Ecuador: cómo diferenciarse cuando compites con 16 candidatos

El 7 de febrero, a pocos días de cumplirse un año desde la detección del primer caso de coronavirus en el país, los ecuatorianos acudieron a las urnas para renovar la Presidencia, la Asamblea Nacional y el Parlamento Andino. Al igual que otros países latinoamericanos, la pandemia de la Covid-19 ha debilitado la economía ecuatoriana y aumentado las tensiones redistributivas. En una democracia, debemos esperar que los partidos políticos canalicen estas demandas hacia la política pública. En este contexto, ¿qué estrategias eran esperables de parte de los partidos? Ante un escenario de demandas y carencias, muchos hubiesen pensado que éstos tuvieran un contenido programático (por ejemplo, fortalecer el sistema de salud) o clientelar (formas redistributivas a electores específicos). La evidencia que surge de Ecuador nos lleva a pensar que los partidos prefieren segmentar geográficamente sus estrategias y envolverlas en una retórica que apela a la ‘marca’ de cada partido. El caso ecuatoriano nos ayuda a entender los matices de la relación de los candidatos con los electores y, en última instancia, de su influencia en la calidad de la representación.

Contexto

Los comicios se celebraron en un contexto complejo tanto por las restricciones asociadas a la contención de la pandemia como por lo fragmentado de la oferta política y la acumulación de demandas relacionadas con la gestión de la emergencia sanitaria y sus consecuencias socioeconómicas. Los resultados han revelado la concentración de las preferencias en torno a cuatro candidatos y sus organizaciones:

  • Andrés Arauz, con su vehículo electoral Unión por la Esperanza (Unes), se presentó como progresista enfatizando su conexión con el socialismo del siglo XXI.
  • Guillermo Lasso y su Movimiento Creo, como representante de una derecha liberal-conservadora.
  • Yaku Pérez, junto al partido Pachakutik, como portavoz de la izquierda con vínculos con el movimiento social indígena.
  • Xavier Hervás, de la mano de un partido tradicional, Izquierda Democrática (ID), y, sin embargo, outsider en estas elecciones.

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Estos candidatos y sus partidos a nivel legislativo sobresalieron en medio de un océano de 16 candidatos presidenciales y 87 organizaciones compitiendo por alcanzar un escaño en la Asamblea Nacional. En este contexto cabe preguntar qué estrategias utilizaron para posicionarse electoralmente y captar un voto indeciso que, a inicios de año, bordeaba el 45% del total.

Teoría y método

En este texto reportamos los datos iniciales de un proyecto de investigación que se concentró en seguir a tres candidatos presidenciales (Arauz, Lasso, y Pérez) y 88 candidatos a la legislatura. Se realizó un seguimiento a los dos candidatos que encabezaban las listas de legisladores provinciales y distritales de Unes, Creo, Pachakutik y la ID en las cuatro provincias con mayor número de electores del país (Azuay, Guayas, Manabí y Pichincha). Todos los actos de campaña de unos y otros candidatos fueron registrados y codificados. Se identificó el tipo de contenido que utilizan para movilizar a los votantes, entre programático, clientelar, simbólico étnico, simbólico relativo a la idoneidad de los candidatos, simbólico relativo a la marca del partido, así como la práctica de la compra de votos.

La idea convencional sobre cómo los partidos (y sus candidatos) emplean este tipo de contenido es que, en su mayoría, será programático y el mismo (o similar) en todos los distritos electorales. Además, se espera que sólo algunos partidos utilicen contenido clientelar o de compra de votos; y, por ultimo, que no combinen varios tipos de contenido, es decir, que tengan estrategias de movilización puras, por ejemplo, sólo programáticas.

Los resultados de la investigación desmienten estas expectativas convencionales. Existe una amplia variedad de estrategias de movilización que combinan distintos tipos de contenido: por ejemplo, candidatos que en un solo evento utilizan el programático, el simbólico relativo al partido y el clientelar. Además, estas estrategias múltiples se emplean de manera diferente tanto entre candidatos de un mismo partido como entre los de distintas formaciones. Esta variedad se extiende a los distritos electorales. Las campañas investigadas pueden ser descritas como proselitistas, con moderado contenido programático y un amplio uso de elementos simbólicos centrados en generar asociaciones positivas respecto a la capacidad de los elegibles para mejorar la situación económica y social del país.

El contenido más importante en esta última campaña fue el simbólico relativo a la marca del partido. En recorridos por sectores, caravanas y mítines presenciales reproducidos en vivo a través de las redes sociales, los candidatos desplegaron logos, música y banderas para hablar del “partido que da esperanza” y recuperará el legado del ex presidente Rafael Correa en el caso de Unes; del partido “honrado y honesto” que trabajará por el pueblo entre los candidatos de Pachakutik; de la organización que “tiene la capacidad para cambiar el país” entre los de Creo, y de los que “[enarbolan] la bandera de la honestidad y la transparencia” con un legado y una tradición de muchos años para el caso de la ID. Como se puede observar en el gráfico, el peso de este discurso supera ampliamente al de otro tipo de contenidos, incluyendo al de promoción de los propios candidatos (simbólico candidato), y el programático.

Hallazgos

No todos los partidos (y sus candidatos) son iguales y sus estrategias de movilización de votantes reflejan esta heterogeneidad. Unes, la alianza electoral más votada del país al hacerse con el 36% de los escaños en la legislatura y obtener el pase a la segunda vuelta para la elección presidencial con el 32,7% de las papeletas, centró sus esfuerzos en Manabí y Pichincha, otrora bastiones correístas. Es en estas provincias donde se observa un mayor esfuerzo por la promoción de candidatos a nivel individual (capacidades personales y experiencia política) y una presencia moderada de contenidos programáticos.

Creo, el eventual contrincante de Unes en la segunda vuelta presidencial y el cuarto partido con mayor presencia en el Legislativo (9% de los escaños), fue el único que mantuvo una estrategia similar en todas las provincias: presencia moderada de contenidos programáticos (con excepción de Pichincha), que se conjugó con ofertas de política pública de corte clientelar y prácticas de compra de votos como entrega de mascarillas, camisetas, banderas y afiches.

Por su parte, Pachakutik, segunda fuerza política de Ecuador al obtener el 20% de los puestos en la Asamblea Nacional y 19,38% de los votos en las presidenciales, perfiló una estrategia con un alto contenido étnico en la sierra (Azuay y Pichincha) y un peso importante de la promoción de contenidos programáticos en los dos mayores distritos del país (Guayas y Pichicha). (Es importante recalcar que el tercer lugar de Pérez todavía está en disputa. Ante el empate técnico con Lasso, Pérez y su partido han solicitado un recuento de votos en las provincias de Guayas, Manabí, Los Ríos, Esmeraldas, El Oro, Pichincha y Bolívar).

Por último, en la Izquierda Democrática, que tercera fuerza en la Asamblea tras las elecciones al obtener el 12% de los escaños y la cuarta posición en las presidenciales (15,7% de los votos), evidenció una presencia escasa de contenidos programáticos y también de otros elementos asociados al clientelismo, con excepción de la campaña en Manabí. En esta provincia, la promoción de las capacidades de los candidatos fue más importante que otros elementos y el contenido programático tuvo igual peso que el relativo al contenido simbólico del partido.

Conclusión

En un contexto de fuertes presiones redistributivas, los partidos ecuatorianos escogieron una estrategia electoral con dos elementos principales: por un lado, adecuaron sus ofertas de campaña a los diferentes votantes regionales; por otro, resaltaron la marca de sus partidos, una estrategia que no sorprende dado que las legislativas requerían un voto ‘por listas’ por primera vez en más de 20 años. El resultado fue una oferta electoral anclada a ‘marcas’, pero adecuada a las realidades regionales específicas. Ésta puede ser una estrategia consistente con los clivajes regionales del país y con el contexto de la pandemia. Ecuador está siendo uno de los primeros países en afrontar un proceso electoral en esta nueva realidad. El uso exacerbado de contenido simbólico sugiere que los partidos han respondido a una realidad en la que la oferta programática está limitada por la misma pandemia.

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