquietud cómo se estaban desarrollando los del sur, replicando el modelo de aquéllos. Se planteó entonces controlarla degradación ambiental y la contaminación transfronteriza para que el sur cambiara de fórmula por el riesgo que implicaba para el planeta.

De la preocupación se pasó posteriormente a la toma proactiva de decisiones; concretamente, en una de las cumbres más emblemáticas en torno al medio ambiente, la de Río 1992. En ella ya se hicieron patentes los estragos del modelo de desarrollo basado en el crecimiento exponencial, por lo que se puso el foco en el desarrollo sostenible fijado, en 1987, por la Comisión Bruntland, donde se indicó la necesidad de equilibrar los desarrollos económico y social y la protección del medio ambiente.

Si bien la Cumbre de Río se consideró como exitosa debido a los diversos acuerdos logrados, también se hizo patente la diferencia entre los llamados ‘norte’ y ‘sur’ globales, a través del concepto de la ‘deuda ecológica’. El termino explica las diferencias entre ambas zonas en cuanto a riqueza, tecnología y responsabilidades ante el cambio climático producido por las naciones desarrolladas y las que históricamente desde la revolución industrial han emitido gases de efecto invernadero y el uso intensivo de los bienes de la naturaleza que provee el sur global. Por lo tanto, los países del sur postularon que no podían asumir la totalidad de la responsabilidad, ya que aún no se lograba el desarrollo e incluso algunos países se encontraban en condiciones de pobreza.

De lo anterior nació en 1997 el Protocolo de Kioto, el primer esfuerzo por reducir las emisiones de gases de efecto invernadero mediante mecanismos de mercado. No dio los resultados deseados debido a que no se sumaron potencias como Estados Unidos y otros grandes emisores de carbono. Así, el mundo seguiría reuniéndose para tratar del cambio climático en las diversas ediciones de las conferencias de las partes (COP), sin demasiados resultados y en las que los países más pobres, pequeños y del sur global hacían públicas sus preocupaciones porque no se abordaban los problemas.

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Ya en 2015, y ante el desafío de la crisis climática y ecológica, se alcanzó el Acuerdo de París. A grandes rasgos, estableció los compromisos que cada país pudiera asumir para reducir las emisiones y adaptarse al calentamiento global, acordes con la realidad de cada uno. Algo muy complejo desde la lógica norte-sur, ya que los países menos responsables del problema son algunos de los más afectados por ´él y los que menos herramientas tienen para afrontarlo.

A pesar de los continuos esfuerzos de actores políticos estatales y de la sociedad civil, el fracaso ha sido una lamentable constante. De hecho, no ha habido mejoras contundentes en los ecosistemas, ni tampoco han disminuido las emisiones, al punto que la crisis se sigue acrecentando cada año que pasa. Los gobiernos no han querido admitirlo, porque implicaría tener que cambiar la estrategia esbozada desde la Conferencia de Estocolmo (1972) en adelante.

Además, aceptar el fracaso del modelo actual de desarrollo significaría reconocer que las soluciones planteadas desde el capitalismo verde no funcionan ni van a funcionar; porque no existe la voluntad para disminuir el estilo de vida de los países desarrollados, ni tampoco su crecimiento económico. Para seguir sosteniéndolo, se ha hecho la promesa de alcanzar la neutralidad de carbono en 2050. Esto significaría que, sin cambiar el modelo que nos ha traído hasta aquí, las emisiones serían absorbidas principalmente a través de la reforestación, la electro-movilidad y los proyectos energéticos sin emisiones, dejando de nuevo la solución en manos de la tecnología y el mercado.

Aunque la neutralidad de carbono no es por sí misma una mala medida, sí incide nuevamente en la tensión norte-sur global, ya que no se cuestiona el modo en que se alcanzaría. Para fabricar los insumos para la electro-movilidad y los proyectos energéticos sin emisiones se requiere la extracción a gran escala de bienes de la naturaleza. En el caso chileno, se apuesta por la extracción de cobre y litio en volúmenes que los ecosistemas no podrán soportar, lo que se suma a la apuesta por el hidrógeno verde. Esto, que para muchos puede resultar atractivo, obvia que para que su exportación sea rentable, la escala de los proyectos será elevada, lo que intensificará los proyectos energéticos y la desalinización; es decir, seguir sobrecargando los ecosistemas clave para la adaptación al cambio climático. En definitiva, el compromiso por la neutralidad de emisiones y la electro-movilidad reproduce el mecanismo por el que el norte global impone la solución sin preocuparse por cómo los países del sur salen del subdesarrollo y, en el caso de Chile, cómo superar su modelo de extractivismo primario exportador.

La fórmula del norte presiona sobre los ecosistemas del sur, donde la élite económica y política de todas las tendencias la abraza sin mayores problemas. Ello agrava la dependencia del sur de la exportación de bienes de la naturaleza, sin mayor transformación, un modelo que se lleva aplicando desde el colonialismo y la expansión en la acumulación de capital, para que los países desarrollados puedan recortar sus emisiones sin cambiar su estilo de vida.

En fin, lamentablemente se sigue apostando por un modelo capitalista teñido de verde, no equilibrado y que tampoco respeta los ciclos de la naturaleza; a costa de graves consecuencias para el sur global, de las que hablan los numerosos conflictos socio-ambientales activos en la región. La solución pasa por internalizar el problema, buscar otras soluciones y tomar conciencia de que tenemos que aprender a vivir con menos. El mundo debe seguir buscando esas soluciones basándose en la ciencia y en otros saberes; desde una ética bio-céntrica, protegiendo nuestros ecosistemas y, al mismo tiempo, profundizando en medidas de adaptación que garanticen una transición y transformación socio-ecológica.

Este llamamiento histórico está dirigido principalmente a la ciudadanía, que ha de volver al asociacionismo y los sistemas comunitarios basados en la solidaridad y la ayuda mutua para resistir en un escenario de cambio climático peligroso; y avanzar en la incorporación de conocimientos que proporcionen los elementos de autonomía en torno, por ejemplo, a la energía y la alimentación.

Afrontar la crisis climática y ecológica será el mayor desafío que tengamos como humanidad en el siglo XXI. La pandemia ha sido sólo una pequeña muestra de cómo la sociedad y el frágil e insostenible modelo de desarrollo piden ponerse en peligro, evidenciando la tensión entre el norte (desarrollado) y el sur global (subdesarrollado). Si no buscamos soluciones adecuadas a la realidad actual y abandonamos las ideologías del siglo pasado que nos han traído hasta aquí, el colapso puede ser inminente. De los gobiernos y de los ciudadanos depende la fuerza del golpe.

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