Empleo verde, transición justa y mujeres

Mucho se ha escrito sobre las mujeres, la equidad de género y la emergencia climática. Ya sabemos que el impacto del cambio climático en las ellas es mayor que en los hombres, debido a los diferentes roles sociales y económicos de unos y otras. En la mayor parte del mundo, las mujeres sufren marginación laboral, económica, política y social, tienen menor acceso a recursos financieros y materiales y, asimismo, son las que se llevan la peor parte de los impactos provocados por el cambio climático. Además del cuidado, el hecho de que muchas mujeres en el mundo sean responsables de la provisión de alimentos y combustible para los hogares hace que estén desproporcionadamente afectadas por las inundaciones, las sequías o los huracanes, que no dejan de aumentar cada año y que están directamente vinculados al calentamiento global.

Algunos datos son particularmente llamativos. Según datos del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, el 80% de las personas desplazadas por estos eventos climáticos extremos son mujeres. Por otra parte, en momentos de crisis, ellas son mucho más propensas a abandonar el mercado de trabajo: aproximadamente 1,7 veces más que los hombres. Dejan su empleo para dedicarse, sobre todo, a la supervisión de niños, hogar, enfermos y otras tareas de cuidado, tal y como ha demostrado la crisis provocada por la Covid-19. En Estados Unidos, por ejemplo, una de cada cuatro mujeres perdió su empleo durante la pandemia debido a la falta de servicios para el cuidado de niños, mientras que a nivel global, 130 millones de niñas abandonaron la escuela durante este periodo pandémico por diferentes circunstancias muy vinculadas a la pobreza.

Las desigualdades entre hombres y mujeres relacionadas con el empleo son fundamentales para entender por qué las mujeres están en una situación de mayor vulnerabilidad. Por un lado, tenemos las diferentes estructurales, muy difíciles de cambiar en el corto plazo. Según las estimaciones de la Organización Internacional de Trabajo (OIT), la diferencia de salario, indicador clave para medir la desigualdad de género, es del 20% de media, llegando en algunos países hasta el 45%. De seguir como hasta ahora, el Fondo Económico Mundial estima que se tardarán 135,6 años en cerrar esta desigualdad.

Según un estudio de empleo verde en Reino Unido, la diferencia de salario entre hombres y mujeres en los sectores verdes es más del doble que en los convencionales más contaminantes. Todo esto se da a pesar de que el nivel educativo medio de las mujeres en los sectores verdes en este país es mayor que el de los hombres: el 51% de ellas tienen educación terciaria, frente a 39% de los hombres.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

Estas brechas se repiten en la presencia de las mujeres en estas actividades, cuyo desarrollo es fundamental para tener alguna posibilidad de evitar el aumento de temperatura global de 2ºC, tal y como advierte el reciente informe publicado por el IPCC. Algunos datos explican mejor esta brecha. Uno de los sectores más relevantes para la acción climática es la producción de energía de fuentes renovables. En este sector, las mujeres están sub-representadas y suponen el 32% del empleo total, y sólo un 22% tiene puestos de trabajo en sectores técnicos relacionados con la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas (STEM en inglés). El resto tiene empleos administrativos, peor pagados que los primeros.

La desigualdad es particularmente visible en los espacios donde se toman las decisiones: las mujeres en sectores como la eólica o la fotovoltaica no son más del 8%, en este nivel. De acuerdo a un estudio publicado por Irena, “las mujeres encuentran constantes obstáculos para acceder al mercado laboral, permanecer en éste y progresar en este sector”. Las percepciones de los roles de género y los prejuicios relativos a las capacidades de las mujeres en actividades técnicas son algunos de los principales obstáculos.

Otra de las trabas que afrontan las mujeres en el sector renovable son las desigualdades salariales y los requisitos de movilidad y de horarios complicados, que no propician la conciliación personal y laboral. Como resultado, tienen difícil llegar a puestos de liderazgo. Teniendo en cuenta que se estima que existirán casi 30 millones de nuevos empleos en este sector en 2050, es absolutamente necesario tener en cuenta esta situación de desigualdad.

Otro dato interesante que muestra la brecha de género en el acceso al empleo verde proviene de América Latina y el Caribe. Según el estudio publicado por Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la OIT en 2020, más del 80% de los 15 millones de nuevos empleos netos que se pueden generar en el proceso de ‘descarbonización’ en 2030 en la región estarán en sectores donde hoy los hombres son mayoría; lo que implica que las mujeres no se beneficiarán de estas oportunidades, a no ser que se tomen medidas para abordar la actual segregación de género por ocupación. 

En este contexto, cada vez hay más voces que llaman a que las políticas ambientales y de empleo y los programas que fomentan una transición justa hacia la sostenibilidad tengan una mirada de equidad de género mucho más fuerte. Y que, de manera decidida, se impulse esa equidad en el acceso al empleo verde y se fomenten medidas que aseguren la igualdad salarial entre hombre y mujeres en los sectores claves para abordar la emergencia climática. No es posible que la transición verde fomente la justicia social sin abordar las brechas estructurales de género.

Otro punto importante, cada vez más mencionado, es extender la noción del empleo verde más allá de la energía renovable, la movilidad, la industria verde, el cuidado de espacios naturales o la construcción sostenible y centrar la mirada en sectores donde las mujeres son la mayoría (salud, cuidado y educación por ejemplo); que son, además, esenciales para la agenda climática.

¿Qué se puede hacer al respecto? Primero, reconocer el problema y hacerlo central en el proceso de recuperación verde en el que España y Europa están embarcados. Después poner en marcha una serie de medidas de cierre de brechas. Una alianza entre los ministerios de Transición Ecológica y de Trabajo –ambos con mujeres a la cabeza– sería fundamental para lograrlo. Algunos elementos clave: eliminar los estereotipos de género vinculados al empleo y fomentar la formación de las niñas y mujeres en los sectores ganadores de la economía verde, ya sea en educación superior como en formación profesional.

El trabajo activo del sector empresarial es imprescindible. Dos medidas importantes son que las empresas comprueben, por un lado, si existen prejuicios inconscientes dentro de sus estructuras que bloquean el avance de las mujeres en ciertos puestos, ya sea técnicos o de liderazgo, y que, por otro, pongan en marcha programas que fomenten la contratación de talento femenino. Los programas de fomento del liderazgo femenino, de mentoring y apoyo mutuo, creación de redes profesionales son particularmente útiles para las mujeres jóvenes.

Finalmente, es importante tomar en consideración la visión de las mujeres y fomentar su participación e incidencia política en la definición de programas y presupuestos de sectores estratégicos para la agenda climática: política energética, planes de movilidad, programas de reducción de la contaminación y fomento de la producción de alimentos sostenibles. Su visión, conocimiento y experiencia enriquecerán el debate y promoverán medidas hacia la equidad de género. De no tomarse estas medidas drásticas, corremos el riesgo de avanzar en la agenda de la economía verde y la lucha contra el cambio climático pero agrandando la brecha de género, dejando atrás a las mujeres y fomentando una sociedad aún más desigual. 

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