El ‘viento de levante’ y el papel de los partidos

Comenzaré por lo de Murcia, aunque mucho me temo que el grave problema que evidencian los acontecimientos que allí se desencadenaron no se circunscribe a esta pequeña región mediterránea. Como sabe perfectamente el lector, el frenesí político de estos días tiene su epicentro en la presentación de una doble moción de censura acordada por Ciudadanos y PSOE para arrebatar al Partido Popular el Gobierno regional y la Alcaldía de la capital murciana, en los que manda desde 1995. Lo más curioso del caso es que estos dos partidos contaban ya con la mayoría necesaria (23 de 45 escaños en la Asamblea) para haber mandado al PP a la oposición en ambas instituciones (en el Ayuntamiento, con la ayuda de los dos concejales de Podemos, sumando 15 de 29) dos años antes, tras las elecciones de mayo de 2019. En aquel momento, los de Albert Rivera decidieron mantener a los populares en el poder, aunque fuera con la necesaria ayuda de Vox en la Asamblea Regional (16 escaños del PP, seis de Cs y cuatro de Vox). Los naranjas entraron en ambos gobiernos por vez primera.

¿Qué ha ocurrido ahora para que el partido de Inés Arrimadas haya decidido romper sus compromisos y aliarse con los socialistas para hacerse con ambos gobiernos? La justificación que han esgrimido tiene dos componentes: por un lado, se ha hablado de la corrupción de los populares, aunque no se ha llegado a concretar en ninguna denuncia concreta más allá del presunto descubrimiento de una práctica extendida de fraccionamiento de contratos públicos desde el Ayuntamiento murciano. Se trata, por cierto, de un comportamiento del que ya venía sospechándose desde tiempo atrás y del que no se ha apuntado a ningún responsable con nombre y apellidos.

Por otro lado, el segundo elemento para justificar la operación ha sido el escándalo conocido como Vacunagate, la vacunación irregular de altos cargos de la Consejería de Sanidad del Gobierno regional. Aunque en este caso se trata de una conducta verdaderamente criticable, resulta que su máximo responsable ya asumió la responsabilidad de lo ocurrido mediante una dimisión forzada por la presión de Ciudadanos. Además, a su salida le siguió el relevo de los principales altos cargos de la Consejería. Por tanto, no se puede decir que los argumentos para romper con los compromisos adquiridos para toda la legislatura y, más aún, para derribar a un Gobierno en plena gestión de una pandemia atroz sean aplastantemente sólidos.

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Este episodio ya habría sido suficiente para retratar a unos partidos y una clase política que parece vivir absolutamente de espaldas a las principales preocupaciones que tienen los ciudadanos y que, en lugar de esforzarse en solucionar problemas, parece empeñarse en complicarlos. Pero, de nuevo, como es sabido, este terremoto dio lugar a una sucesión de réplicas asombrosas y que constituyen una evidencia incontestable del problema señalado. En efecto, momentos después de conocerse la presentación de las mociones de censura en Murcia, la presidenta madrileña se apresuró a aprovechar la oportunidad que esto le brindaba de consolidar su poder en su Comunidad, disolviendo la Asamblea y convocando elecciones para el 4 de mayo. Lo hizo incluso tras recibir garantías por parte de los líderes regionales y nacionales de Cs de que la operación murciana no iba a tener ningún paralelismo en Madrid.

Aunque en épocas de normalidad se podría aceptar que la jugada de Isabel Díaz Ayuso era una muestra de astucia, el contexto actual convierte el hecho de empujar a los madrileños a ir a las urnas en una auténtica irresponsabilidad. Pero no fue la única irresponsable. Mientras la presidenta se apresuraba a disolver la Asamblea, los grupos parlamentarios socialista y de Más Madrid se lanzaron a presentar sendas mociones de censura, aprovechando el río revuelto. Los socialistas repitieron también la jugada en Castilla y León, con la esperanza de que las tensiones internas en Cs les permitieran acceder al Gobierno de la Junta. Como vemos, toda una serie de jugadas estratégicas en cadena que hacían las delicias de los ‘spin doctors’ respectivos; si no fuera por la pandemia y todos los graves problemas asociados a la misma. Y, aun así, no terminó ahí la espiral de locura política de los principales partidos españoles, como la ha llamado Rafael Jiménez Asensio.

Aún faltaban otros episodios de esta alucinación colectiva. El día siguiente a la presentación de las mociones de censura en Murcia, Madrid y Castilla-León, el líder de Vox, Santiago Abascal, convocó una supuesta rueda de prensa en mitad de una transitada plaza del centro de Murcia para denunciar la jugada de Ciudadanos y PSOE y exigir la convocatoria de elecciones en esta Comunidad. Lo hizo dando lugar a un evento multitudinario en el que no se respetaron las medidas de distanciamiento social para evitar la propagación del virus. Una campaña, por cierto, continuada unos días más tarde por Javier Ortega Smith, que encabezó una manifestación motorizada por el centro de Murcia que acabó, de nuevo, con una aglomeración humana poco aconsejable.

Cundía ya la sensación de estar asistiendo a un espectáculo en un circo de tres pistas en el que cada asombrosa pirueta era superada por la siguiente. Pero la función no había terminado. En la mañana del viernes 12, el PP se congratuló de que había abortado el éxito de la moción de censura en la Asamblea Regional de Murcia, al conseguir que tres de los seis diputados de Cs se desmarcaran de la posición de su partido. Para ello, simplemente tuvieron que incluir a estos tres diputados díscolos en el Gobierno (una de ellas ya formaba parte del mismo) y a un cuarto que era el primer sustituto en la lista de candidatos a la Asamblea. Y simplemente tuvieron que convertir en papel mojado todos los compromisos adquiridos en el Pacto Anti-transfuguismo firmado por los principales partidos. Obviamente, muchos tratarán de defender a estos tránsfugas naranjas advirtiendo de que son los demás los que han roto con los compromisos, y que ellos se mantienen fieles al acuerdo del Gobierno de coalición al que llegaron en 2019, y no les falta algo de razón; pero, en realidad, los criterios que marcan la condición de tránsfuga se basan en la posición oficial del partido en cada momento, y aunque la decisión de Ciudadanos para llevar adelante esta moción de censura era difícilmente justificable y apropiada en la situación que atravesamos sí que era, en cambio, legítima desde el punto de vista del mero juego político.

A ese juego de cálculos estratégicos se ha sumado también el vicepresidente del Gobierno nacional en otro más difícil todavía con el que contribuye a este espectáculo. Su decisión de dejar el Gobierno y aspirar, con escasas garantías de éxito, a la Presidencia madrileña sólo puede explicarse desde la lógica de que nos acercamos al final de esta legislatura en las Cortes y de que cree que estará seguramente en mejores condiciones de afrontar el nuevo ciclo electoral cobrando protagonismo en la lucha activa en el frente de Madrid contra la “derecha criminal”, como la denominó él mismo en su anuncio de candidatura. Es decir, una vez más, los problemas de los españoles ante la grave coyuntura que atraviesa (y va a seguir atravesando) el país saltan por los aires ante el remoto olor de una convocatoria anticipada de elecciones hacia la que parece que nos conducen alegremente nuestros gobernantes. Todo muy edificante, ¿no?

Aun a salvo de conocer el desenlace final de la votación de las mociones de censura en Murcia y el resultado de las elecciones de Madrid, me niego a realizar un análisis sobre quiénes ganan y quiénes pierden. Al igual que con la advertencia de George Lakoff de que no debemos pensar en un elefante, es decir, que debemos resistirnos a pensar con los marcos de significado que nos brindan nuestros oponentes políticos sin que nos demos cuenta, también habría que evitar caer en el análisis de todo este ‘toreo de salón’ como si fueran tiempos de normalidad. No, no lo son, y el hecho de que los principales partidos y líderes políticos actúen con tanta irresponsabilidad debiera empujarnos a reflexionar sobre qué cosas hemos hecho mal en estos 40 años de democracia para que ahora asistamos a este espectáculo.

Evidentemente, no se trata de que caer otra vez en los mismos errores de buena parte del regeneracionismo del primer cuarto del siglo pasado, con sus cirujanos de hierro y demás; ni siquiera aspirar a tener un Mario Draghi que tanta envidia nos causa. La solución no es esperar que nos caiga un gran líder o un gran partido del cielo, no. Dado el punto al que hemos llegado en esta ceguera colectiva en la que parecen instalados los partidos en España, la clave estaría en tomar en serio lo que advirtió hace ya muchos años, sin que se le haya hecho gran caso, Víctor Pérez Díaz: no es posible construir una sociedad democrática sólida sin una sociedad civil desarrollada. Los partidos y la política son muy importantes, pero no deben ocupar todos los espacios de la vida social; y en España lo hacen. Hay que devolver a los partidos a sus esferas de actuación y sacarlos de ámbitos tales como la Justicia, las administraciones públicas, los medios públicos (y no sólo públicos) de comunicación, las universidades, etcétera. Solamente con una sociedad civil activa, exigente y vigilante, tendrán los partidos incentivos para comportarse de manera responsable. Otras sociedades democráticas de nuestro entorno lo han conseguido hacer. ¿Por qué nosotros no? Hay que aprovechar este violento viento de levante de los acontecimientos de estos días para reconducir a los partidos al relevante espacio del que no debieron salir nunca, y hacerlo pronto si no queremos acabar en un lamentable fracaso colectivo como sociedad.

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