El hambre debe ser eliminada en Argentina

El hambre ha vuelto a ser un problema social grave en Argentina. Según datos de la última encuesta permanente de hogares (EPH), el 35,4% de la población vive en situación de pobreza (el 27,3% en el mismo período de 2018). Viven así 15,9 millones de personas en todo el país. Sin embargo, el dato más urgente de estas mediciones es el aumento dramático de la indigencia la cual, recordemos, registra la cantidad de personas y hogares que no pueden asegurar el mínimo calórico diario necesario para la reproducción vital. La indigencia trepó al 7,7%, frente al 4,9% del mismo periodo del año pasado. Se trata, literalmente, de millones de compatriotas que no saben si serán capaces de comer, día a día. La mayoría de las personas en esta situación son niños.

Esas cifras, ya de por sí catastróficas, serán sin embargo peores en la próxima medición de la EPH, ya que durante estos meses la inflación no se ha detenido, los alimentos han continuado encareciéndose, el empleo ha seguido destruyéndose y el ingreso real de los hogares no para de caer. 

Frente a esta verdadera crisis social, y dada la falta de respuestas sistémicas desde el Gobierno, la sociedad civil argentina está haciendo lo de siempre en momentos de necesidad: auto-organizarse. Como durante la crisis del 2001, en todas las ciudades del país se multiplican los merenderos y comedores comunitarios, la mayoría de los cuales funcionan con donaciones privadas y el esfuerzo de voluntarias.

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Sí, debe decirse voluntarias. Como es evidente en esta nota de Reuters, la inmensa mayoría de las personas que abren, operan y mantienen comedores son mujeres, vecinas de ese mismo territorio, tanto o más pobres que las familias que van ahí a comer. Después de las crisis de 1989 y 2001, ellas han incorporado a sus prácticas otro repertorio de acción colectiva: poner algunas mesas en el patio o la vereda o en un SUM (salón de usos múltiples), pedir colaboraciones a los negocios del barrio, preparar fideos o arroz o polenta con un poquito de verdura o de carne para 20 o 30 o 100 personas. Como ya dijeran Denis Merklen o Rita Segato: su objetivo no es sólo ayudar a las personas, sino también proteger, hasta donde se pueda, a la comunidad, «al barrio», a lo común. 

La primera prioridad del nuevo Gobierno tendrá que ser, sin duda, no sólo luchar contra, sino erradicar el hambre de este país. Pero no se puede hacer de cualquier manera. 

  1. No sobrecargar a las mujeres de los barrios con tareas de asistencia, porque “total ya están ahí en el territorio”; o porque son virtuosas y abnegadas; o, como me dijo alguien “a las mujeres les gusta lo social”. En tiempos de crisis, las mujeres pobres suman a su doble jornada laboral (doméstica y de empleo) una tercera obligación, la social. Lo hacen por solidaridad, por necesidad, por obligación. Sin embargo, no deja de ser un trabajo más, y duro. Si el Estado las necesita, deben ser justamente remuneradas (primero) y escuchadas (después). No deben ser solamente utilizadas como una manera de bajar rápidamente recursos a beneficiarios aprovechando su know-how. El elogio a la virtud y el desprendimiento de esas mujeres (que en su inmensa mayoría son también pobres) no debe transformarse en una excusa para hacerlas trabajar gratis.
  2. Las políticas no sólo deben asistir, sino también escuchar. A las personas en situación de pobreza no se las puede ni se las debe robar su ciudadanía y su agencia. Se trata de asegurar el cumplimiento de una idea básica de justicia, no una ‘ayuda’ moralizante y paternalista. Las políticas deben ser diseñadas, implementadas y evaluadas con inputs de las comunidades y reflejando sus prioridades.
  3. Las políticas alimentarias deben tener como objetivo no sólo llevar comida a la mesa, sino también reforzar y proteger los lazos comunitarios. En crisis como las que vivimos no sólo sufren las personas en su individualidad, sino que se resienten y erosionan las relaciones de solidaridad y confianza que conforman lo comunitario. Una referente comunitaria (sí, otra mujer) de un barrio del Conurbano que afectado fuertemente por los saqueos de diciembre del 2001 me dijo, un par de años después: “Ahora estamos mejor, hay más trabajo, pero el problema es cómo reparar la heridas creadas después de los saqueos, porque fueron vecinos contra vecinos y eso no se cura fácilmente”. 
  4. Relacionado con el punto anterior: es imperativo no fragmentar la asistencia ni utilizar criterios estrictos de focalización aun en la emergencia. No se puede ni debe intentar asegurar la alimentación de los “menores de cinco años”, o las “mujeres embarazadas” o los “ancianos” de manera focalizada. Eso fragmenta la comunidad y genera situaciones de inmensa inequidad. No hay niños pobres que no tengan padres también en situación de pobreza: si ellos asisten a un comedor que sólo acepta menores, ¿dónde comen los padres? Si un hogar recibe una caja de alimentos porque tiene un niño de, pongamos, menos de seis años y el hogar vecino tiene uno de seis años y seis meses, ¿uno come y otro no? Además, si una cosa he aprendido es que así no funciona en el terreno. En la inmediata post-crisis de 2002 tuve la posibilidad de leer informes de decenas de comedores comunitarios de la provincia de Buenos Aires, los cuales debían atender supuestamente sólo a menores de 18 años. Prácticamente todos ellos (escritos mayoritariamente por mujeres) decían lo mismo: “No podemos hacer eso. No podemos dar de comer sólo a los chicos si sabemos que sus padres hace días que no lo hacen. Acá se reparte entre todos lo que hay «. 
  5. Finalmente: no olvidar que el hambre y la pobreza en general generan no sólo sufrimiento físico y social, sino también psíquico y mental. No saber si serás capaz de asegurar la comida propia o la de tu familia el día de mañana es una fuente de estrés inmensa para millones de compatriotas; imaginemos si ese estrés se prolonga por meses o años. En 2003 o 2004, la misma referente barrial me dijo que “lo que necesitamos ahora que estamos mejor es asistencia en salud mental porque quedamos muy mal, hay mucha depresión, enojo”. Las poblaciones que están hoy situación de indigencia no sólo tienen derecho a la subsistencia básica, también al bienestar, y a reclamar por él. 

La existencia de hambre en Argentina es una decisión política. Este hilo del periodista especializado en agro Matías Longoni es informativo: Argentina forma parte del 10% de países que exportan alimentos. La buena noticia es que eliminarla también es una decisión política, y no hay excusas.

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