¿Hay un problema de sucesión dentro del ‘chavismo’?

Algunos analistas y expertos en política venezolana suelen referirse al chavismo como un movimiento político con un proyecto que incluye, entre sus elementos fundacionales, la permanencia en el poder en lugar de la alternabilidad. Esta apreciación contribuye con frecuencia a alimentar el debate sobre los problemas de sucesión dentro del ‘chavismo‘, que comenzaron cuando se conoció la grave enfermedad de su líder fundador, Hugo Chávez, y que no se han zanjado, reanudándose cuando se acerca un evento electoral.

No cabe duda de que los tiempos han cambiado cuando se trata de predecir la dinámica política dentro de coaliciones en regímenes no democráticos; mucho más si se trata del espinoso tema de la sucesión. En el pasado, buscando rastros de esta experiencia, tenemos a la China de Mao, donde hablar de sucesión implicaba conjeturar sobre el comportamiento de un grupo cerrado, jerárquico y desconocido para el público en la búsqueda de una línea sucesoral. En la Unión Soviética, la ausencia de un procedimiento formal para la sucesión abría la posibilidad para que las tensiones propias del sistema (etnicidades coexistentes, reducción de movilidad social, desaceleración económica y altos costes energéticos) se señalaran como responsables de la desafección al sistema.

Después de Mao Zedong, fue Deng Xiaoping quien tomó medidas para evitar otro liderazgo personalista, imponiendo límites en el ejercicio de la Presidencia, así como en la edad para el Secretariado del Partido Comunista Chino. Sin embargo, en 2018, el PCC ‘recomendó’ levantar estas restricciones, dejando el camino abierto para que el presidente Xi Jinping permanezca en el poder después de 2023, cuando vencería su segundo periodo. En el caso de Vladimir Putin, y a diferencia de aquellos sujetos a una disciplina partidista, éste ha logrado evadir los problemas de sucesión propios de regímenes de naturaleza revolucionaria, primero gracias a su dupla con Dmitry Medvedev y ahora, por la vía legislativa, modificando los límites de términos consecutivos, ampliándolos a dos mandatos adicionales de seis años, por lo que se espera que permanezca en la Presidencia de la Federación Rusa hasta, al menos, 2036.

En nuestro hemisferio, el reto es particularmente exigente para aquellos regímenes que han contado con liderazgos carismáticos, como en Cuba y Venezuela. La sucesión de Fidel Castro y Hugo Chávez, como expresión de procesos políticos devenidos en culto a la personalidad, han mostrado una aparente transición sin drama luego del retiro de Castro y la muerte de Chávez.

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Uno de los grandes desafíos para regímenes no democráticos es la conservación del poder tras la pérdida de su líder carismático, haciendo necesario que exista una estructura capaz de garantizar la continuidad del proyecto político heredado. Bert Hoffman se refirió al paso del socialismo de Estado carismático a uno institucionalizado, como socialismo de Estado burocrático, para explicar la transición cubana después de la retirada de Castro; mientras que, en Venezuela, los cambios como respuesta a la crisis económica producto del colapso del mercado petrolero han dado lugar al madurismo, diferenciándolo del chavismo para así evitar su asociación con el pobre desempeño de Nicolás Maduro, el ungido por Chávez, quien fuera designado frente al otro aspirante, el conocido como segundo al mando, Diosdado Cabello.

La decisión de Fidel Castro de dejar las riendas del régimen de La Habana en manos de su hermano garantizaba la continuidad del liderazgo histórico (ideológico y militar) como pilares fundamentales de la revolución cubana. A diferencia del régimen soviético, en Cuba existía un reparto del poder, sumado al inobjetable rol de sucesor de Raúl Castro, que funcionó como un mecanismo inhibidor de luchas intestinas por desplazar al líder fundamental, porque la sucesión ya estaba resuelta.

En la decisión de Chávez, como Burling lo resumió mediante el ‘dilema de sucesión’, una vez que tuvo claro el pronóstico sobre su salud designó a un civil sin experiencia militar para que lo reemplazara, en lugar del ex capitán que le acompañara en la intentona golpista de 1992. El dilema de sucesión se presenta, de acuerdo con Burling, cuando el sucesor es evidente durante un extenso periodo, lo que supone el riesgo de promover un liderazgo débil; mientras que, de mantenerse la incertidumbre, esa sucesión acarrea con frecuencia luchas intestinas. Lo que hizo Chávez fue alargar la decisión hasta que fue necesario, justamente para evitar una lucha por el poder luego de su ausencia.

Tanto en el caso cubano como en el venezolano, la sucesión ha estado en manos de personajes que no pueden competir en el terreno del carisma. Por eso, la transferencia de capital político se limita a la infraestructura de poder, la institucionalidad burocrática que permanecerá a pesar de la ausencia de virtudes personales de quienes controlan el poder. En el caso cubano, la certeza de la sucesión de Raúl Castro resultaba incuestionable; tanto por el vínculo familiar como por la trayectoria revolucionaria. En el caso venezolano, la decisión de Chávez como testamento político hacía improbable cualquier acto contrario al deseo final del líder fundador.

La tesis sobre la fragilidad en el liderazgo del segundo al mando una vez producida la sucesión pareciera no cumplirse en los casos de Cuba y Venezuela. Hoffman plantea que Fidel Castro transfirió el poder para gobernar en Cuba a Raúl Castro, pero su liderazgo carismático fue legado a su heredero político, Hugo Chávez. Por su parte, Maduro ejerce las funciones de ejecutor del testamento político de Chávez, obligando a la coalición política a cerrar filas en momentos en que Venezuela vive una terrible crisis humanitaria.

El caso venezolano tiene amplias repercusiones geopolíticas y económicas, por lo que la definición de su liderazgo no solamente le interesa al país sino, además, a una región cuyos avances y retrocesos políticos se miden por la profundidad de su identificación con el ideario chavista. En las elecciones de 2018, Maduro fue candidato sin aparente oposición, porque la coyuntura política y económica así lo exigía: entre la política exterior de Donald Trump y su agenda para Venezuela, la caída de los precios del petróleo y el éxodo masivo de venezolanos el chavismo, una vez más, dio prioridad a conservar el poder.

Como señala Juan Manuel Trak, el mapa de las facciones políticas en el ‘chavismo’ da cuenta de un territorio lleno de complejidades, tanto en su ala civil como en la militar, donde la preservación del poder es lo crucial. El proyecto político dejó de ser una lucha ideológica, porque ahora de lo que se trata es de evitar, como sea, la rendición de cuentas. Eso hace que esperar eficiencia en las labores de gobierno no tenga sentido cuando lo que prima es la supervivencia política.

En medio de ese esfuerzo por conservar el poder, el Gobierno luce incapaz de hacer frente no sólo a los efectos de la pandemia sobre la población y a la renovada ola migratoria, sino, además, a las continuas amenazas a la soberanía en el territorio nacional. Sea en Caracas, con las bandas armadas que anarquizan a la ciudad, o en la frontera con Colombia, bajo el asedio de grupos guerrilleros atacando a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, con el Gobierno de Maduro (señalaba Andrei Serbin Pont) “Venezuela está caminando a ciegas hacia la fragmentación por los grupos armados”.

Esta crisis es probablemente el peor escenario para que se libre una batalla por el control del poder dentro del chavismo. El pulso por la Asamblea Nacional lo ganó Jorge Rodríguez, quien, a diferencia de Diosdado Cabello, combina el discurso beligerante con un trabajo entre bastidores para lograr el tan ansiado acercamiento con el Gobierno de los Estados Unidos. Aun cuando hay quienes se inclinan por la versión sobre la preparación en curso de un heredero, el propio hijo de Maduro, sobre el tema de sucesión hay otras aproximaciones.

Un régimen no democrático que desea permanecer en el poder debe evitar a toda costa una transición no controlada pues, como dice Helms, en contextos autoritarios, cualquier alteración del poder generalmente conduce a su fin. Por otra parte, tener reglas claras para resolver la sucesión contribuye a la sobrevivencia de los regímenes dictatoriales, evitando amenazas internas de golpes al reducir los incentivos para acciones violentas, siendo más eficiente una sucesión institucionalizada.

Ante el incierto futuro de la coalición en el poder, el chavismo en manos de Maduro depende de la decisión que tomen quienes verdaderamente sostienen al régimen. Los escenarios en cuestión, donde Maduro sigue al mando o donde éste se decanta por un sucesor, sea Rodríguez, Cabello o su propio hijo, son insuficientes para predecir el rumbo que puede tomar el país si la crisis humanitaria empeora o si, por el contrario, se producen cambios graduales como consecuencia de nuevos intentos de negociación de una salida política a la crisis.

El fin último del ‘chavismo’ es la preservación de su proyecto político: el control del poder. El esfuerzo de los que forman parte de esa coalición política está en contribuir a mantener al chavismo al mando, en alianza con el poder militar. En las actuales circunstancias, una fractura del régimen haría inevitable su separación del poder. El apoyo popular dejó de ser un requisito para el chavismo: Maduro, con un 82% de rechazo, no tiene otra preocupación que la de mantener esa coalición unida en su esfuerzo por evadir las consecuencias de la ruptura democrática. Éste es un escenario muy desalentador, lo que indica que, para hablar de una transición en Venezuela, toca primero pensar en cómo evitar la sucesión autoritaria.

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