Gana Sánchez y deja a Cataluña en su laberinto

A menos que quisiéramos tomarnos en serio las expectativas con las que jugaron los diferentes partidos durante la campaña electoral –y eso no sería serio–, las elecciones al Parlament de Cataluña del 14 de febrero arrojan muy pocas sorpresas; y ni siquiera eso debiera ser sorprendente.

Aparentemente, la principal novedad es que el PSC pueda reivindicarse ganador de unas elecciones al retener la primera posición en escaños (empatado con ERC), algo que no logró Pasqual Maragall en su mejor momento, a pesar de que Salvador Illa haya obtenido un porcentaje de votos más propio de los tiempos de su predecesor Raimon Obiols en los años 1980s, cuando Jordi Pujol recibía más apoyos de los que hoy pueden sumar los herederos de CiU y ERC juntos.

Pero en escenarios políticos fragmentados y de partidos empequeñecidos (se consolida el sistema de pluralismo polarizado en Cataluña, donde nunca hubo tantos partidos tan representados, como ilustran los gráficos adjuntos), no debemos sobrevalorar las victorias por puntos, puesto que lo importante son las victorias relativas: ¿quién ha reforzado su posición frente a los demás? Sin duda, quien no se presentaba a las elecciones pero ha condicionado su resultado final, Pedro Sánchez.

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Si bien no había ninguna duda sobre el mantenimiento de la mayoría parlamentaria del independentismo, y del hundimiento de Ciudadanos en el bloque contrario en beneficio del PSC, Sánchez-Arquímedes ha rendibilizado la pequeña palanca de que disponía para mover la política catalana: con su arriesgado movimiento, ha reparado el desgaste en aquella parte de su Ejecutivo donde sí tiene plena autoridad (el Ministerio de Sanidad), deja en cuadro a la oposición en el Congreso, atempera el auge de ERC sin descabalgarla, y desordena tanto como puede los parámetros con los que los dirigentes políticos catalanes deberán organizarse en los próximos años, una vez superado el procés. Si no puede resolver lo de Cataluña, al menos la dejará enmarañada en su ensimismamiento por un tiempo.

Para desenredar esa madeja, ERC deberá comenzar reafirmando su autoridad conseguida, lo que debería conllevar necesariamente hacerse con el dominio del Ejecutivo, y ésa será la otra gran novedad del 14-F: los herederos de Jordi Pujol perderán la Presidencia de la Generalitat, que otorga el liderazgo moral de ese espacio y, con ello, la palanca con la que han estado controlando los tiempos durante los últimos 10 años, para disgusto de ERC y los demás; aunque quizá eso ya empezó a suceder con Quim Torra… y de ahí estos resultados tan relativamente pésimos para Junts, y que podrían haber sido perfectamente evitables con una gestión más políticamente profesional de la Presidencia (como sugerimos aquí).

El dilema de Junts es crítico: ¿puede permitirse pasar a la oposición, o convertirse en el subordinado de un partido del que le separan apenas 30.000 votos? Las coaliciones entre competidores iguales son cualquier cosa menos estables. Siendo un nuevo partido que, en su versión puigdemontista, no ha conocido el frío de la oposición porque se ha creado desde el poder, parece difícil que se atreva a poner en riesgo esa protección privilegiada. Siendo, sobre todo, un instrumento para aplicar la estrategia de tensión por parte de Puigdemont, es obvio también que cualquier acuerdo debería pasar por que éste mantenga influencia en la interlocución que Junqueras, Aragonés mediante, podrá tener ahora oficial y directamente con La Moncloa.

Además, Junts necesitará retener influencia y presupuesto en la Generalitat para asegurar una mejor gestión de la absorción de los cuadros territoriales del PDECat; precisamente esos cuadros que podrían darle de nuevo el liderazgo independentista en unas próximas elecciones. Por todo ello, Junts no tiene ningún incentivo para dejar el Gobierno, pero tampoco para rendirse a la moderación.

Pero ERC sí. Su apuesta pragmática ha sido premiada por su electorado, para el cual la independencia ha dejado de ser un imperativo inmediato. La existencia de una mayoría alternativa, tan inviable como verosímil, y la gestión de los indultos en los próximos meses son argumentos suficientes para que ERC evite probablemente las provocaciones centrifugadoras de ‘Junts’. Saben que, en poco tiempo, Junqueras puede volver a ser libre mientras Puigdemont sigue marchitándose en Waterloo. Además, ERC es un partido con organización y, por ello, mucho más a salvo de las urgencias personales de los outsiders que se están haciendo con las riendas de Junts. Para ello, ambos contrincantes necesitan tiempo; pero ERC, además, estabilidad.

Y Sánchez puede dársela; por ejemplo, tolerando una coalición en minoría entre ERC y En Comú Podem. Como habíamos advertido aquí, Illa vuelve a Cataluña para evitar excentricidades disonantes para Moncloa más que para gobernar en el corto plazo, algo para lo que apenas tenía opciones. No cabe esperar técnicas de nueva política en su etapa como jefe de la oposición, sino más bien prácticas del manual de toda la vida. En ese sentido, la recuperación del PSC es el primer paso necesario, aunque por sí mismo insuficiente, para reconducir la brecha creada por el procés

¿Por qué el PSC se ha recuperado allí donde parecía extinguirse hace sólo tres años? Ciudadanos ascendió sobre la promesa de ejercer como tribuno de muchos catalanes –de ideologías muy diversas– que se opusieron a la independencia porque simplemente no estaban de acuerdo con la acumulación de impugnaciones que alimentaba el procés: la impugnación de las identidades compartidas (se acabó ser un sol poble), la de las formas procedimentales de la democracia (ante el triunfo de la voluntad de la mayoría) y la de la herencia pujolista y maragalliana tras décadas de autonomía política. El independentismo tenía sus razones para ello, pero no la fuerza suficiente para que éstas prevalecieran. 

Pero los resultados en Cataluña sugieren que Ciudadanos acabó fallando en esa representación tribunicia de los olvidados por el procés, porque de hecho sucumbió a las mismas retóricas de sus oponentes: pareció a menudo poco respetuoso con la identidad del adversario, abusó discursivamente del uso de los procedimientos (acá, Estado de derecho) para responder a un conflicto de naturaleza política más que criminal, y siempre metió en el mismo carro a todos los referentes del catalanismo que, en realidad, suelen ser a menudo opuestos y divergentes. De hecho, ésa fue la gran contradicción que Ciudadanos nunca supo resolver: desacreditar el procés al contraponerlo con el autonomismo precedente y, a la vez, despreciar esa herencia. ¿Quería Ciudadanos restablecer la normalidad pre-procés o quería construir algo radicalmente nuevo, como también pretendía el procés? Más que un ‘efecto Illa’, el 14-F ilustra el defectuoso modo de emplear, por parte de Ciudadanos, el liderazgo moral que llegó a alcanzar en media Cataluña.

Para muchos votantes, parece que Illa y el PSC parecen responder mejor a esa expectativa de pacificación, aunque tampoco sabemos mucho más (cómo, cuándo, con quién). Lo que sí sabemos es que no será discordante con lo que se decida en Moncloa, donde Cataluña es sólo un vector de un escenario amplio y más complejo para los próximos años, y no necesariamente el más exigente.

De hecho, el nuevo escenario en Cataluña deja más incógnitas en Madrid que en Barcelona, fruto de los incentivos contradictorios que surgen para el Gobierno de Sánchez. 

Por un lado, la mayoría de Sánchez gana cohesión, pero debilita su sostenibilidad. El PSC asegura la línea pragmática que Sánchez viene desplegando en Cataluña desde que llegó al poder. Y quienes más podían influir para cambiar esa línea (sobre todo, Ciudadanos) han sido parcialmente remplazados por los socialistas. A ello hay que sumar la creciente dependencia de Podemos de su posición gubernamental (cada polémica interna no es otra cosa que un reflejo de su necesidad de reforzar su presencia dentro, y no fuera, del Ejecutivo) y los mencionados argumentos para que ERC siga apuntalando la mayoría parlamentaria, que favorecen la concertación de terceras fuerzas (Bildu, BNG, PNV…).

Pero, por otro lado, el sorpasso de Vox (como resultado de la crisis de reputación del PP) deja el centro-derecha en plena ebullición en la política española. Esto aviva la oposición polarizante entre la mayoría gubernamental y Vox; aunque, igualmente, el socavón por el centro seguirá alimentando expectativas para que el PSOE trate de recuperar espacio moderado que se le resiste. Ante esa disyuntiva, cabe preguntarse si el contexto actual permite ir mucho más allá en la agenda de diálogo con Cataluña.

Tampoco debe sobre-interpretarse la irrupción de Vox: siendo las elecciones catalanas la última etapa del ciclo electoral español de 2019, resulta consecuente que Vox obtenga representación en aquel territorio que le sirvió como trampolín argumental para desplazar a Ciudadanos en el Congreso. Pero Vox también adolece, aún más si cabe, de las mismas limitaciones que los ‘naranjas’: débil implantación territorial y débil desarrollo de su organización, a lo que hay que añadir la fragilidad de sus liderazgos y de sus retóricas programáticas

Por todo ello, las principales consecuencias de Vox, de hecho, no se darán en Cataluña, sino lejos: ahora, todos sus adversarios saben que Ciudadanos está en riesgo de implosión inminente, y se acelerarán las cábalas sobre el destino de sus votantes. De las cuentas que se hagan algunos, especialmente en Madrid y Sevilla, sabremos si hay nuevas citas electorales en los próximos meses. De momento, también saben que la gestión de la pandemia no conlleva necesariamente costes electorales: Illa y ERC lo demuestran. Eso es bueno para Ayuso y Bonilla, no tanto para Casado, aunque es de interés mutuo para todos ellos apuntalar a este último y su esfuerzo por compaginar posibilismo y oposición dura, como argumentábamos aquí

Es ese contexto en el que se deberá articular la gobernabilidad de Cataluña durante las próximas semanas. El ‘procés’ ha acabado y la mayoría independentista permanece, aunque ahora algunos de sus líderes disponen de mayor apoyo para reconstruir un discurso que haga compatibles los dos argumentos. Cabría esperar el mismo esfuerzo al respecto por parte de los narradores y de los hacedores de la política española. Las ingenuidades no se admiten en ningún caso.

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