Inmigración: el concepto contención/desarrollo suena bien, pero es equivocado

Una invasión. Un derecho. Un crimen. Un drama. Un robo. Una oportunidad. Un criminal. Un muerto. El hijo de alguien… Nos pasamos la vida odiando o alabando las migraciones y todavía no sabemos de qué va la cosa. Y mientras los focos se centran en los gritos y las pelotas de goma, en las piedras y las pateras, en los muertos y en los que les dejan morir, se nos escapa de nuevo la oportunidad de entender el fenómeno migratorio y gestionarlo con inteligencia. Mientras tanto, los populistas, los simplificadores de la realidad, los mentirosos, juegan con las migraciones para avivar el odio y conseguir votos. Y si algo va a determinar el curso del futuro de nuestra sociedad, serán las migraciones: sus efectos hace ya mucho que trascendieron al propio fenómeno migratorio. Así que mejor que aprendamos algo.

Hace unos días, se presentó el informe de la Comisión Española de Apoyo al Refugiado sobre la situación migratoria en Canarias que tuve la oportunidad de escribir. En él se describe cómo están las cosas en España y Europa en un momento en el que, pese al ‘boom’ mediático, la presión migratoria en el continente y en España ha descendido de manera significativa; se relatan las principales causas del incremento de llegadas por la ruta canaria y se muestran las consecuencias del fracaso manifiesto en el sistema de recepción y acogida. El ‘Plan Canarias’, la respuesta institucional, es un ejemplo de manual de fracaso de política pública: no cumple con sus objetivos, obliga a retorcer o incumplir tu propia legalidad, no contenta a nadie y genera, además, externalidades negativas de difícil solución: discurso de odio, crispación social y polarización política. Pero lo peor de todo es que el ‘Plan Canarias’ es un síntoma de una ‘enfermedad’ mucho mayor: la política migratoria de España, y por extensión de la Unión Europea, es un despropósito en todo su ser. Y la prueba es la reciente visita del presidente Pedro Sánchez a Senegal y su cartera de propuestas para tratar frenarla.

Entender el fenómeno migratorio

A nadie se le escapa que la visita de Sánchez a Senegal está directamente relacionada con el incremento de llegadas de personas migrantes desde sus costas por la ruta atlántica. Hace unos meses, el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, visitó Rabat y todavía está pendiente una cumbre bilateral con Marruecos que se canceló en febrero. Su intención es que ambos países dediquen más recursos a contener las salidas y acepte los vuelos de deportación. A cambio, los marroquíes recibirán ayudas con el objetivo de generar desarrollo económico local. Esta política migratoria entiende las migraciones como el resultado de la combinación de dos factores: el ‘efecto llamada’ y la miseria. El primero se basa en entender que, si las condiciones en los países de destino son muy buenas para las personas migrantes y el tránsito es accesible, éstas se lanzarán al mar o harán lo que sea necesario para llegar. La miseria es aún más fácil de entender: si te mueres de hambre o vives amenazado, huyes. Con este análisis, la respuesta política es la que propone el Gobierno: contención y desarrollo. Hasta aquí todo bien. Suena fascinante; si no fuera porque todo está equivocado.

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El grueso de la evidencia científica sobre la materia demuestra que, por un lado, el efecto llamada no es determinante en la toma de decisiones para emprender las migraciones; y, por el otro, que la migración aumenta conforme lo hacen los niveles de renta de los países, hasta que éstos alcanzan el nivel de renta media. Respecto a lo primero, como han demostrado multitud de estudios, los principales determinantes para migrar están más vinculados a los factores que empujan a salir que a las barreras existentes en el tránsito y en la llegada. Y lo que es más importante: las medidas que se implementan para frenar las migraciones funcionan de manera bastante perversa. Si bien la literatura demuestra que las políticas de contención acaban por reducir las llegadas, también es cierto que en la mayoría de los casos se produce un efecto de cambio de ruta. Varios estudios demuestran la correlación entre cierre y apertura de nuevas rutas tanto en Estados Unidos como en la UE, con un añadido: conforme se complican las vías más accesibles, aumentan las muertes en el proceso migratorio.

Respecto a lo segundo, Michael Clemens, director de Migraciones del Centre for Gloval Development, demuestra que existe una correlación entre el crecimiento económico de los países con menos ingresos y un aumento progresivo de las personas que emigran. Es decir, en esos países el porcentaje de personas que viven en el exterior es de alrededor de un 4%; conforme éstos avanzan y alcanzan ingresos de renta media, el número de personas en el exterior aumenta hasta el 11%-12%; hasta un máximo medio de 11.000 dólares de ingresos per capita en paridad de poder adquisitivo, a partir del cual ese porcentaje empieza a bajar. La explicación se basa en la evolución de tres factores diferenciales: el aumento de la educación, el cambio demográfico y el cambio de una economía de base agrícola a otra de servicios son factores que promueven la emigración.

Gráfico 1.- Población emigrante en función del PIB ‘per capita’ en paridad de poder adquisitivo

Fuente: Clemens 2020.

Trasladado a nivel individual, este patrón se repite: a media que aumentan los ingresos de las personas, se incrementa la posibilidad e intención de emprender la migración. Esto quiere decir dos cosas: que conforme las personas más pobres aumentan sus ingresos crece su intención de migrar; y que esta mejora es condición habilitante para hacerlo. Ambas cuestiones alumbran una realidad obvia: las migraciones desde el continente africano tenderán a aumentar conforme lo haga su desarrollo, y la Covid-19 no hará más que incrementarlo.

No obstante, es importante destacar dos factores que condicionarán este aumento: por un lado, los distintos países emisores de emigración tienen diversas posiciones de partida, distintos tiempos y diferentes procesos de desarrollo, por lo que este aumento será paulatino y asimétrico; y, por otro, lo cierto es que las migraciones desde África no tienen como destino mayoritario Europa, según el ‘African Migration Report’, sólo un 26% acaba en nuestro continente.

Gráfico 2.- Distribución de migrantes residiendo en África y destinos de los migrantes africanos en el exterior

Fuente: ‘African Migration Report 2020’.

Todo esto nos lleva a pensar dos cosas: (1) que el aumento de vigilancia en la frontera exterior es una medida altamente ineficaz para frenar las migraciones en un continente tan extenso como el europeo (además de afectar a una mínima parte de los migrantes, ya que casi el 90% de ellos entrar por vía aérea); y (2) que la mejora económica de los países de origen aumentará los flujos migratorios. Es decir, que la propuesta que ha llevado el presidente Sánchez en su maletín para Senegal y Marruecos (contención en frontera y programas de desarrollo) es como intentar apagar un incendio con una manta mientras lo avivas con gasolina. Y lo que es peor, ese fuego está siendo agitado, además, para otros propósitos.

El discurso anti-inmigración, entre otros factores, está siendo determinante en el auge de partidos de extrema-derecha en todo el continente. En esta línea, los delitos de odio contra migrantes aumentaron en España un 20,9% de 2018 a 2019, y en 2020, con datos provisionales, continuaron creciendo. Una mala gestión migratoria afecta tanto a las personas migrantes como a la sociedad de acogida.

Entonces, ¿qué puede hacerse?

La mejor política migratoria es la que no se oye, no genera titulares y pasa desapercibida cumpliendo con sus objetivos; que deben combinar preceptos morales (el derecho a migrar), con otros más pragmáticos (aprovechar el potencial económico y social que aportan las personas migrantes). Siguiendo con la analogía del incendio, debemos disminuir la intensidad de la combustión y utilizar el fuego para cocinar; y que podamos comer todos.

Esto supone abordar tres cuestiones prioritarias: (1) habilitar mecanismos legales para la solicitud de asilo en origen que reduzcan la presión de las llegadas por vía irregular y que acaben con la paradoja de que las personas tengan que jugarse la vida para poder salvarla; (2) generar y profundizar las vías legales para la movilidad de trabajadores que permita, por un lado, aprovechar el talento de las migraciones y, por el otro, reducir también los riesgos de las rutas migratorias; (3) facilitar y flexibilizar el sistema de arraigo para que la legalización de aquellas personas que ya están contribuyendo de forma activa en nuestra sociedad puedan tener derechos de ciudadanía y disfrutar de sus derechos cumpliendo con sus deberes. Y todo ello debe hacerse incorporando las migraciones en el debate de la cooperación al desarrollo, siendo éste un instrumento más de la misma y una vía fundamental para fomentar el crecimiento de las economías empobrecidas.

Con esta visión, conseguiríamos a la vez un triple objetivo: disminuir la presión de la migración por vía irregular, aprovechar el potencial económico y social de la migración (éstos ya ni siquiera se ponen en duda en la literatura académica: ejemplos en España y en el mundo); y hacerlo todo de tal manera que las migraciones dejen de estar en el ojo del huracán por las razones equivocadas.

Y sí, aunque estas medidas son de competencia nacional, se necesita a Europa para que sean efectivas. Pero alguien tiene que liderar esto, tiene que darse cuenta de que las migraciones van a jugar una de las batallas más importantes en la batalla por mantener viva la democracia. Y por ahora estamos perdiendo.

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