¿Hecho en casa o ‘made in Spain’? La excepción catalana ante el espejo europeo

Fer possible la Catalunya pròspera”, ha anunciado Pere Aragonés como primer objetivo tras su elección como presidente de la Generalitat, dejando “la Catalunya lliure” para el final de la lista. Aunque se abren ciertas esperanzas en la pérdida de fuelle de lo estrictamente identitario como eje principal del conflicto nada garantiza, sin embargo, que una renovada preocupación por “la Catalunya pròspera y justa” no siga alimentando la tensión con Madrid. Así ha sido tradicionalmente: ya Prat de la Riba vino a decir que de nada servía dominar en tiendas y talleres cuando eran otros los que mandaban en los despachos, asumiendo la independencia como el trasunto natural de una superioridad económica que situaba a Cataluña a la vanguardia de la prosperidad europea. En la versión más extrema de esa posición, el “Espanya ens roba” sintetiza la convicción de que la secular prosperidad catalana se ve amenazada por un entramado chupóptero de poderes fácticos, normas y creencias (España) ¿Secular prosperidad catalana? ¿Una España que roba? Veamos.

Fuente: López Losa y Piquero Zarauz, 2021.

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Tenemos algunos indicios sobre la desigual trayectoria seguida por las regiones españolas durante los últimos 500 años, Cataluña entre ellas. La Figura 1 muestra cómo de fácil era para un trabajador poco cualificado cubrir las necesidades básicas de su familia en distintas ciudades europeas entre 1500 y 1800 (por debajo de 1 no las cubre). En contraste con las glorias comerciales de la Edad Media, hasta finales del siglo XVIII gran parte de la población de Barcelona vivía bastante peor que en las principales ciudades europeas de la época, Madrid y Sevilla incluidas. Ese contraste entre una economía mediterránea en declive y una castellana capaz de competir en la Champions League europea (con los esteroides de una Corte permanente desde 1561, desde luego) se invierte, sin embargo, en algún momento a partir de 1750. Ya entonces Castilla y Sevilla se alejan cada vez más de Europa mientras que Cataluña, Barcelona al menos, empieza a acercarse a ella. Tremenda ironía, por cierto, para esa Cataluña que hacía ya varias décadas que había perdido sus instituciones propias.

Fuente: Maddison Project, 2020, y Díez-Minguela, Martínez-Galarraga y Tirado-Fabregat, 2018.

Pero es en los últimos 150 años en los que esa Cataluña cada vez más europea se convierte en una realidad evidente (Figura 2). A mediados del siglo XIX la región inicia un despegue que le lleva a alcanzar, quizá incluso a superar, a otro gran polo español, Madrid y sus alrededores, en niveles de renta per capita. De hecho, ambas regiones siguen una trayectoria muy similar durante gran parte del siglo XX, reduciendo distancias con la vanguardia europea, especialmente desde los años 80. Una de cal para el derrotismo patrio: aunque sea muy loable querer llegar a ser Dinamarca, lo cierto es que Madrid es ya nuestros Países Bajos y Cataluña nuestra Inglaterra. Y una de arena: esos niveles de bienestar crecientemente europeos han ido paralelos a la aparición de una brecha cada vez mayor respecto a otras regiones españolas. Mal que nos pese, Teruel Existe y Soria ¡Ya! están también en ese gráfico.

¿Qué ocurrió entonces en algún momento entre 1750 y 1900? ¿Qué media entre una Cataluña que aún suspira por las viejas glorias comerciales y la pequeña Inglaterra que compite con Mánchester desde un Mediterráneo infame? ¿Qué punto ciego de apenas unas décadas se esconden entre estas dos figuras? La respuesta es tan inmediata como compleja: la industrialización, con sus maquinas hiladoras, sus máquinas de vapor y su carbón.

En 1848, el primer ferrocarril sale de Barcelona; en 1833, la primera fábrica textil en utilizar la máquina de vapor, Bonaplata, abre en la ciudad; en 1784, la primera máquina hiladora llega a Cataluña desde Francia. Estos hitos, que hacen de la región una excepción industrial muy temprana en todo el Mediterráneo, jalonan todo un camino que arranca en una Cataluña cada vez más integrada en el comercio internacional ya desde el siglo XVII y que concluye en la fábrica moderna, pasando por un incremento espectacular de la población, una agricultura cada vez más productiva y una proliferación de pequeños talleres domésticos por todo su territorio. Sin duda, el proceso no fue tan lineal como parece y hubo accidentes, retrasos y cuellos de botella (especialmente, la falta de carbón propio). Pero la realidad es que, hacia principios del siglo XX, Cataluña jugaba ya en la Champions europea como miembro de pleno derecho.

Resulta casi inevitable querer encontrar una explicación netamenente europea a un hecho como este: si Cataluña es la más europea de nuestras regiones en cuanto a sus resultados, tanto o más europeas deberían ser las fuerzas que los explicasen. En ese relato, Cataluña deviene una pequeña Inglaterra; la guerra del Segadors, el equivalente meridional (y frustrado) de la revuelta de las Provincias Unidas o, yendo aún más allá, los catalanes, un injerto cultural carolingio en medio de una excesiva satrapía greco-oriental. Aun siendo conscientes de que es sólo la estilización de la experiencia histórica de unos pocos países, ese modelo europeo avanzaría desde una geografía favorable y una distribución del poder igualitaria hasta la urbanización, la integración en el comercio internacional y una población educada y emprendedora. Como siempre, y en medio, instituciones, leyes y normas que mantienen siempre bajo control a oligarquías e intereses creados.

Ese relato, útil para dar sentido a la historia de países como Estados Unidos, Inglaterra o Países Bajos, se enfrenta a dificultades serias cuando queremos explicar la fábrica Bonaplata o el ferrocarril Barcelona-Mataró. Más allá de un conjunto de instituciones quizá más vigilantes del poder (“nosotros, que cada uno somos igual que vos y todos juntos más que vos, te hacemos Rey”, le decían los nobles de la Corona de Aragón a sus monarcas, más chulos que un ocho), que no es poco, ni la geografía, ni la distribución de la tierra, ni las normas familiares, ni siquiera el nivel de educación de la población catalana eran comparables, en los albores de la industrialización, con esas experiencias ‘europeas‘. Desde luego, el relato es sugerente, y qué duda cabe, capta algunos elementos relevantes; pero sus limitaciones son también evidentes.

Resulta poco natural, e incómodo para ciertas sensibilidades, introducir en ese relato de la Cataluña hecha a sí misma el apoyo decisivo de la Corona española en el largo camino a la industrialización. Los desvaríos centralistas, sus éxitos sobre todo, pervierten el relato tranquilizador de las instituciones autóctonas e inclusivas. Pero lo cierto es que con frecuencia fueron esos desvaríos, en forma de políticas comerciales e industriales así como de reformas institucionales, los que resultaron decisivos para hacer de Cataluña una excepción industrial a la vanguardia europea. El acceso al mercado nacional y colonial, la protección frente a la competencia extranjera o el debilitamiento de los poderosos gremios, componentes todos de un programa económico puesto en marcha por los primeros Borbones con desigual éxito, explican en gran parte el despegue industrial catalán. Y así precisamente lo entendió gran parte de las elites económicas regionales, que apaciguan sus demandas cuando el mercado crece y el Estado se pliega a su proteccionismo; y se enardecen cuando esto no ocurre. La anécdota: Antoni Bonaventura Gassó, secretario de la Junta de Comercio de Barcelona, publicará en 1816 un tratado de proteccionismo titulado España con industria, rica y fuerte.

Los puntos ciegos, ya lo sabemos, plantean dilemas que no pueden responderse de forma unívoca y abren la puerta a la ironía y a la exploración. Las limitaciones del modelo europeo para dar cuenta de por qué Cataluña se convirtió en la excepción industrial del Mediterráneo apuntan a una tensión aún más profunda entre dos formas de entender, históricamente pero también en la actualidad, la relación entre poder político y desempeño económico. Cada una de ellas enlaza con atributos esenciales del poder como palanca de progreso. Por un lado, sabemos que el bienestar material a largo plazo obedece a un círculo virtuoso de destrucción creativa en la que el ‘statu quo’ se ve amenazado a cada paso por los recién llegados. El poder, tal y como ya enunciaban los nobles aragoneses medievales, debe por tanto ser garante de diversidad y democracia. Con mucha frecuencia, sin embargo, es la descoordinación entre los intereses creados la que amenaza con taponar las fuentes de la riqueza. Y es entonces, precisamente, cuando la coerción estatal, como entendió Felipe V al abolir los fueros y privilegios, cobra mayor razón de ser.

Es en ese equilibrio inestable, en esa ironía, más que en explicaciones unívocas, en las que se ubica la respuesta a la excepción industrial catalana. Resulta casi sonrojante, por frustrante, por evidente, concluir que es en ese equilibrio inestable, en esa ironía, en la que nos seguimos moviendo. Reconozcámoslo.

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