El sistema político de China y el coronavirus

El sistema político chino no ha sido efectivo en su respuesta a la amenaza que está afectando al mundo. ¿Cómo evitar que esto ocurra en el futuro?

Cuando el filósofo político estadounidense John Rawls publicó El derecho de gentes en 1999, su objetivo era ofrecer un “manual” para organizar la vida política a escala mundial: es decir, se planteaba la coexistencia de distintas formas de gobierno, cuyas fuentes de legitimidad no eran las mismas. Rawls clasificó los gobiernos en cuatro tipos: los liberales, las jerarquías consultivas, las sociedades menos favorecidas y los estados proscritos. Una quinta categoría, los absolutismos benevolentes, no tuvieron gran protagonismo en el libro.

Los gobiernos liberales son, por lo general, democracias liberales. Las jerarquías consultivas son países, como Marruecos o Jordania, que no son democráticos, pero que cuentan con parlamentos electos y no cometen graves violaciones a los derechos civiles. En el caso de las sociedades menos favorecidas, estaríamos ante países con unos niveles de pobreza que les impiden convertirse en sociedades liberales (por ejemplo, Somalia). Y los estados proscritos son aquellos que quedan fuera del orden internacional de Rawls.

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El libro de Rawls refleja muy bien el momento unipolar que se vivía en 1990, nada menos que con la famosa premisa del “fin de la historia” de Francis Fukuyama. Pero el esquema de Rawls trataba de ofrecer una representación más realista de la coexistencia de varios sistemas políticos que la que proponía la “teoría de la paz democrática”, que señalaba lo siguiente: la paz sólo es posible entre países democráticos con ideas afines. Rawls reconocía que era poco probable que el mundo estuviera compuesto por este tipo de países, pero, pese a eso, había que encontrar algún modus vivendi entre los sistemas políticos.

En este sentido, Rawls consideraba que las sociedades liberales y las jerarquías consultivas tenían un “buen comportamiento” y, por lo tanto, podían aceptar ordenaciones internas distintas a los suyas, sin imponer sus propias instituciones. En cambio, los estados proscritos no recibieron tanta atención. Esa es, justamente, una de las grandes fallas de la clasificación de Rawls: estas no son ni siquiera sociedades, sino estados, y sus instituciones internas, de acuerdo con el autor, son una amenaza para el resto del mundo.

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En el contexto de la crisis por la Covid-19, bien vale la pena explorar este asunto. ¿En qué momento las instituciones políticas de un país se convierten en una amenaza mundial?

Efectos negativos

Asumamos que no estamos de acuerdo con la injerencia en los asuntos políticos de otros pueblos, y que estamos en contra de esas aventuras desastrosas de quienes persiguen un “cambio de régimen”. En un sentido abstracto, todavía podríamos aceptar que las instituciones internas de un país podrían convertirse en ”externalidades”. Es decir, que podrían tener impactos negativos en otras partes del mundo.

Durante la Primera Guerra Mundial, mucha gente pensaba que las políticas de Alemania se habían tornado sistemáticamente agresivas debido al poder de los militares y la aristocracia terrateniente. Algunos consideraban que lo mismo ocurría con la Unión Soviética y su poder sobre la Internacional Comunista. Y la mayoría aseguraba que el nacionalsocialismo no sólo era malo para Alemania, sino para todo el mundo. Pero quizás estos sean ejemplos extremos: por suerte, no vivimos en un mundo con este tipo de “externalidades”.

Sin embargo, ¿el sistema político chino debería asumir la responsabilidad por la pandemia? En varios sentidos, se podría decir que sí.

Evidencias abundantes

El fallo más significativo fue haber permitido que la infección surgiera. Después del episodio de coronavirus SARS en 2003, se hizo evidente que la transmisión de virus peligrosos de animales a humanos era un riesgo grave. Muchos especialistas aseguraron que los mercados húmedos chinos, con su mezcla de animales salvajes, eran escenarios potenciales de estos “saltos” de animales a humanos.

Un país como China, que dispone de una gran cantidad de recursos políticos e institucionales, pudo haber aprovechado esa oportunidad para detener el comercio de animales salvajes o especies en peligro. Por ejemplo, no podríamos criticar a la República Democrática del Congo por cometer este mismo tipo de negligencias en el caso de la pandemia de ébola, que surgió en esta zona del mundo en 2018, porque sabemos que la capacidad del estado congoleño es mínima. En cambio, la capacidad del estado chino es enorme y, pese a eso, no fue capaz de usarla.d

El segundo fallo fue que, al comienzo, las autoridades provinciales de Hubei ocultaron la información sobre la epidemia. Aquí estamos hablando de una característica antigua y particular del sistema político chino. Chenggang Xu, profesor de la Universidad de Hong Kong, lo llamó “autoritarismo regionalmente descentralizado”: los gobiernos provinciales y de niveles inferiores tienen una autonomía importante, y sus líderes son evaluados en función del uso que hagan de esa autonomía para alcanzar ciertos objetivos nacionales, como el crecimiento económico y la reducción de la contaminación. En consecuencia, los gobernantes provinciales no tienen ningún interés en informar sobre sucesos desfavorables, para no desatar la ira del gobierno central y perjudicar así sus propias carreras políticas.

Este no es un asunto nuevo de la gobernanza china. Jacques Gernet lo aseguró en Daily life in China on the eve of the Mongol invasion, un libro sobre la época de la dinastía Song en el siglo XIII:

“El principio que subyacía a toda la administración en China era que, antes que cualquier cosa, la paz debía reinar. No había que sacar a la luz los problemas: un subprefecto que permitiera los disturbios en sus áreas […] era considerado un mal administrador, y era él el culpable, sin importar el origen que hayan tenido las revueltas […]”

El sistema actual no es muy diferente, y este fue un factor que contribuyó con la propagación de la epidemia, que no tuvo un control en sus orígenes.

Entonces surge la pregunta: si el sistema político de China no fue capaz de responder con eficacia a una amenaza que ha afectado a todo el mundo, ¿qué se debe hacer para que esto no vuelva a ocurrir?

Evaluación internacional

Lo ideal es que se produzca una evaluación conjunta para saber qué salió mal. El error no es sólo de China: apenas pocos meses antes del brote, Estados Unidos suspendió su colaboración con China para investigar los virus. Una política de financiación intermitente de los países occidentales a la Organización Mundial de la Salud propició su debilitamiento, y contribuyó a que, al principio de la crisis, apoyara ciegamente la actuación china, aunque luego se demostró que había sido equivocada o engañosa.

Una comisión internacional, compuesta por expertos independientes en distintas áreas, debería analizar el periodo previo a la crisis y las reacciones de todos los implicados. No debería situar a China en el banquillo de los acusados, porque los efectos mortales de la crisis no sólo son responsabilidad de este país. Muchos (si no la mayoría) de los gobiernos han reaccionado de una forma deficiente. Pero sí debe centrarse en el manejo del origen de la crisis en China, no con la intención de humillar o castigar, sino para garantizar que, en la medida de lo posible, esta situación no se repita.

Por supuesto, podríamos manifestar nuestro escepticismo y asumir que algo así nunca ocurrirá, considerando la falta de voluntad de la otra superpotencia para someter al escrutinio público sus acciones militares o de otro tipo. Esto es lamentable porque parece que las reglas internacionales sólo se aplican a los actores más débiles, mientras que los más fuertes quedan inmunes.

Pese a eso, quizás China pueda ver algún beneficio en estas investigaciones: podría usarlas para demostrar que hasta los actores más grandes y poderosos pueden seguir las reglas internacionales. Tal vez, al avergonzar a otros, se podría contribuir a que Estados Unidos, Rusia o la Unión Europea, en ocasiones similares que puedan ocurrir en el futuro, acepten la supervisión internacional de algunas de sus actividades.

(Este artículo ha sido publicado originalmente en IPS Journal. Traducción de Ariana Guevara)

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