Kurz y la tentación del ‘Ballhausplatz’

En 2016 el partido conservador austríaco (ÖVP), socio del Partido Popular español en el Parlamento Europeo, se encontraba en horas bajas. En el llamado ‘complot de la Löwelbühne’, el entonces jefe de los ferrocarriles austríacos ÖBB, el dinámico Christian Kern, se hacía con el control del partido socialdemócrata (SPÖ), destronando a Werner Faymann y llegando a la Cancillería Federal. La izquierda moderada alcanzaba altas cotas de popularidad (por encima del 25% en intención de voto) y superaba con creces a los conservadores, que llegarían a mínimos por debajo del 20% bajo Reinhold Mitterlehner, vicecanciller federal. Si bien la derecha gobernó de la posguerra hasta los años 1970, desde entonces la república había estado en manos socialdemócratas, con excepción del experimento de Wolfgang Schüssel en los 2000 (durante siete años capitaneó una polémica coalición con el populista FPÖ de Jörg Haider). Una década más tarde, Mitterlehner dirigía una ÖVP envejecida, con el ‘Seniorenbund’ o club de jubilados como rama destacada, y veía cómo el retorno a la Jefatura del Gobierno se alejaba paulatinamente. 

Además, el FPÖ había moderado su discurso y su candidato Norbert Hofer conseguía llegar al 49,7% de sufragios en las elecciones a la Presidencia de la República de mayo de 2016, que perdió por los pelos ante el verde Alexander Van der Bellen. Estas cifras fueron leídas con extrema preocupación en la Lichtenfelsgasse, sede de la ÖVP.

¿Virar hacia la derecha o hacia la izquierda?

Legislaturas enteras de coaliciones con socialdemócratas dieron cancha a la competencia. En 2015, el politólogo Oliver Pink lo analizaba: «Las dificultades y el atasco del que intenta salir la ÖVP tienen también causas históricas. Han dejado demasiado espacio a su derecha para el FPÖ». Pink remachaba que «la ÖVP debe ocuparse del negociado del FPÖ legitimando sus políticas, moviéndose hacia la derecha y tomando las posiciones de los llamados liberalistas. Porque ¿qué alternativas le quedan a la ÖVP? ¿Virar hacia la izquierda?».

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Precisamente eso es lo que Angela Merkel hizo en Alemania en sus años al frente de la CDU, y le fue bien. En las coaliciones de gobierno con el SPD se aproximó sistemáticamente a las ideas de la izquierda; incluyendo cuestiones de ecología (con el accidentado abandono de la energía nuclear después de Fukushima), agenda social, acogida a refugiados, establecimiento de posiciones firmes en la lucha contra el antisemitismo y la discriminación, sumadas a la prohibición tácita a pactar con la populista Alternativa por Alemania (AfD); también en su etapa final durante la pandemia, en la defensa de la creación de mecanismos de deuda común europea, que permitan ayudar a la recuperación conjunta de los países miembros de la UE, en un gesto de vital importancia para países como España e Italia. 

Operación ‘Ballhausplatz’

En Austria, la estrategia fue la contraria. Una serie de notables de la ÖVP buscaron un revulsivo en una persona joven y con carisma, capaz de atraer a nuevos votantes con un discurso a la derecha que se antojara sincero y auténtico. Fue la operación Ballhausplatz, en alusión a la plaza que separa a la Cancillería Federal del Palacio de la Presidencia, ubicado en el complejo del Hofburg. Se impuso Sebastian Kurz, el joven ministro de Exteriores de 31 años. Previamente se había distinguido por sus políticas de integración como secretario de Estado en el primer Gabinete Faymann. Ahora, los inmigrantes eran percibidos de otra forma y las negociaciones con Europa serían más duras. 

‘Ballhausplatz’ fue un pacto de refundación del partido, con Mitterlehner como daño colateral. Lo cuenta, con cierta amargura, en su libro Haltung (Conducta, 2019). Los barones regionales otorgaron amplias cuotas de poder a Kurz, con carta blanca para re-centralizar y modernizar las estructuras, rodeándose de una guardia pretoriana de colaboradores de su generación. Con el tiempo, verían sus capacidades y lealtad recompensadas con relevantes puestos en el Ejecutivo. Kurz lo cambió todo, empezando por el logo, la denominación y hasta el color del partido (del tradicional negro a un estilizado azul turquesa). A cambio, le exigieron buenos resultados para garantizar la pervivencia del partido, la conquista de mayores cuotas de poder y, en última instancia, la supervivencia en los propios Länder, donde el FPÖ les pisaba los talones. Precisamente, Kurz planeaba una coalición con los liberalistas de Heinz-Christian Strache, con la idea de fagocitarlos a medio plazo desde el poder, como había hecho con Kern.

Funcionó. ‘Ballhausplatz’ fue una revolución y catapultó el partido 10 puntos hacia arriba, con intenciones de voto cercanas al 33%. Las encuestas mostraban a jóvenes de hasta 29 años votando mayoritariamente a ÖVP y FPÖ. La politóloga Camilla Kohrs definió el perfil del votante de Kurz como «hombre joven de derechas». La coalición con el FPÖ funcionó hasta que los sucesivos escándalos de éste, y en especial los llamados ‘vídeos de Ibiza’, hicieron saltar el Gobierno por los aires en 2019. Pero Kurz seguía en máximos históricos; incluso se aprovechó del desgaste del FPÖ y ganó cómodamente las elecciones, formando esta vez Gobierno con los verdes de Werner Kogler, con los que Kurz seguiría con su mano dura contra la inmigración, adoptando asimismo una agenda sostenible con ambiciosas medidas de promoción del transporte público.

La pervivencia de los ‘Volksparteien’

Lo que está en juego en las maduras democracias centroeuropeas es la pervivencia de los ‘Volksparteien’ o partidos mayoritarios, en sociedades polarizadas y con creciente fragmentación electoral. El debate ha vuelto con fuerza en Alemania después de la debacle electoral de CDU y CSU. Por razones históricas, se considera que un Volkspartei debe superar el listón del 30% de votos, y los cristianodemócratas quedaron lejos. Quizás por eso, el diputado de Hamburgo Christoph Ploss alababa recientemente a Kurz como antídoto contra la disgregación de los partidos conservadores-liberales. En la Alemania post-Merkel, CDU y CSU siguen renunciando a pactar con la populista AfD, aunque sumarían mayoría absoluta. Sin embargo, algunos delfines como Friedrich Merz abogan por un contundente giro a la derecha, empezando por la política fiscal. 

Kurz ha caído por presuntos escándalos de corrupción, malversación y manipulación de estudios, encuestas y artículos periodísticos relacionados precisamente con el proyecto Ballhausplatz. Es joven y le quedan años por delante. Quiere defender su inocencia y será recordado por flirtear con las «fronteras de la derecha», en la definición del Centro Federal alemán para la Formación Política (BPB). Hoy por hoy, el FPÖ de Herbert Kickl se ha convertido en un partido anti-vacunas, alejándole de la gobernación. En Viena, la coalición seguirá de momento, con Kurz en el Parlamento y la Cancillería en manos del flamante diplomático y aristócrata Alexander Schallenberg, figura llamada a garantizar la estabilidad y los nuevos Presupuestos.

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