González, Zapatero y Sánchez: de la Transición al multipartidismo

Poco antes de las elecciones autonómicas de 2015 y la reconfiguración de los parlamentos con el estallido de la nueva política, Felipe González, protagonista indiscutible de España incluso años después dejar la Presidencia del Gobierno, vaticinaba: “Vamos hacia un Parlamento italiano, pero sin italianos que lo gestionen”. España tardó en experimentar la fragmentación política, con la consiguiente y controvertida transformación de los liderazgos.

El paso del sistema bipartidista imperfecto a uno multipartidista, la aparición de Twitter como nueva esfera mediática o la implantación de las primarias como primera legitimación del liderazgo han modificado nuestro ecosistema político. Bajo este nuevo prisma social y de medios, la configuración y elaboración de los discursos han cambiado.

La ciudadanía reclamaba a la clase política nuevas demandas: entre otras muchas, la aplicación de técnicas que asegurasen una mayor democracia interna en los partidos, la asunción de responsabilidades y rendición de cuentas de los representantes públicos, mecanismos de vigilancia para evitar casos de corrupción. Más allá del 15-M, se pedía a los poderes públicos, en especial a las formaciones políticas, una mayor sensibilidad ante los problemas sociales, una cercanía cuantificable entre el Parlamento y la calle. El señalamiento a los grandes partidos, que no podían canalizar el descontento social de la crisis económica, con consignas como ‘No nos representan’, ‘Democracia real ya’, ‘no hay pan para tanto chorizo’ o ‘PP, PSOE, la misma mierda es’ incidía especialmente en el PSOE, ya que la aparición de Podemos estuvo a punto del sorpasso en escaños como líder de la izquierda. Por ello, la tesis de que ha existido una evolución del discurso político tiene como principal baluarte el propio comportamiento de los socialistas, partido clave en el bipartidismo y que ha tenido que reinventar su propio liderazgo para acompasarse al cambio de la sociedad española.

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Durante la reciente etapa democrática española, el PSOE ha experimentado tres de los grandes liderazgos políticos que ha habido, con sus diferentes características y consecuencias mediáticas y políticas. Contando desde su llegada a la Secretaría General del PSOE, cabe destacar que los liderazgos de Felipe González (de 1974 a 1997), José Luis Rodríguez Zapatero (2000-2012) y Pedro Sánchez (desde 2014 hasta la actualidad) han recorrido tres épocas en las que han desempeñado un papel clave y cuyo discurso ha sido uno de los instrumentos para llegar al poder.

Para los liderazgos exitosos, debemos tener en cuenta la etapa de presentación del candidato ante la opinión pública, en la que se forjan las bases de ese liderazgo y en la que el partido o plataforma electoral tienen una misión fundamental. La segunda es la de consolidación, en la que la imagen del político ya ha evolucionado hasta crear una concepción entres la ciudadanía.

En estos tres casos, es la fase en la que ejercen la Presidencia del Gobierno, cuando los aciertos o errores del Ejecutivo son concebidos como obra directa de su máximo responsable. La Transición fue para González su presentación como candidato, en la que la mitificada chaqueta de pana y el uso de ‘issues’ más ideológicos evolucionó claramente a partir de 1979 y el abandono del marxismo como concepto definitorio del partido. En el caso de González se confirma la tesis de que los discursos de los presidentes, por mucho que conserven las grandes banderas ideológicas, son el instrumento definitivo para reflejar un giro en el rumbo del Ejecutivo. González recogió el estado de la opinión pública, que pedía modificaciones en la acción gubernamental tras 10 años en el poder, en el discurso de investidura de 1993. “El cambio sobre el cambio” fue capaz de incorporar esas demandas y revalidar por última vez el Gobierno ante una Cámara diferente.

Zapatero se convirtió en adalid de la generación del PSOE, dando paso a una nueva generación en plena crisis de la socialdemocracia. Sus legislaturas serán recordadas (obviando la crisis económica) por la conquista de nuevos derechos como el matrimonio homosexual, la ley de dependencia o la ley de igualdad. La adopción de las demandas identitarias establecería el electorado de los socialistas a partir de entonces, especialmente en las segundas elecciones generales de Zapatero, que se mantuvo en el poder gracias a un escoramiento a la izquierda y a pesar de perder voto por el centro.

La convulsa consolidación de Sánchez como candidato es el máximo exponente de cómo la vida orgánica de los partidos y las primarias internas actúan como legitimación del liderazgo, en una suerte de bautismo continuo como político elegido de entre el pueblo frente a una élite corrupta. Los liderazgos buscan una legitimidad diferente a la de las urnas en unas generales y están presentes en los propios procesos internos y de configuración de pactos post-electorales.

Como vemos, la aparición de la nueva política y la consiguiente configuración del escenario parlamentario consiguió que el discurso se viera afectado por las nuevas demandas de democracia interna en los propios partidos y, también, por un mayor consenso en la propia acción de los ejecutivos.

Un ejemplo sería la continuada referencia, en el discurso de la moción de censura, a su retirada de la política por oponerse a un Gobierno del Partido Popular y las circunstancias que acompañaron a esa decisión. Destaca en esa ocasión, y con motivo de la necesidad de pactos con distintas fuerzas parlamentarias, la apelación al consenso y a los objetivos que tienen en común en sus proyectos políticos.

En el ámbito de la comunicación política, cabe destacar la moción de censura como gran ejemplo de cómo afecta la influencia de las redes sociales y la inmediatez comunicativa a nuestro ecosistema político. El Parlamento se ha trasladado a Twitter y, desde los programas especiales sobre jornadas históricas, vemos cómo los diputados siguen la sesión a golpe de tuit. El debate de la esfera mediática, caracterizado por seguir a representantes que debaten de forma pública en redes sociales ha transformado el discurso, incorporando los cambios en la opinión pública de manera inmediata. Basta con observar cómo el lenguaje de las intervenciones se simplifica para consumirlo, memes sobre el bolso de Soraya Sáez de Santamaría marcan una moción de censura o diputados socialistas reivindican al colectivo LGTBI con camisetas con un logo diseñado por Vox.

Como conclusión, puede afirmarse que, aunque la lucha por el liderazgo de la izquierda quedó resuelta tras la llegada del PSOE a Moncloa tras la moción de censura, sí hay una mirada permanente hacia su izquierda. El recurso de los grandes asuntos que sustentan las propuestas socialistas está presente en el discurso de los presidentes, aunque incorporando nuevos temas como el feminismo, el ecologismo y una mayor transparencia en las demandas.

Analizando los discursos de investidura de González, Zapatero y Sánchez se adivina el deseo de comunicar ante la Cámara y el conjunto de la sociedad un perfil presidenciable. Impera la estela del ‘gobernar tanto para los que le han votado como para los que no’. Especialmente, puede destacarse esta moderación en el plano económico y en el de la reforma de la Administración. Aun así, los distintos líderes socialistas han conservado los grandes asuntos que se le reconocen como eminentemente propios (defensa de la socialdemocracia, europeísmo, feminismo, ecologismo) aunque sí son permeables a las variaciones del contexto socio-político y, como factor preponderante, a la relación de fuerzas con los partidos independentistas en el asunto catalán y vasco.

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