La ‘Ley Rider’, ¿’ad eternum’ o no?

Tras años de sentencias en tribunales a todos los niveles, un buen número de publicaciones académicas, huelgas en contra de las plataformas por parte de algunos colectivos de riders, numerosas protestas contra las propuestas de regulación por parte de otros colectivos de riders, meses y meses de negociación tripartita (donde algunos de los afectados se sintieron mal representados o excluidos), acuerdos, desacuerdos e incluso alguna traición entre bambalinas, ya está. Ya la tenemos aquí: la Ley Rider

¿Se resolverán ad eternum todos los retos del sector delivery y del trabajo mediante plataformas digitales gracias a su publicación y su entrada en vigor el próximo agosto? No lo sé, pero me inclino a pensar que no será así. Las protestas de hoy por parte de colectivos de riders pro-autónomos, así como los comunicados de la CGT y RidersXDerechos, evidencian que la ley no deja contento a casi nadie.

Si levantamos la cabeza ¿qué podemos aprender de los (pocos) países que ya han desarrollado legislación al respecto del trabajo mediante plataformas? ¿Una lección en común? Nadie ha acertado a la primera. Nadie lo tiene bien resuelto. En todos sitios hubo y hay problemas a la hora de poner las leyes en práctica. 

En California, desde 2019, han tenido un largo serial con la Ley AB5 hasta llegar a la actual Prop 22 que, tras una masiva campaña de lobby por parte de las plataformas, fue aprobada en referéndum durante las últimas elecciones presidenciales. Bajo la Prop 22, los ingresos medios de los trabajadores han bajado y la promesa de un mejor acceso a los beneficios ha quedado en nada. Las plataformas, con Uber a la cabeza, ya han iniciado movimientos para exportar la Prop 22 a Nueva York, Canadá e incluso la Unión Europea. A su vez, Marty Walsh, el nuevo secretario de Trabajo estadounidense, dijo la semana pasada que los trabajadores de plataforma deberían ser empleados y las acciones de las éstas bajaron en bolsa. Queda todo claro, ¿no?

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El panorama en Europa es igual de tranquilo y cristalino. En Italia, un decreto ley de 2019 ha permitido que grupos de riders con poca representación firmaran acuerdos colectivos con plataformas. Estos acuerdos han sido rechazados por el mismo Gobierno que los promovió de entrada. En Escandinavia, con una cultura laboral diferente, se ha optado por acuerdos colectivos (Noruega, Suecia, Dinamarca). El problema es que las autoridades de Competencia alegan que eso es una actividad anti-competitiva, ya que los autónomos son pequeños negocios y no pueden acordar precios. Es por ello que la Unión Europea ha abierto una consulta pública para dotar de más capacidad de negociación colectiva a los trabajadores autónomos.

¿De verdad creemos que vamos a hacerlo mucho mejor que todos estos países y vamos a acertar a la primera? Seamos humildes. Reconozcamos que somos y seremos novatos eternos debido a la velocidad de las innovaciones de base tecnológica. Nuestra habilidad para inventar nuevos productos y servicios sobrepasa de largo nuestra capacidad de desarrollar políticas públicas acertadas sin dar vueltas y vueltas.

¿Qué podemos hacer? Innovar en la propia forma de regular. Dejar de pensar en leyes ad eternum, que eran válidas para un mundo de cambios lentos, pero no para el cambiante entorno actual. Aprovechemos el interés político, social y mediático en el trabajo mediante plataformas digitales para que la regulación sea más ágil, para que podamos ensayar, equivocarnos y aprender más rápido en función de observaciones (‘sandboxing’), para que pongamos la tecnología a regular la tecnología. En el caso de los riders, ¿qué ha impedido ensayar en paralelo diferentes modelos en diferentes ciudades durante tres meses y comparar resultados? ¿Qué impide repensar el modelo de distribución de riesgos entre empleadores, trabajadores y la sociedad? ¿Pueden las plataformas digitales cotizar a la Seguridad Social para sus trabajadores, sean asalariados o autónomos genuinos, como ya se está haciendo en la India? ¿Qué nos impide aprender haciendo en vez de teorizando? 

¿Qué más podemos hacer? Cambiar la pregunta, que resulta ser una de las mejores maneras de innovar. En vez de enfocarnos en la respuesta a una cuestión (asalariados vs. autónomos), debiéramos primero saber si la pregunta que nos estamos haciendo es la correcta en relación al futuro del trabajo. Además, este ejercicio puede ser una manera de generar consensos al identificar los retos compartidos que valga la pena resolver de manera conjunta.

Podemos, por ejemplo, aprender de Taiwan y su herramienta Pol.is, que ayuda mediante crowdsourcing e inteligencia artificial a determinar aquello que es un reto importante para todos los implicados en un debate. Estoy casi seguro que podemos poner a todos los actores de acuerdo en que el sector del reparto en su conjunto (sea con asalariados, autónomos o incluso socios de cooperativas) es un sector esencial y precario; que todos los tipos de trabajadores deben tener una mejor protección; que la flexibilidad y la facilidad para empezar a trabajar que ofrecen las plataformas no puede ser a costa de la seguridad y los derechos laborales; que los trabajadores necesitan formación y seguros para hacer su trabajo y para entender el entorno laboral; que hay que eliminar el subalquiler de cuentas y las mafias que se generan; que hay que comprender a fondo los efectos del control algorítmico del trabajo sobre las personas y abrir el debate acerca de los derechos digitales en el ámbito laboral; que la fuerza laboral fragmentada en el tiempo y el espacio necesita de mejores mecanismos de representación colectiva, etcétera. ¿Nos enfocamos a explorar respuestas a estos retos? ¿No resultan preguntas más interesantes que una simple clasificación binaria y estática?

¿Estoy pidiendo un imposible? ¡No! Sólo que, en el momento de retomar el debate de la regulación del trabajo en plataformas (spoiler: tenemos aún para un buen rato), lo hagamos de manera innovadora e invirtiendo el tiempo necesario para saber qué preguntas son importantes y transformadoras. ¿Tenemos algún ejemplo próximo en el que inspirarnos? ¡Sí! El suscitado para abordar la semana laboral de cuatro días: con ensayos por parte las empresas y con apoyo de las administraciones para estudiar y comprender los efectos de esta idea.

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