Estados Unidos y su identidad perdida

No es casual que la investidura de Joe Biden como presidente de Estados Unidos haya servido para colocar la democracia y su necesario cuidado bajo el reflector de la conversación pública. Lo ocurrido desde el día de la elección hasta el 20 de enero evidencia la victoria del populismo sobre las instituciones. El bochorno del asalto al Capitolio confirma que el germen populista yace todavía en una parte importante de la sociedad norteamericana. La guerra entre el populismo y la democracia no acaba en una batalla; la pugna es constante y no augura un fin inmediato. Con la victoria de Biden y el nuevo Gobierno, el populismo no ha desaparecido; simplemente ha cambiado de forma, de condición. Por tal motivo, sería mejor no desestimar una de las últimas sentencias del presidente saliente, Donald J. Trump: «Este movimiento acaba de comenzar».

El populismo consigue su victoria cuando el espacio social se encuentra dicotomizado. Ahí, la política no se limita solamente a las estructuras de la Administración Pública, a las instituciones, sino que la política termina por permear la dinámica social. Entonces, consigue el camino hacia la totalidad que le es natural, logra hiper-politizar a los ciudadanos y termina por conquistar la polarización que necesita para imponerse con legitimidad. En este sentido de lo social, el populismo apunta a dar la batalla cultural. Específicamente, una de sus grandes banderas es la construcción de identidad.

El muro de Trump es un pequeño ejemplo. Disminuyendo el peso del argumento sobre su necesidad para detener la violencia, representa sobre todo un argumento que clama la protección de una identidad que tiende a desdibujarse. El muro representa esa frontera antagónica definida por Laclau (2005) y que termina por separar al pueblo, al verdadero pueblo, de los agentes que atentan contra la unidad y homogeneidad de ese pueblo, definido por el líder populista. Por tanto, el éxtasis de las bases más fieles a Trump con respecto a la construcción del muro se produce más desde el discurso que desde su propia construcción. El muro es un dilema y asunto de carácter discursivo y emocional. Es la oportunidad para ratificar que ellos (inmigrantes) no pertenecen a nosotros (pueblo americano).

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Otra frontera antagónica es el Congreso. Su asalto es la muestra más tangible, ciertamente irracional y desmesurada, de una parte de la población norteamericana (el 45% de los republicanos ha aprobado la acción vandálica) que simplemente considera a los políticos tradicionales como corruptos; que asume que la institucionalidad (propia de la democracia y enemiga del populismo) está corrompida y que, por tanto, no hay más opción que romper esa frontera y asumir la Justicia motu proprio.

Levantar y poner de relieve el antagonismo, desde la noción populista, representa una oportunidad para fortalecer una visión concreta de lo que debiera ser la propia identidad. El planteamiento no es reciente; ésa es precisamente una de las grandes cruzadas que afronta Estados Unidos; no a partir de Trump, tampoco a partir de Barack Obama, sino desde hace décadas.

Un estudio del Pew Research Center reveló que tres cuartas partes de los votantes de Biden y el mismo porcentaje de los votantes de Trump coinciden en algo con respecto a sus opuestos: «No sólo tenemos diferentes prioridades en lo que respecta a la política, sino que tenemos un desacuerdo fundamental sobre los valores estadounidenses más trascendentales». Los números muestran dos caras antagónicas de un mismo espejo, o lo que pretende ser una sola nación. La diferenciación (natural, e incluso necesaria de cualquier contexto sociopolítico) se ha alimentado y reafirma en este caso un carácter antagónico. En este marco, la diferencia, lejos de buscar el consenso, parece ceder y rendirse ante la comodidad del enfrentamiento. El aparente reconocimiento del otro en una de las sociedades y democracias aparentemente más avanzadas del mundo presenta evidentes síntomas de fatiga. Ahí ondea su bandera el populismo.

En la década de los 80, el talentoso estratega político Lee Atwater afirmó que los ciudadanos votan, sobre todo, por sus miedos, no tanto por sus esperanzas. La tesis, aunque parezca muy simple o con poco fundamento, cobra legitimidad en la Norteamérica actual. El miedo, ese peligroso sentimiento que a priori definimos como una emoción que paraliza, en la política puede ser un disparador que anima a la movilización y, por desgracia, a veces a la violencia. Ese miedo reposa tranquilamente en la polarización. Ambos candidatos se aprovecharon de él y dibujaron el apocalipsis si perdían las elecciones. Las consecuencias son recogidas también por Pew: las abrumadoras mayorías de los partidarios de Biden y Trump (9 de cada 10 en ambos casos) dijeron que una victoria del otro candidato conduciría a un daño duradero a la nación.

Lo social entonces encauza el debate político, estimula aún más el involucramiento ciudadano y, finalmente, provoca una mayor conciencia de lo público, que si se estudia desde el punto de vista electoral, es evidente que tendrá sus consecuencias. La hiper-politización, entonces, termina por ser reflejo directo y de mucho valor en la dicotomía. Como recoge el portal latinus.us, al menos el 66,7% de los estadounidenses con derecho a voto participó en las elecciones, la tasa más alta desde 1900, cuando ese índice fue de 73,7%.

Sobrevolando la tentadora polvareda de lo visto en las últimas semanas, somos testigos de diversas afirmaciones que consideran que el mayor reto del nuevo presidente de los Estados Unidos será sanar las heridas, volver a unir a los norteamericanos, aplacar la división de dos bandos irreconciliables. En ocasiones, las conclusiones se extraen como si el presidente Trump fuera el único y gran culpable de esa enfermedad social y política llamada polarización. Ciertamente, el magnate presidente alimentó el antagonismo, pero no ha sido su creador. Trump ha sido, sobre todo, el reflejo y consecuencia de un problema más profundo y difícil de abordar que subsiste y permanece en la dimensión social, donde el populismo precisamente pervive.

Sin duda, desde el poder la responsabilidad para procurar la unidad se hace más urgente. Es comprensible, e incluso necesario, que la demanda hacia los servidores públicos para ensamblarla se genere desde los medios, desde la propia sociedad civil, desde los mismos agentes que dinamizan el espacio social. Pero si la búsqueda del reencuentro y la tarea en pos del fin del antagonismo se reducen al podio que sirve a los poderosos, a la ley aprobada en las instituciones públicas y al decreto firmado desde la Sala Oval, es decir, se confina a lo partidista e institucional y no se promueve también a partir de lo social, la división seguirá vigente, las grietas sociales permanecerán en el tiempo y la unidad de esa nación se limitará a existir, únicamente, en la etiqueta que refleja su propio nombre.

En un trozo de la realidad donde lo visible son dos polos antagónicos, el espacio existente entre esos dos componentes se representa en una sola cosa: la nada. Allí, lamentablemente, parece habitar la identidad consensuada (finalmente inexistente) del pueblo norteamericano. El problema no es la diversidad (blancos, negros, latinos, asiáticos, rurales y urbanos, conservadores y liberales), sino la falta de consenso, la comprensión del otro y la aceptación real, más allá de lo políticamente correcto, del que no piensa igual.

Cuando el deshielo de esos dos polos tenga lugar, en ese momento podremos hablar de la búsqueda genuina y sincera de una identidad; de una identidad diversa, por supuesto, pero finalmente encontrada. Y precisamente en ese momento, la dicotomía dentro del espacio social tenderá a la extinción y el populismo verá amenazada su legitimidad y, en último término, su propia existencia.

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