La ausencia de América del Sur en la geopolítica global

(Este análisis fue publicado originalmente en ‘Americas Quarterly’)

Una vez más, América del Sur fue la gran ausente de la Conferencia de Seguridad de Múnich, que se celebró en febrero. Cada año acuden a esta cita los jefes de Estado y los ministros de varias partes del mundo para tratar los retos geopolíticos más urgentes. Brasil, que se encuentra entre las primeras 10 economías del mundo, fue el único país que no tuvo ni un solo representante en Múnich. Por su parte, Estados Unidos envió a 40 funcionarios, tanto actuales como antiguos, al otro del Atlántico. Entre ellos se contaban figuras importantes como Nancy Pelosi, John Kerry, Mitt Romney, Lindsey Graham, así como el secretario de Estado, Mike Pompeo, y el Ssecretario de Defensa, Mike Esper.

La ausencia de América del Sur ilustra y, al mismo tiempo, refuerza el estado de marginalización que padece esta región en la política de alto nivel. Y esto es perjudicial para todos. Primero, porque reduce la capacidad de los políticos suramericanos de anticipar, diseñar y adaptarse a los acontecimientos globales. Segundo, porque impide que los demás participantes tengan una comprensión más profunda de los asuntos globales que involucran directamente a América del Sur, principalmente el cambio climático y la migración, que estuvieron en el centro de los debates en la ciudad alemana.

La conferencia es un lugar donde ocurren movimientos diplomáticos y negociaciones de carácter privado, en relación con un gran número de crisis internacionales. Este año, por ejemplo, los líderes de Azerbaiyán y Armenia aprovecharon el encuentro de Múnich para reunirse en público por primera vez y discutir sobre el conflicto de décadas en Nagorno-Karabakh.

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Es también una plataforma para configurar la agenda global. Se produjeron debates intensos con Mark Zuckerberg, máximo responsable de Facebook; el presidente de Francia, Emmanuel Macron; la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el ministro de Asuntos Exteriores de China, Wang Yi. ¿Los temas? La tecnología y el futuro de la democracia, el 5G, el cambio climático y las consecuencias globales del Covid-19 (coronavirus).

La no asistencia de los políticos suramericanos también dificulta la creación de redes globales, sobre todo si se considera que la mayoría de los líderes de la región están en sus primeros periodos como presidentes y que aún no han desarrollado conexiones globales amplias. Del mismo modo, aumenta el riesgo de que la región sea sometida a unas reglas y normas mundiales en cuyo diseño ha tenido poca participación y que, no necesariamente, le traerán beneficios.

Al mismo tiempo, si tuviera lugar una participación más activa de América del Sur, se podría incrementar la relevancia de la propia conferencia en el escenario global. Múnich dedicó mucha atención a la crisis medioambiental y también a las implicaciones que podrían tener en la seguridad las migraciones y las crisis de refugiados. Ambos asuntos no podrían atenderse de manera adecuada sin considerar a América del Sur. Brasil, donde se encuentra el mayor bosque tropical del mundo, es fundamental en los esfuerzos contra el cambio climático. En una cena durante el primer día de la conferencia, los líderes militares de varios países debatieron sobre el rol de las Fuerzas Armadas en esta lucha. Sin embargo, no estuvo presente ni un solo general de los países que pertenecen a la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (Otca): Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú, Surinam y Venezuela.

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Lo mismo ocurre con la migración. La catástrofe humanitaria en Venezuela ha generado la segunda mayor crisis migratoria del mundo, con una cifra superior a los cuatro millones de refugiados el año pasado. De hecho, si la situación en Venezuela no mejora, el número de desplazados de ese país podría superar muy pronto al de sirios que huyen de la guerra civil. Pese a ello, no hubo nadie en Múnich que informara a los participantes sobre las maneras en que países como Colombia y Ecuador están haciendo frente a esta situación, y qué tipo de ayuda internacional podrían necesitar.

¿Por qué América del Sur ha sido ignorada en estos debates tan importantes? Una explicación es la ausencia de guerra y terrorismo interestatal (uno de los temas que se discuten con mayor frecuencia en Múnich), que ha creado la percepción de que los políticos de esta región podían dejarse a un lado. Sin las amenazas geopolíticas tradicionales, América del Sur recibe menos atención en el ámbito de la seguridad internacional que, por ejemplo, India. Otra posible razón es que, durante buena parte de las últimas décadas, las Fuerzas Armadas de la región han desempeñado un rol limitado en la política. Por lo tanto, es posible que haya habido renuencias a codearse con los líderes globales que, en ocasiones como la Conferencia de Seguridad de Múnich, aparecen en buena medida con uniforme.

Hay que decir que América del Sur no siempre ha estado completamente ausente. En 2016, el entonces ministro de Asuntos Exteriores de Brasil, Mauro Vieira, viajó a Múnich y fue objeto de preguntas sobre la capacidad del país para lidiar con el virus del Zika. Tres años antes, el ministro de Asuntos Exteriores Antonio Patriota estuvo en la portada del informe que se publicó en línea después de la conferencia de 2013, y fue (junto a Joe Biden, Sergey Lavrov y José Manuel Barroso) uno de los pocos que apareció con una mención específica en el resumen ejecutivo de las discusiones. México, por su parte, representó a América Latina al enviar una delegación a la conferencia de este año, y ha estado presente con más frecuencia en ediciones anteriores de este encuentro.

La ausencia de Brasil es aún más sorprendente si se considera que muchos de los responsables de las decisiones gubernamentales son generales retirados o activos, incluyendo al vicepresidente, al ministro de la Defensa, al jefe de Gabinete y al secretario de Seguridad Institucional; este último es uno de los asesores más poderosos del presidente. Pero, más allá de fortalecer la presencia de Brasil, los debates sobre la seguridad global y suramericana se verían beneficiados si un amplio grupo de altos funcionarios de América Latina (incluyendo a Argentina, Brasil, Chile y Colombia) tuviera un rol más activo en estas discusiones.

Después de todo, con el regreso de las grandes potencias políticas, el surgimiento de una guerra tecnológica global y las inmensas implicaciones que tiene el cambio climático en la seguridad, América del Sur no se puede permitir el lujo de observar los acontecimientos globales desde la barrera.

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