El largo camino hacia la democracia

Hay muchas maneras de transitar hacia la democracia, desde la perspectiva de las teorías de la modernización inaugurada por Lipset (1959) basadas en aspectos como la educación o, en general, el nivel de desarrollo, hasta las más recientes cuyo enfoque se basa en la manera en que las élites interactúan con los ciudadanos (Acemoglu y Robinson, 2001; Bueno de Mesquita, 2003). Barbara Geddes (2011) hace un buen recuento de todas estas teorías en The Oxford Handbook of Political Science.

Dentro del marco de múltiples caminos posibles para transitar hacia la democracia, la negociación es uno de ellos, tal y como se plantea en el contexto venezolano actualmente. Sin embargo, si bien esta vía puede ser preferible a otras alternativas, por su naturaleza pacífica y en teoría más duradera, la realidad es que las condiciones actuales del país imponen retos muy particulares para la vía negociada. Como señala Leiv Marsteintredet (2020), Venezuela se encuentra en una situación excepcionalmente difícil con respecto a la negociación de una transición a la democracia. Las razones de esta dificultad, señala el mismo Marsteintredet, son tres: a) los retrocesos recientes en algún tipo de proceso de liberalización económica, acompañado de una mayor desigualdad socioeconómica; b) la fragilidad del Estado, con la pérdida de control territorial y provisión de bienes públicos que esto implica, y c) la posibilidad real de mantener los acuerdos en el futuro.

De los tres aspectos mencionados, el segundo de ellos es quizás de los que menos se ha analizado en términos de sus efectos sobre los procesos de democratización, y particularmente en el caso venezolano. Si bien ha habido algunos debates sobre si este país es el caso de un Estado frágil o fallido, e incluso alguna aproximación a su relación con la democracia, se ha analizado menos el efecto que puede tener en un eventual proceso de democratización el hecho que el punto de partida sea un Estado frágil. A continuación, se aborda este planteamiento desde la perspectiva de política comparada.

El punto de partida importa

Como si se tratara de una persona que busca mejorar su situación económica personal, en el caso de los países las posibilidades de democratizarse están influidas por el punto de partida; no sólo desde su situación inicial en cuanto al grado democrático, sino con respecto a otras variables, como por ejemplo el nivel de fragilidad estatal. Con respecto al primer factor, analizamos su comportamiento mediante el promedio de las cinco variables que considera la iniciativa Varieties of Democracy (V-Dem), y tomamos el promedio móvil de tres años (por ejemplo, los datos de 2019 corresponden al promedio de 2017 a 2019). El objetivo de este análisis es ver cómo varió a nivel general el grado de democracia en el mundo entre dichos años, y se toma el valor promedio de los tres años previos para minimizar el efecto de un año en particular y tratar así de captar un comportamiento más estable. A continuación, se muestra cómo varió la democracia en el mundo entre 2010 y 2019.

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El eje horizontal corresponde a 2010 y el vertical a 2019, de forma que aquellos países por encima de la línea diagonal (45°) son los que mejoraron sus niveles de democracia, mientras que los que se encuentran por debajo experimentaron retrocesos. El punto naranja corresponde a Venezuela. Del gráfico anterior se desprenden algunas conclusiones importantes: la primera es que, en una década, de los 159 países considerados 97 retrocedieron democráticamente. La segunda, que la mayoría de las mejoras ocurrieron en países que partían de un nivel intermedio o relativamente bajo de democracia.

A partir de este hallazgo preliminar, nos preguntamos sobre la posibilidad que tiene Venezuela de transitar una ruta de democratización dado que, a pesar de haber retrocedido democráticamente durante el periodo analizado, se encuentra dentro del rango de países que más mejoraron. Para ello, se ha hecho el ejercicio de comparar la Venezuela de 2019 (VEN-2019) con los países que en 2010 tenían características similares en cuanto a Desarrollo Humano (HDI), Democracia (VDem) y Fragilidad del Estado (FSI) utilizando la metodología de K-means, que se emplea para hacer clúster de observaciones según características similares. A continuación, se muestra cómo se comportaron los países del grupo del que forma parte Venezuela.

El resultado presentado en el gráfico anterior es alentador: de los 33 países que forman parte del clúster, 21 experimentaron algún tipo de mejora democrática; es decir, cerca del 64%. Un dato adicional es que el conjunto de ellos tenía en 2010 un nivel de democracia promedio de 0,61/5, en tanto que el nivel de Venezuela para 2019 es ligeramente inferior (0,48). Sin embargo, el razonamiento es el mismo para todos los países que forman parte de este grupo: dado un nivel de partida tan bajo parece más fácil mejorar, lo que no significa que el país haya logrado ya democratizarse. De hecho, en el gráfico se puede ver que la mayoría de los países seleccionados se mantuvieron por debajo de un valor de 2/5 del VDem de 2019, es decir, siguen más cerca de un régimen autoritario que de una democracia plena. Estos comportamientos sugieren que, si bien la democratización es posible, el proceso para alcanzar cierto nivel de plenitud en este aspecto es generalmente una tarea de medio a largo plazos.

Ahora bien, ¿qué características tenían estos países desde el punto de vista de su nivel de fragilidad estatal y cómo evolucionó ésta durante el periodo analizado? En general, todos partieron de cierto contexto de fragilidad (promedio de 3/5). Lo interesante es que de los 33, 26 mejoraron su situación en esta cuestión. Este resultado es similar al observado a nivel mundial, ya que entre 2010 y 2019 el 81% de los 159 países considerados disminuyó sus niveles de fragilidad estatal. A continuación, se muestra este comportamiento.

En el gráfico anterior se puede observar que las mejoras en cuanto a fragilidad son más homogéneas que en el caso de la democracia, se distribuyen de manera más regular independientemente del punto de partida. Cabe tener en cuenta que, a diferencia del factor democrático, los avances en fragilidad implican una disminución de ésta y, por lo tanto, un comportamiento negativo (disminución) es una mejora. Al igual que antes, el punto naranja corresponde a Venezuela.

Ahora bien, el interrogante planteado al inicio fue cómo influye la fragilidad de los estados en sus posibilidades de democratización. Para responder se han hecho dos ejercicios: el primero de ellos, clasificar los países con respecto a las variables de variación de la democracia y fragilidad estatal entre 2010 y 2019; luego, planteamos cuatros posibles situaciones, las cuales se describen a continuación.

De la clasificación anterior, el escenario ideal es -FSI/+VDem, es decir, una mejora de la democracia con menor fragilidad, en tanto que el peor escenario es +FSI/-VDem. Venezuela se encuentra dentro de este último grupo. Ahora bien, dado que el punto central planteado al inicio fue sobre las posibilidades de democratización según el contexto, se hizo el análisis del nivel de fragilidad de los países en 2010 como punto de partida de los procesos de democratización. El resultado fue que entre ese año y 2019, de los 70 países que presentaron algún tipo de mejora democrática, el 80% lo hizo acompañado de una disminución de su nivel de fragilidad; sin embargo, otros 59 disminuyeron sus niveles de fragilidad, pero también su grado de democracia.

Democratización, posibilidades y riesgos

Es posible embarcarse en procesos de democratización desde contextos autoritarios y de fragilidad estatal. Si bien pareciera que desde escenarios más autoritarios las posibilidades de mejoras democráticas son mayores, ha de destacarse que la razón de esto es fundamentalmente matemática; por ejemplo, una mejora de 0,5 puntos tiene un impacto mayor si se pasa de 0,2 a 0,7 (250%) que si se hace de 4,2 a 4,7 (12%). Lo que sí se observa es que los países que experimentaron mayores mejoras en sus niveles de democracia aún 10 años después continúan presentando tendencias autoritarias, lo que sugiere que en esta década los procesos democratizados han sido lentos.

Otro aspecto relevante es que la mayor ‘movilidad democrática’ parece estar relacionada al grado de fragilidad del Estado. Como se muestra en el siguiente gráfico, en la última década los mayores avances democráticos se dieron en los países de mayor fragilidad.

En el gráfico anterior también se observa que la volatilidad de los cambios en el grado de democracia es mucho mayor a medida que los estados son más frágiles, habiéndose dado situaciones más extremas de democratización o retroceso democrático en dichos contextos que en aquéllos en los que la fragilidad tiende a ser menor.

Todo lo anterior plantea que, en contextos de baja democracia y alta fragilidad, como en el caso venezolano, las posibilidades de una transición democrática están presentes, pero debe tenerse en cuenta que ésta implica un largo camino. Por otra parte, el riesgo de un mayor retroceso democrático y mayor fragilidad están latentes en contextos de ese tipo. Si bien no hay fórmulas para la democratización, el tiempo que lleva transitar hacia ella es un factor común; y, por otra parte, el grado de fragilidad del Estado actúa como una especie de lienzo en blanco sobre el que pueden darse avances hacia la democracia o retrocesos aun mucho mayores.

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