España-Kosovo, una política ‘exterior’ contraproducente

Cómo lidiar con la antigua provincia serbia de Kosovo ha sido uno de los asuntos más espinosos en el Palacio de Santa Cruz en los últimos 13 años. La política principal de España con respecto a Kosovo, en sus 13 años de independencia, ha sido la de no hacer política. Evitar en cualquier cumbre, reunión, foro o plataforma verse las caras con políticos o diplomáticos kosovares por temor a que esto pudiese significar un reconocimiento de facto del país balcánico. La última demostración de la posición española ha sido el encuentro de fútbol que enfrentó a ambos el 31 de marzo en Sevilla.

En la víspera y durante el partido, la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) y Radiotelevisión Española (RTVE) se refirieron a Kosovo omitiendo cualquier denominación que pudiese implicar su reconocimiento como Estado. De esta manera, términos como “territorio de Kosovo” o la utilización de las siglas de este país en minúscula crearon estupor y resignación tanto en Kosovo como en redes sociales. Las dos instituciones españolas parecieron recibir instrucciones explicitas de Exteriores para evitar cualquier designación de Kosovo como Estado. Y en una situación cuanto menos ridícula, los comentaristas de Televisión Española utilizaron términos distintos a los utilizados para los jugadores de la Roja.

Este acontecimiento ilustra la política española respecto de Kosovo a la perfección, pero no representa un acontecimiento aislado. Eventos absurdos como éste se han venido repitiendo desde la declaración unilateral de independencia (DUI) de Kosovo en febrero de 2008, tanto en el ámbito deportivo como en el político. La hemeroteca ha dejado momentos verdaderamente desatinados, como la ausencia de Mariano Rajoy en una cumbre UE-Balcanes Occidentales en Sofía en mayo de 2018 –donde Serbia estuvo presente– o la no asistencia en otras reuniones a nivel europeo donde Pristina ha participado, por miedo a un reconocimiento explícito de Kosovo.

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La posición de España es, sin embargo, contraproducente. Siempre ha intentado hacer el menor ruido posible y evitar Kosovo a toda costa para eludir cualquier tipo de reconocimiento explícito que pudiese dar alas al independentismo catalán o vasco. Sin embargo, con acciones como las vividas durante el partido entre los dos países, o las ausencias en foros internacionales, España ha conseguido todo lo contrario. Estas posiciones, además de llamar la atención y despertar críticas, dan alas a los independentismos, que han intentado en reiteradas ocasiones hacer uso de la DUI kosovar para legitimar la independencia. La última ocasión ha tenido lugar a raíz del partido entre Kosovo y España, donde ERC y JxCat han preguntado al Gobierno en el Senado sobre el encuentro retransmitido por RTVE.

Cabe preguntarse si una política más inclusiva con Kosovo es posible, ya no sólo para ser más solidario con el pequeño país balcánico, sino para despejar cualquier analogía entre Kosovo y los nacionalismos inter-territoriales en España. Otros países no reconocedores de la UE han tenido un mayor compromiso con Kosovo dentro de la política del no reconocimiento y España podría aspirar a seguir sus pasos.

La disyuntiva del reconocimiento

La DUI de Kosovo el 17 de febrero de 2008 dividió a las potencias internacionales. Por un lado, Estados Unidos, Canadá, Australia y la mayoría de los países de la UE lo reconocieron, mientras que Rusia, China, Brasil, la India y cinco países de la UE –Eslovaquia, Rumania, Chipre, Grecia y España– declinaron reconocer a la antigua provincia serbia.

El Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero justificó el no reconocimiento de Kosovo mediante el Derecho internacional. Según el Ejecutivo, la DUI proclamada en Pristina lo violó de manera flagrante. Aunque esta razón siempre se ha cogido con pinzas, sería absurdo excluirla. El Gobierno del PSOE había llegado al poder en 2004 como defensor enérgico del Derecho internacional, después de la inmersión de España en la Guerra de Irak. Sin embargo, la mayoría de los analistas políticos justificaron la decisión de no reconocer a Kosovo en los nacionalismos existentes dentro del territorio español.

Por aquel entonces, el problema no era tanto Cataluña, sino principalmente el País Vasco. La independencia de Kosovo tuvo lugar en un ambiente enardecido, justo antes de las elecciones generales de marzo de 2008, donde tanto los partidos nacionalistas como la oposición del PP presionaron al Gobierno socialista para que reaccionara ante la independencia de Kosovo. Esto fue visto como un asunto peliagudo por el PSOE, que veía como un posible reconocimiento de Kosovo podía provocar una pérdida de votos y, por tanto, fracasar en los comicios generales. El asunto no era ni mucho menos baladí. El por entonces titular de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, pidió a las autoridades kosovares retrasar la declaración de independencia hasta pasadas las elecciones generales. Dilación que no llegó a materializarse.

En los años siguientes, ha quedado demostrado que los nacionalismos han tenido un mayor peso en las razones para no reconocer a Kosovo; especialmente, durante los dos últimos gobiernos del PP, que han llevado a cabo una política más agresiva frente al país balcánico, votando en contra de su acceso a organismos internacionales como la Unesco, Fifa o Interpol, al mismo tiempo que el movimiento independentista en Cataluña ha tomado mayor fuerza.

Además, la decisión de la Corte Internacional de Justicia de 2010, que afirmaba que la DUI de Kosovo no violaba el Derecho internacional, ha puesto en evidencia que las razones de España tienen que ver más con el aspecto territorial que con el Derecho internacional. En cierta manera, mostrando una política más agresiva respecto a Kosovo, mientras que el procés estaba en su cenit, el Gobierno de turno ha caído en una analogia indirecta entre los dos casos, por muy descabellada e inaceptable que sea esta equiparación. Comparación, que, no obstante, ha estado motivada siempre por el uso partidista de la vía de la DUI de Kosovo por parte del independentismo catalán y vasco.

Aunque el Partido Popular ha sido generalmente más belicoso con Kosovo, la posición del no reconocimiento ha sido un asunto de Estado y el PSOE tampoco ha dado el brazo a torcer. A nivel europeo, se ha repetido la misma sonata. Cuando Kosovo ha progresado en la integración europea lo ha hecho con el beneplácito de España, que se ha asegurado de que cualquier acuerdo entre Kosovo y la UE no socavaba su posición frente a Pristina y tampoco representaba un reconocimiento explícito.

Un mayor compromiso sin necesidad de reconocimiento

El Gobierno de Pedro Sánchez ha reiterado su compromiso de reconocer a Kosovo siempre y cuando éste llegue a un acuerdo con Serbia para su reconocimiento. Sin embargo, no parece que este acuerdo vaya a tener lugar en un futuro cercano, ya que Pristina y Belgrado se encuentran en las antípodas políticas y Serbia no tiene ningún incentivo para hacerlo. Por tanto, la posición del Ejecutivo español no se moverá un ápice hasta que haya un acuerdo.

Mientras tanto, España tiene margen de maniobra para desarrollar una política mucha más inclusiva con Kosovo. El Gobierno español puede mostrar un mayor compromiso y llevar a cabo una diplomacia constructiva, sin necesidad de reconocerlo como Estado.

España tiene en Grecia o Eslovaquia un espejo donde mirarse. Puede tomar ejemplo y facilitar la concesión de visados a ciudadanos kosovares, así como buscar acuerdos en el ámbito cultural y económico, promoviendo el intercambio de culturas entre los dos países. Por ello, no entorpecer encuentros deportivos debiera ser una política a seguir.

España debe entender que el no reconocimiento de Kosovo y mantener unas relaciones amigables pueden ir de la mano. Este viraje podría, además, acallar de una vez por todas cualquier voz independentista que busque una comparación entre los dos casos, reiterando que cualquier símil entre Kosovo y Cataluña es inadmisible.

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