El éxito del ‘Green New Deal’ europeo dependerá de las ciudades

Millones de ciudadanos ven transformarse a la velocidad de vértigo el mundo conocido para adentrarse en una nueva terra incognita de nuevos desafíos para los que no se sienten preparados ni acompañados. Sin apenas tiempo para digerirlo, una nueva disrupción viene sacudir su ya maltrecha estabilidad, la transición hacia una economía de cero emisiones espoleada, entre otros, por la movilización de las nuevas generaciones, con Greta Thunberg y su movimiento Friday for future a la cabeza. El movimiento iniciado en solitario por la joven activista sueca (entonces de 15 años) que denuncia la inacción política y de las grandes empresas es hoy un movimiento global de gran impacto mediático e influencia que ha removido las conciencias y generado un nuevo momentum para dar un paso adelante hacia la descarbonización de la economía global.

En paralelo, otro actores político como el Parlamento Europeo declaraba semanas antes de la Cumbre de la ONU sobre cambio climático que se celebraría en Madrid (la COP25) que estábamos ante una crisis climática. El PE urgía a la Comisión Europea a presentar un plan para que la UE se comprometa a neutralizar la totalidad de sus emisiones de gases de efecto invernadero para 2050. El Europarlamento exige que Europa lidere un pacto verde a nivel global, más conocido como el Green New Deal, inspirado en el movimiento político generado y liderado por algunas figuras políticas de los demócratas de los Estados Unidos.

La flamante nueva presidenta de la Comisión Europea, la alemana Ursula von der Leyen, hacía suya la propuesta y presentaba en el marco de la COP25 este nuevo Green New Deal o nuevo ‘pacto verde’ europeo para alcanzar la neutralidad climática y reactivar la economía desde una perspectiva que relegue el uso de los combustibles fósiles. Un ambicioso plan que tiene como objetivo lograr la transición ecológica de la economía europea y hacerlo con un gran paquete de iniciativas legislativas y nuevos mecanismos e inversiones para lograr alcanzar tanto el 50% de recorte de emisiones en 2030 como los ambiciosos objetivos para conseguir la neutralidad climática (cero emisiones) 20 años más tarde.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

Las empresas van a estar sometidas a riesgos regulatorios, ya que en los próximos años se acelerarán las nuevas normas que afectarán a la actividad empresarial. El sector público y el legislador ya están enviando señales nítidas al mercado de nuevas regulaciones de control de emisiones, uso de los suelos, normativas de reciclaje, incorporación de estándares laborales, etc. Aquellas empresas que hayan contemplado estos riesgos, y adelanten su adaptación a los mismos, contarán con ventajas competitivas evidentes.

Las empresas también estarán sometidas a riesgos reputacionales frente a los diferentes grupos de interés. Los consumidores están cada vez más informados y son mucho más activos en las redes sociales, valorando las experiencias de usuario, la exigencia de transparencia y de una gestión inteligente y coherente de las marcas. Así, las empresas con una reputación más consolidada en términos de sostenibilidad contarán con un mayor capital reputacional y, por lo tanto, con una posición de ventaja competitiva respecto a las que no hayan tomado en consideración los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Hacia una nueva gobernanza: el papel clave de las ciudades

Apostar por una economía baja (o neutra) en carbono tiene un enorme potencial de generación de valor y constituye una interesante oportunidad de nuevos negocios y nuevos mercados. Sin embargo, este paradigma viene a ahondar en la herida de la realidad económica y social de muchos territorios. La digitalización de nuestras sociedades está generando ganadores y perdedores. Los datos muestran la tendencia a la concentración de la riqueza y los empleos mejor remunerados son aquéllos vinculados a los ecosistemas de la innovación, generando nuevas desigualdades entre territorios Un reciente artículo de The New York Times mostraba crudamente esa tendencia en los EE.UU. y cómo los conceptos de centro y periferia han dejado de ser territoriales y se reconfiguran en torno a los nodos en las cadenas de valor global, polarizando la sociedad.

Es por ello que una de las claves del éxito de este nuevo Green New Deal europeo, y global, se juega en buena parte en las ciudades y en sus territorios de influencia. Las grandes metrópolis están librando importantes batallas por el posicionamiento en las cadenas de valor global de las finanzas y de los negocios mundiales gracias a las tecnologías digitales, concentrando cada vez más actividad, riqueza y oportunidades. Mientras, otras ciudades y territorios se ven condenados a la decadencia o la irrelevancia, generando y alimentando el sentimiento de frustración y rabia contra un nuevo mundo que no acaban de comprender.

La consecuencia de ello es la cólera ciudadana y la revuelta contra las élites tradicionales, lo que alimenta nuevos movimientos populistas o xenófobos ante la incapacidad de las instituciones y partidos tradicionales de encontrar respuestas a la creciente complejidad de nuestras sociedades.

La economía verde va a suponer (además de la transformación digital) un tsumani económico y social para muchos sectores económicos que van a quedar fuera de juego. No se trata de proteger los sectores, empleos o las industrias obsoletas, sino de cómo ofrecer alternativas, orientación, formación y un relato comprensible a las personas para que sigan teniendo la oportunidad de sentirse dentro del sistema. Esta nueva disrupción de una economía baja en carbono puede venir a ahondar todavía más la frustración de los ciudadanos de aquellos territorios que queden al margen de las nuevas oportunidades de este Green New Deal.

Además de los grandes relatos sobre planes e inversiones verdes, es más necesaria que nunca una nueva narrativa y una nueva ética que se haga cargo del estado de ánimo de la gente. Necesitamos que los ciudadanos hagan suyo el objetivo y el relato de esta nueva transición ecológica para que sean los actores de la construcción de las nuevas coherencias de esta sociedad sostenible; actuando tanto desde lo político y lo económico como en lo social.

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En esa tarea, no sólo las empresas tienen que adaptarse. Igualmente, el papel de los gobiernos locales y de las ciudades debe reorientarse. La crisis climática es una realidad que interpela igualmente a la reinvención de las instituciones públicas a todos los niveles para focalizarse y diseñar sus políticas públicas orientadas a nuevos modelos de desarrollo económico que estimulen la innovación y la sostenibilidad pero que sean igualmente justas e inclusivas.

Rediseñar las políticas públicas desde el territorio

Este nuevo Green New Deal europeo no puede basarse sólo en grandes inversiones. Serán también necesarias nuevas formas de gobernanza política. Requerirá la confluencia entre políticas públicas, responsabilidad empresarial, participación ciudadana, inversiones sociales, reformas legales y los procesos de innovación tecnológica si queremos transformar la economía europea y transitar rápidamente hacia modelos de desarrollo sostenibles; algo que debe ser liderado desde el territorio. Son las ciudades y los entes locales los que pueden tener la capacidad de identificar, prevenir y gestionar las externalidades negativas que puede potenciar las nuevas desigualdades económicas de una economía neutra en carbono.

Eso pasa ineludiblemente por reconocer y empoderar el papel de las ciudades como actores centrales de ese proceso de transición. Una realidad que, por el momento, no parece que se haya considerado en el proyecto presentado por la Comisión Europea, más centrado en las grandes cifras y los objetivos e intereses de los estados, y menos en los mecanismos de liderazgo para la implementación, seguimiento y evaluación de las políticas públicas verdes. Una política europea climáticamente competitiva no puede estar disociada de la estabilidad política y de la inclusión social para reconstruir el desgastado contrato social europeo.

La desconfianza en las instituciones es de tal magnitud que ha dejado un enorme espacio vacío para la emergencia de nuevos populismos y movimientos de extrema derecha que prometen volver a un viejo tiempo que no volverá, pero que conecta emocionalmente con amplias capas de la población europea. “Las élites están sitiadas”, como bien proclama el editor de la New York Review of Books Ian Buruma, haciendo patente la impotencia de los antaño poderosos líderes políticos y las instituciones nacionales y europeas para liderar la construcción de nuevas coherencias. Los ciudadanos les han retirado la confianza, por lo que necesitamos reconstruir el vínculo emocional entre ciudadanos y instituciones con relatos innovadores y creíbles, que sólo se pueden hacer desde desde la proximidad para generar una nueva confianza y adhesión.

En definitiva, la apuesta por el desarrollo sostenible supone generar igualmente un nuevo círculo virtuoso en el que lo ecológicamente necesario sea igualmente políticamente posible. Para ello, hará falta que nuestras instituciones sean verdaderamente resilientes, esto es, resistentes pero flexibles para lidiar con la creciente complejidad de nuestras sociedades. Hacer realidad una Europa verde y hacer de este Green New Deal un caso de éxito requiere asumir que tendremos que hacerlo construyendo nuevas y más amplias coaliciones, desbordando las fronteras de las instituciones tradicionales para sumar a nuevos actores.

Conseguir los objetivos de una Europa con cero emisiones en 2050 mediante una transición justa e inclusiva es una gran tarea colectiva que va a requerir de una gran pluralidad de ecosistemas y organizaciones que trabajen en red en este gran reto compartido. Esta nueva cultura de la colaboración sólo puede tener éxito si multiplicamos los pequeños éxitos a lo largo y ancho del territorio europeo, y donde lo local emerge como el gran protagonista de este nuevo tiempo. Tiempo, además, es lo que ya no tenemos según nos confirman los científicos, por lo que hay que ponerse a la tarea.

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