La silla presidencial peruana también está ‘embrujada’

En el Bicentenario de su independencia este 28 de julio, Pedro Castillo asumirá como el presidente del Perú por los próximos cinco años… si logra culminar su mandato. Tras las elecciones más polarizadas desde el retorno a la democracia, el profesor sindicalista inicia su gobierno en un escenario adverso: la ausencia de una bancada oficialista mayoritaria, la conformación de una mesa directiva del Congreso sin sus parlamentarios y la carga autoritaria del vínculo con Vladimir Cerrón (fundador de Perú Libre, partido con el cual se postuló).

Siguiendo un ánimo populista, Castillo cree tener un as bajo la manga para sobrevivir al ánimo vacador de la oposición: el pueblo. Sin embargo, tras recibir la banda presidencial con una aprobación menor que los presidentes electos anteriores, Castillo omite un detalle importante. Como diría el revolucionario mexicano Emiliano Zapata, la silla presidencial está embrujada: todos los gobernantes electos empezaron sus mandatos con niveles aceptables de aprobación, pero continuaron su gestión sin el respaldo ciudadano. Ni los presidentes del milagro económico peruano ni aquéllos con promesas de cambio lograron sostener su aprobación con el tiempo. A menos de la mitad de su periodo, ya se encontraban en problemas. 

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¿Por qué los presidentes son tan impopulares en Perú? Como indican Alberto Vergara y Aaron Watanabe, suelen llegar al cargo en una posición de debilidad y delegan la toma de decisiones a los tecnócratas neoliberales enquistados en el Estado desde el régimen autoritario de Alberto Fujimori (1990-2000). Así, como argumentamos en otro espacio, la fragilidad de la popularidad presidencial es un combo que se explica por i) incumplimiento de las promesas electorales sistémicas, ii) ausencia de un aparato partidario sólido en el Gobierno y iii) mantener un modelo económico neoliberal restrictivo. 

En primer lugar, los presidentes olvidan pronto sus respaldos electorales. Los gobernantes elegidos bajo promesas de cambio como Alan García (2006-2011) y el cambio responsable u Ollanta Humala (2011-2016) con la gran transformación giraron rápidamente el timón hacia la continuidad. Los elegidos desvirtuaron un principio básico de la democracia: ignoraron las demandas de quienes les permitieron llegar a Palacio de Gobierno. En el de Pedro Pablo Kuczynski (2016-2018), la desconexión con la ciudadanía se incrementó: no prometió cambios, se empecinó en que el país ingresara a la OCDE cuando sus votantes lo eligieron para cerrarle el paso al fujimorismo. Ni lo uno ni lo otro. Las elecciones y las promesas no tenían cabida una vez el presidente estaba en el cargo. De esta manera, en los últimos 20 años los peruanos eran como como Pablo Pueblo, ciudadanos decepcionados que miraban “las viejas papeletas que prometían futuros en lides politiqueras”. 

En segundo lugar, nuestros presidentes gobiernan sin un aparato partidario sólido que los respalde. Suelen llegar al Gobierno sin una bancada mayoritaria y, ante la ausencia de cuadros, confían en técnicos que cambian con rapidez. Desde AlejandroToledo hasta Kuczynski, pasando por el Apra (que era considerado un partido tradicional), todos han tenido limitaciones para mantener un aparato partidario que lo ayude a gobernar, a gestionar conflictos y vincularse a la opinión pública. Sin escuderos, el presidente está expuesto a la oposición y la crítica. Como muestra de la fragilidad presidencial y sus partidos, en la actualidad, todos los vehículos electorales para la Presidencia han perdido su inscripción. 

Finalmente, los presidentes electos han velado por la continuidad del modelo económico mediante el ‘piloto automático’ y el ‘chorreo’; es decir, apostar por el crecimiento con base en la exportación de materias primas, asumiendo que el desarrollo vendrá por añadidura. El milagro peruano ha continuado sin alterarse a pesar de sus síntomas de agotamiento. La preocupación central de los gobiernos por el ámbito económico se alejaba de las principales preocupaciones ciudadanas: la corrupción, inseguridad y mejores servicios públicos. Nos encontramos en la bonanza macroeconómica pero con malestar microeconómico, es un ‘crecimiento infeliz’ con altos niveles de informalidad y una frágil clase media sin protección social.


Si bien la literatura sobre comportamiento político revisa la personalidad del presidente y las coyunturas políticas como factores clave para la aprobación presidencial, en el caso peruano estos elementos son más detonantes (triggers) de una insatisfacción generalizada sobre la figura al frente del país. Una vez que una coyuntura te pone a prueba y fallas, es muy difícil recuperarte. Los presidentes son propensos al error y la tragedia final se produce. 

Las excepciones a la ‘silla embrujada’ son, precisamente, presidentes que no buscaron serlo en un primer momento: Valentín Paniagua (2000-2001), Martín Vizcarra (2018-2020) y Francisco Sagasti (2020-2021). Al asumir la banda presidencial tras una crisis política, éstos gozaron de altos niveles de respaldo popular con una agenda puntual. Paniagua asumió el cargo tras la renuncia de Fujimori y emprendió reformas institucionales para desmantelar los residuos del régimen fujimorista y la corrupción dentro del Ejecutivo. Vizcarra cimentó su popularidad en su lucha contra la corrupción y su confrontación con el fujimorismo. Sagasti prometió vacunas y elecciones transparentes…y cumplió, asegurándose ser el presidente que culmina su mandato con mayor aprobación.

Pero para incrementar sus hechizos, la aprobación presidencial no es garantía de estabilidad. A diferencia de sus pares latinoamericanos, los presidentes en Perú pueden ser vacados si la oposición cuenta con los votos para ello a pesar de ser populares. Mientras Iván Duque, en Colombia, y Sebastián Piñera, en Chile, han continuado en sus cargos pese a las crisis políticas y niveles críticos de desaprobación, el ex presidente Vizcarra fue destituido por el Congreso cuando contaba con 77% de aprobación.

¿Aprendizajes? En un Estado débil y sin partidos como el peruano, un combo mínimo ayuda: no prometas lo que no puedes cumplir y fija metas reales; rodéate de cuadros políticos que sean hábiles para construir coaliciones, pero también de técnicos comprometidos que puedan aterrizar las promesas; negocia con la oposición y comunica frente a la opinión pública. 

¿Correrá la misma suerte el profesor Castillo? El camino que le espera es extremadamente estrecho sin margen de error. La oposición (incluyendo a la derecha radical) le exige moderarse y abandonar sus promesas electorales. En el seno de su partido, el militante Castillo debe gestionar las tensiones con sus cuadros. En el medio, la agenda ciudadana está centrada en la pandemia y la reactivación económica, con cambios en el modelo en el horizonte. Gobernar en este escenario requiere de habilidades políticas y técnicas que hasta el momento no han sido expuestas por el mandatario (a 48 horas de asumir aún no ha conformado un Gabinete).

En resumidas cuentas, si en un mejor contexto los anteriores presidentes cayeron en los ‘embrujos’ del sillón presidencial, la apuesta de Castillo por el apoyo popular es incierta. En muy poco tiempo, el presidente deberá demostrar que el sillón no estaba embrujado. Pero en un país que tiene poca paciencia con sus mandatarios, el tiempo apremia antes que se repita el ciclo (tic, tac).

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