Jornada escolar en la adolescencia

Recientemente, la revista científica Learning, Media and Technology ha publicado un artículo en el que se explica, con datos procedentes de muy diversas investigaciones, la conveniencia de que las clases de  Secundaria (en nuestro caso tanto de la ESO como del Bachillerato y de los Ciclos Formativos) y de los primeros cursos universitarios –siempre y cuando estén copados por menores de veinte años- empiecen a eso de las diez, diez y media u once de la mañana.

Hasta hace poco tiempo, se pensaba que los adolescentes se acuestan tarde –y, en consecuencia, llegan adormilados a la escuela- porque quieren ver la televisión, jugar con el ordenador, chatear, etc. Sin embargo, ahora sabemos que, desde el mismo comienzo de la adolescencia, se produce un cambio biológico en los patrones de sueño que se intensifica hasta el final de este periodo. Tal modificación implica la necesidad de dormir nueve horas diarias y de acostarse y levantarse más tarde de lo que se hace durante la infancia o la madurez. Para un adolescente, levantarse a las siete de la mañana es el equivalente a hacerlo a las cuatro y media para una persona de cincuenta años. El desajuste entre los horarios biológico y escolar perjudica la salud fisiológica, metabólica y psicológica de los jóvenes.

En la adolescencia se produce un importante cambio en la llamada Wake Maintenance Zone (WMZ) –que se podría traducir como la zona o franja horaria en la que alguien se mantiene despierto-. En esta etapa de la vida, la fase en la que se puede empezar a dormir se retrasa, arrastrando a una hora tardía la WMZ. Tal zona es lo que explica que la especie humana no pueda elegir dormirse antes de cierta hora, ya que el cerebro promueve el estado de vigilia. Este es, en definitiva, el motivo por el que los adolescentes no se duermen a la hora que la convención social desea.

Datos como los obtenidos en una investigación en Minneapolis, con una muestra de cincuenta mil alumnos de secundaria, no dejan lugar a dudas. La hora de entrada la escuela se desplazó desde las siete y cuarto a las nueve menos veinte. En las encuestas realizadas tras este cambio horario, los estudiantes declararon dormir una hora más que sus compañeros de distritos similares al suyo (frente a lo que se pudiera esperar, no se acostaban una hora más tarde). Además señalaron que mejoraron su puntualidad, sus calificaciones, su conducta y su humor. El 92% de los padres y madres estuvieron de acuerdo con el cambio e indicaban que sus hijos e hijas resultaban más tratables y que la familia dedicaba más tiempo a la conversación.

Fuera del ámbito académico, se ha observado que los conductores adolescentes (en Estados Unidos se pueden conducir coches desde los dieciséis años) se ven, con relación al resto de grupos de edad, desproporcionadamente más implicados en accidentes durante las horas matinales.

Estudios como los aquí indicados, y que cada vez son más abundantes, son un reto para nuestra rígida organización horaria escolar. Con los datos de que disponemos las clases de secundaria deberían empezar a las diez y media. En el caso de la Secundaria Superior –pienso, sobre todo, en los centros de Bachillerato-, retrasar tan solo una hora el comienzo de las clases –es decir, empezar a las nueve y media, por ejemplo- plantearía un problema similar al terremoto del falseado debate sobre la jornada escolar continua en la Primaria. Empezar a las nueve y media –no digamos nada si fuese más tarde-, implicaría finalizar la jornada a eso de las tres y media (o cuatro y media en los días o casos en que la jornada se prolonga). Esto supondría plantearse la ya casi irresoluble cuestión de la comida del mediodía. Si el almuerzo pudiera resolverse en una hora –o algo menos, aunque esto en España sería difícil y sabemos, tal y como lo explicaba hace poco el New York Times, de los riesgos de comer en poco tiempo- los profesores de Bachillerato podrían alegar que no desean lo que buena parte de sus compañeros de Primaria ya han rechazado. En fin, mucho me temo que el bienestar del estudiantado quedaría, como suele ser habitual, en un modestísimo segundo plano.

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