En Argentina funciona la polarización, pero falla el contrato social

En breve, se celebrarán en Argentina las elecciones legislativas de medio término que renuevan por mitades la Cámara de Senadores y por tercios, la Cámara de Diputados de la Nación. Estos comicios dará la justa medida de la polarización política argentina, cuando quede conformado en el Congreso el verdadero equilibrio de fuerzas.

La convocatoria se produce en medio de las crisis que, a nivel mundial, ha provocado la pandemia de coronavirus, pero además desnuda una crisis propia de representación de los partidos políticos argentinos, que no es otra cosa que la falta de confianza de la ciudadanía en estas estructuras, que habrían perdido la conexión con sus votantes

Parece que la ciudadanía argentina está convencida de que la grieta es un invento nacional, algo que sólo ocurre en nuestro país y que explica, caprichosamente, nuestro declive o nuestra grandeza. Pero no es así: lo único que hemos hecho ha sido ponerle un nombre distinto (grieta) a un fenómeno que existe en todas las democracias modernas.

Las ideologías existen y también las polarizaciones ideológicas, y en ellas anidan distintos marcos narrativos y cosmovisiones de la sociedad que tarde o temprano se van agrupando y formando los grandes bloques que ordenan la política: del centro a la derecha y del centro a la izquierda.

En los últimos años hemos asistido a un reordenamiento de nuestro sistema de partidos. La transición de un modelo político (casi) bipartidista en el que convivían dos grandes partidos (radicalismo y peronismo) a otro bi-coalicional no es una mera diferencia semántica. Las formaciones tradicionales comparten una identidad ideológica, una mística partidaria y acuerdos mayoritarios en sus alineamientos programáticos. Las coaliciones, todavía jóvenes en Argentina, no logran engrasar los términos básicos de sus contratos. 

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En 2015, Mauricio Macri asumió la Presidencia prometiendo la unión de los argentinos. Cuatro años más tarde, Alberto Fernandez propuso en su discurso de asunción la convocatoria a un “nuevo contrato de ciudadanía social” fraterno y solidario, apelando a la unidad, dejando de lado rencores y odios. Desde la necesidad de persuasión en campaña electoral, estas enunciaciones sirven de herramientas para la construcción de los necesarios consensos que aportan claridad en el rumbo y los objetivos. ¿Pero por qué no funcionan?

La empresa no es fácil en un país dividido en dos. Estas divisiones que llamamos grieta no son nuevas para los argentinos/as, ni es una sola. Hace ya un siglo, a fines de la década de 1920, surgieron las antinomias entre nacionalistas y liberales en la última etapa del segundo Gobierno de Hipólito Yrigoyen.  Más adelante, las posiciones peronistas y anti-peronistas se convirtieron en clivajes que, aun hoy, le sirven a la teoría política para explicar los comportamientos electorales en Argentina.

Más recientemente, ‘kirchnerismo’ y anti-‘kirchnerismo’ han reinstalado el paradigma de ‘civilización o barbarie’. Con la crisis de 2001, estalló el sistema de partidos y su primer efecto fue el reordenamiento del peronismo y el surgimiento del kirchnerismo que, entre 2003 y 2007, monopolizó la discusión pública. Algunos referentes kirchneristas soñaban con “20 años de gobierno popular”. Pero esa realidad nunca estuvo destinada a durar demasiado.

En 2008, la crisis del campo dio a luz a una nueva identidad política: el anti- kirchnerismo. En esa confrontación empezaron a aparecer los primeros elementos que terminaron construyendo el marco político contra los Kirchner, que tardó algunos años más en consolidarse como identidad política competitiva hasta que, en 2015, demostró su capacidad para construir mayorías sociales. Desde entonces, el país parece encontrarse en una disputa salvaje entre esos dos polos, que a veces logran aglutinar mayorías e imponerse en las elecciones hasta que, algunos años después, sus oponentes logran reconstituirse nuevamente. Las identidades políticas permanecen, pero las mayorías son efímeras.

En un trabajo de investigación de opinión pública realizado a nivel nacional, finalizado hace escasos días, un 56,8% de las personas encuestadas manifestaron ser anti-‘kirchneristas’, frente a un 26,5% se declararon ‘kirchneristas’. El 43,9% se manifestó anti-macrista. ¿Estaremos asistiendo a un nuevo clivaje? En todo caso, el fenómeno más significativo es que la ciudadanía está atrapada en una lógica anti, peligrosa para la convivencia democrática.

En las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (Paso) de septiembre asistimos a una de las elecciones más polarizadas desde el regreso de la democracia: el 71,5% del electorado votó a una u otra de las dos coaliciones que delinean hoy el sistema político con fuertes antagonismos y marcadas diferencias ideológicas. Para más inri, ninguna de estas coaliciones puede promover la unidad interna en sus espacios respectivos.

Los resultados adversos para el oficialismo en las primarias no sorprendieron a nadie, pero dejaron al descubierto las divisiones y discrepancias internas que debieron dirimirse antes de las elecciones. La bienintencionada necesidad de mostrar unidad desnudó la disconformidad de los dirigentes interesados en disputar espacios de poder internos. La madurez llegará cuando los distintos espacios que la conforman acierten en negociar antes las diferencias y en dejar de impostar gestos de unidad que se desvanecen en el aire ante el primer obstáculo.

¿Sólo nos queda resignarnos en una dirigencia que parece no saber cómo llevar adelante políticas de Estado, sobre todo aquellas vinculadas con el crecimiento económico? ¿O veremos a la antigua cultura presidencialista resistir para recordarnos que, sin liderazgos fuertes, hasta la mejor coalición fracasa?

Resulta complicado para el oficialismo gobernar con más del 67% que desaprueba su gestión y, más aún, afrontar una campaña con una imagen negativa de todos sus dirigentes superior al 65%. Las oposiciones se encuentran siempre en un lugar más cómodo: no tienen la responsabilidad de responder por los errores cometidos y pueden sacar réditos de los ajenos. Sin embargo, la desaprobación de la ciudadanía hacia los principales referentes de Juntos por el Cambio también tiene diferencial negativo. 

No obstante, es interesante ver cómo es la misma sociedad la que modera ese debate. Cada vez que uno de los sectores ha pretendido monopolizar la escena política desde una postura totalizadora, las urnas han empoderado al otro. El kirchnerismo sufrió la derrota en 2015; el anti-kirchnerismo, en 2019. El péndulo social regula la medida en que sus actores apuestan por radicalizarse sin haber articulado aún respuestas a la sociedad.

Cuando el 71% de argentinos y argentinas encuestados coincide en apoyar un gran acuerdo nacional para que las principales fuerzas políticas dialoguen sobre temas fundamentales del país, el único camino es el diálogo.

Quizás el problema no sea la existencia de los dos grandes bloques ideológicos, ya que puede afirmarse que es saludable para la vida democrática. El problema es que ambos bloques sean incapaces de reconocerse mutuamente y establecer las reglas del juego en las que competir y turnarse en el poder. La retórica constante de destruir al enemigo que ambos sectores de la grieta emplean sólo radicaliza y destruye las posibilidades de convivencia democrática.

Sin embargo, hay una ecuación que se cumple siempre y en casi todos los países: a mayor crisis social y económica, mayor será la polarización política. La tan mentada grieta lesiona la estabilidad democrática porque generalmente sirve para ganar elecciones. De esta forma, los partidos tensionan a la opinión pública para forzar una decisión electoral, pero dificultan así el logro de los consensos democráticos y ponen en cuestión la legitimidad de los gobiernos.

Entonces lo único que queda, la única posibilidad de construir un sistema que funcione, es apostar por la convivencia. La grieta no tiene por qué ser poco funcional como sistema político, pero es necesaria cierta madurez y voluntad política de los actores.

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