El ‘enigma Scholz’

La elección de Olaf Scholz como candidato del SPD a las elecciones federales de 2021 fue recibida con resignación por gran parte de su partido. Apenas meses después de su derrota en las primarias de su partido ante dos outsiders del ala izquierdista, su designación parecía una maniobra para tranquilizar al electorado; para mostrar, en otras palabras, que el SPD no pretendía emprender el giro a la izquierda temido por la prensa alemana. Un año después, y frente a una campaña electoral monopolizada por la CDU y los Verdes, la política germana puede estar viviendo un efecto Scholz. ¿Es posible que, en la recta final de la campaña, se cumpla el refrán alemán ‘si se pelean dos, se alegra el tercero’? Para analizar las posibilidades del SPD en las federales se requiere entender a su candidato.

¿Quién es Olaf Scholz?

Nacido en la ciudad sajona de Osnabrück en 1958, Scholz estudió Derecho en la Universidad de Hamburgo. Se afilió al partido en su juventud, alcanzando la Vicepresidencia de la Unión Internacional de Juventudes Socialistas y adentrándose en la política local de Hamburgo, donde lideró el SPD local y de cuyo Gobierno formó parte brevemente. Dio el salto a la política federal en 2002, cuando fue nombrado secretario general del partido por Gerhard Schröder, y accedió al Ejecutivo en 2007 como ministro de Trabajo en la primera administración de Angela Merkel. Durante su mandato, explica Guy Chazan en el Financial Times, lideró reformas polémicas como el aumento de la edad de jubilación, y fue importante en la primera respuesta a la crisis de 2008. A largo de esos años, adquirió el apodo Scholz-o-mat; una referencia a su apariencia tecnocrática y a su falta de carisma en sus frecuentes intervenciones públicas como portavoz del partido.

Fue como alcalde de Hamburgo, la segunda mayor ciudad del país, donde Scholz se forjó su fama de gran gestor y negociador. Fue elegido en 2011, poniendo fin a siete años de hegemonía de la CDU, y culminó proyectos como la famosa Elbphilarmonie, el auditorio de música cuyas interminables obras y sobrecostes se habían convertido en el hazmerreir del país. Fue también ahí donde empezó a destacar a nivel federal: tras las elecciones de 2013, formó parte del comité que negoció el acuerdo de coalición con la CDU, representando a su partido en el área económica y llegando a ser considerado como eventual sucesor del todopoderoso Wolfgang Schäuble. Esto no ocurrió hasta pasadas las elecciones de 2017, cuando Schäuble pasó a presidir el Bundestag y Scholz, que acababa de suceder a Martin Schulz como líder en funciones del SPD, fue nombrado vicecanciller y ministro de Finanzas.

Sus contradicciones económicas

Es por ello que cuando, en agosto de 2020, el SPD anunció que presentaría a Olaf Scholz, la decisión fue vista como una jugada a la desesperada: con la CDU a más de 20 puntos (37%) y los Verdes consolidados como segunda fuerza política (17%), el partido se enfrentaba a un panorama desolador y se aferraba como última baza a su veterano vicecanciller. Las perspectivas no mejoraron con el paso de los meses: a comienzos de la primavera, durante la ‘guerra civil’ de la CDU y tras la designación de Annalena Baerbock, su travesía por el desierto parecía destinada a prolongarse otra legislatura: Scholz estaba desaparecido, el partido acumulaba resultados mediocres en distintas elecciones regionales y la campaña federal parecía haberse convertido en una batalla entre democristianos y Verdes.

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Más allá del carisma de su candidato, el SPD se enfrentaba a la misma hemorragia electoral que asola a la socialdemocracia a lo largo y ancho del continente. Debía decidir, en palabras del analista Michael John Williams, si desplazarse a la izquierda, permanecer en la Gran Coalición o “intentar atraer a los nuevos trabajadores del siglo XXI”. En cualquier escenario, concluía Williams, sufriría un gran desgaste electoral. Mientras la CDU y los Verdes daban señales de fuerza, el SPD languidecía en sus propias contradicciones ideológicas.

De hecho, para entender la crisis de identidad que vive el partido basta analizar las contradicciones en la política económica del propio vicecanciller –lo que el Tagesspiegel ha denominado el «dilema Scholz». En los primeros meses de la pandemia, se mostró partidario de suspender las reglas fiscales nacionales y comunitarias (incluido el famoso ‘Schwarze Null’ y el pacto fiscal europeo, dos pilares del ‘ordoliberalismo’ alemán), y su apoyo fue decisivo para la aprobación del fondo Next Generation EU. Sin embargo, a lo largo de los últimos meses se ha vuelto a acercar a lo que Jorge Tamames ha denominado “los prejuicios del capitalismo euro-germano”, alertando de los peligros de un endeudamiento excesivo y deslizando que el país deberá volver a la ortodoxia fiscal a finales de 2022. Esta misma tibieza se observa en el acuerdo fiscal alcanzado por el G-20, la ‘joya de la corona’ de su última gran cumbre como ministro: pese a su apoyo a la medida y a su papel fundamental en las negociaciones previas, Scholz ha recibido fuertes críticas por vetar el tipo fiscal del 21% propuesto por la Administración Biden –según el economista Thomas Piketty, el principio de acuerdo alcanzado por el G-7 no ha hecho más que «legalizar el derecho a defraudar».

Un horizonte electoral incierto

No obstante, en las últimas semanas varias encuestas parecen arrojar resultados esperanzadores para el SPD: la agencia Insa le otorga un 17% de los votos –en un empate técnico con los Verdes–, mientras que un estudio de ‘Infratest Dimap’ coloca a Scholz como el candidato más popular entre el electorado, por delante de Armin Laschet (29% frente a 28%) y a mucha distancia de Baerbock (18%). Estos fenómenos –la ligera remontada del SPD, así como la creciente popularidad de Scholz– han llevado a algunos analistas a preguntarse si Alemania se encuentra ante un posible efecto Scholz. ¿Es concebible, en otras palabras, una remontada del partido en la recta final de la campaña?

Según el politólogo Tarik Abou-Chadi, el efecto Scholz no es más que un espejismo: pese al ligero repunte en las encuestas, éstas sitúan al partido en la horquilla del 12%-16%, la misma en la que se encuentra desde 2019 y muy por debajo de su peor resultado histórico (20,5% en 2017). Esto mismo sugiere el agregador de encuestas ‘Pollytix-Wahltrend’, según el cual la intención de voto del partido apenas ha crecido cuatro décimas a lo largo del mes de junio. Scholz, concluye Gabor Steingart en Focus, se enfrenta a una paradoja de difícil solución: el sajón podría imponerse en unas elecciones generales; pero debería, para ello, deshacerse de un partido cuya marca supone un lastre.

Pese a ello, no es descartable que, en los meses que quedan hasta las elecciones federales, Scholz agite la campaña: el ‘Scholz-o-mat’ de antaño se ha convertido en un comunicador eficaz y en un político habilidoso, y haberse mantenido alejado de los focos mediáticos en los últimos meses le ha librado del desgaste que sufrieron los candidatos socialdemócratas en campañas anteriores. Cuenta, además, con una ventaja con la que no contaron sus predecesores: la ausencia de Angela Merkel, que terminará su mandato con unos índices de valoración históricos y que, de presentarse a las federales, podría volver a ganarlas. Asimismo, el partido puede beneficiarse de la guerra que están librando CDU y Verdes: Laschet ha sido duramente criticado por sus polémicas risas durante las inundaciones de la semana pasada, mientras que Annalena Baerbock, acusada de plagiar varios capítulos de su último libro, está sufriendo una virulenta campaña de acoso. Ser el candidato tapado, concluye la periodista Cerstin Gammelin, puede jugar a favor de Scholz.

Sin embargo, y pese al ligero chute de moral que vive el partido, adelantar a los Verdes parece difícil: Alemania, indica Kurt Kister, se encamina hacia unas elecciones históricas, cuyo resultado más probable parece una coalición entre democristianos y Verdes. Incluso si el SPD lograse un difícil sorpasso, este podría plantear más incógnitas de las que despejaría. ¿Supondría, por ejemplo, el retorno del partido a una gran coalición con la CDU? Dado el alto coste electoral que ello ha tenido, parece difícil de imaginar, pero ya en 2017, tras fracasar las negociaciones a tres bandas entre democristianos, Verdes y FDP, los socialdemócratas se vieron obligados a formar un nuevo Gobierno con la CDU de Merkel. Una nueva parálisis –por ejemplo, una ruptura de las negociaciones entre CDU y Verdes– podría enfrentar al partido a una encrucijada parecida, condenándolo a una nueva legislatura como socio menor.

Es posible que el ‘efecto Scholz’ no sea más que un repunte temporal; pero si algo ha demostrado el sajón a lo largo de su trayectoria política es su capacidad de renacer de sus cenizas. Las elecciones federales más inciertas de las últimas décadas podrán parecer una crónica de una muerte anunciada, pero se decidirán por detalles pequeños: el coste político de la ya famosa imagen de Laschet, la eficacia de la campaña contra Baerbock o el desgaste de cualquiera de los grandes partidos a lo largo de la campaña. Frente a todo ello, un Scholz con nada que perder y todo que ganar –al que le baste presentarse, como hiciera en su día el político Verde Winfried Kretschmann, bajo el lema ‘Ustedes me conocen’– puede ser suficiente para sacar a su partido del abismo electoral al que parecía abocado.

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